INOCULANDO MIEDO

En breve iremos conociendo ingente literatura científica sobre las razones por las que cada día más personas se saltan las normas antivirus. De momento todo se reduce a la manoseada fatiga pandémica, que es la manera fina de decir que la gente está hasta los genitales de soportar restricciones. Pero el asunto es algo más complejo.  

Superado el pánico inicial del primer confinamiento, un número creciente de ciudadanos ha venido dedicando más energías a eludir las multas que a evitar las conductas prohibidas. Al menos así está sucediendo en España, una sociedad cuya moralidad no se basa ni en el calvinismo protestante ni en la filosofía zen. Conviene aclararlo, porque los efectos de la apelación constante al miedo como factor persuasivo en una crisis sanitaria no son iguales en todas las sociedades

El argumento del miedo como elemento central de la comunicación en situaciones de riesgo es más viejo que la pana, pero no fue hasta hace unas décadas cuando la psicología social profundizó en su estudio. Además de su globalidad, desde el punto de vista de la comunicación la principal novedad de esta pandemia frente a otras crisis sanitarias es su duración. El aceite de colza, las vacas locas, el brote de e·coli, la gripe aviar o el SAR fueron situaciones que se prolongaron a lo sumo tres o cuatro meses. Llevamos quince con el COVID incorporado a diario en nuestras vidas, pero al analizar la relación que existe entre el miedo que provocan los mensajes que se emiten y la aceptación de los mismos, pocos reparan en el factor tiempo. 

A diferencia de la primera oleada, oímos -ya no escuchamos- sobre contagios, muertos e ingresos en UCI y las cifras resbalan sobre nuestra piel como crema bronceadora. ¿Somos peores personas hoy que hace un año?. Ni mejores ni peores. El ser humano es autoinmune a la tragedia permanente. No hay más que observar el comportamiento de personas que viven en zonas de guerra desde hace años. La vida sigue porque no hay otra. 

En el campo de la comunicación una de las cuestiones más estudiadas se centra en la dosis de miedo a administrar para que el argumento sea efectivo. Las respuestas de la ciencia son divergentes, porque la mayor parte de las veces el miedo funciona de manera completamente irracional. Véase la negativa a vacunarse con Astrazeneca, por un riesgo menor a que te atropelle un autobús urbano en un paso de cebra. Por eso es tan complicado manejar el miedo cuando se administra en dosis masivas, porque se produce una huida del receptor ante aquellos mensajes que tratan de asustarle en exceso.

Como casi siempre la solución más plausible se encuentra en el termino medio. O al menos eso pensaba William J. McGuire, psicólogo social de Yale que estableció que los mensajes con apelaciones al temor leves apenas causan efecto, pero las apelaciones extremas provocan rechazo en el receptor. Obligar al uso de mascarillas en espacios abiertos y poco concurridos es el mejor ejemplo, porque dos de las premisas necesarias para que el miedo sea efectivo se incumplen cada día más: la credibilidad de la fuente -ay, Simón- y que la amenaza se sienta como próxima. Tras un año de bombardeo informativo, la gente ya sabe que es muy complicado contagiarse paseando.    

McGuire investigó a fondo la resistencia a la persuasión y su conclusión fue clara: cuanto mayor es el conocimiento del receptor sobre el asunto más difícil es persuadirle. Aquí nuestros responsables políticos van recorriendo el camino inverso, emitiendo mensajes no ya simples -para tontos- sino contradictorios, hacia una población que va teniendo un poco más claro cómo, y sobre todo dónde, se producen los contagios. Y no es mayoritariamente caminando por los parques, por las playas o por las montañas. 

Ya digo que nuestros genios al mando de la comunicación en esta pandemia deberían conocer un poco más la producción científica de McGuire, que en 1964 explicó cómo un uso proporcionado de la desinformación puede contribuir a informar.  La teoría de la inoculación tiene origen en el concepto de vacunación, donde nos exponemos a una forma débil de un virus con el fin de crear inmunidad al virus real. Es decir, que exponernos a una «forma débil de desinformación» nos ayuda a crear resistencia para que no vernos influenciados por la desinformación real. Así se explica que en las televisiones el debate sobre la conveniencia o no del uso de mascarillas al aire libre se superponga a las imágenes de cuatro descerebrados negacionistas, o a un grupo de jóvenes haciendo botellón. Una manipulación efectiva a corto plazo, pero que se vuelve en contra con el paso del tiempo por sobredosis. 

Toda esta estrategia no hubiera sido posible sin un colaborador necesario en la emisión de los mensajes. En pocas ocasiones ha existido una comunión de intereses tan nítida y sostenida en el tiempo entre el poder político y los medios de comunicación. ¿Qúe genera más clicks, la alarma o el control? ¿el miedo o la ponderación en una situación de crisis? No digo que el objetivo fuera el mismo, claro, pero es innegable que el consumo masivo de información viene motivado por el pánico mucho más que por encontrar un análisis sosegado sobre las informaciones emitidas desde el poder. Esta es la paradoja: en España llevamos más de 100.000 muertos por COVID, pero nadie quiere que le carguen uno a sus espaldas. Por eso se aprueba una ley que obliga a ponerse una mascarilla en mitad del campo, o en una calle desierta, y nadie se da cuenta hasta que la lee en el BOE. Porque se les fue la mano inoculando miedo. 

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