ROMPER EL TABLERO

El dilema de las redes es el documental de Netflix que en las últimas semanas anda sacudiendo las conciencias de medio mundo. En realidad cuenta pocas cosas que no estuvieran ya escritas, pero quizá sea la primera vez que se recoge en un formato audiovisual dramatizado el testimonio de tantos “arrepentidos”. O sea, los creadores de herramientas tecnológicas cuyo uso se ha generalizado en Facebook, Google, Instagram, Twitter, etc., se llevan las manos a la cabeza al comprobar a dónde hemos llegado. 

Lo más sorprendente es que suena sincero precisamente porque huye de teorías conspiranoicas. La mayoría de genios informáticos que aparecen en la pantalla reconocen que no existía una idea diabólica en el origen de estas aplicaciones. Se inventaron los likes y los pulgares hacia arriba para fomentar la asertividad y el “buen rollismo”. Se trataba de crear comunidades espontáneas de sujetos afines sin necesidad de conocerse en persona. Diez años después, observan la evolución de las estadísticas de suicidios de adolescentes en Estados Unidos y a alguno de los participantes en el documental se le saltan las lágrimas. 

El negocio es simple. Se trata de que millones de personas entreguemos voluntariamente un espacio cada vez más grande de nuestras vidas, un tiempo en el que introducir miles de anuncios publicitarios adaptados a nuestros gustos y necesidades. Detrás de todas estas tecnologías persuasivas se encuentran algunos de los mejores psicólogos y neurocientíficos del mundo, y por ahí ya vamos entendiendo más. La capacidad de adicción de estas plataformas tiene que ver directamente con el funcionamiento de nuestro cerebro, y no con el aburrimiento. Resulta obvio que el mecanismo mental y la resistencia a esos estímulos adictivos no es igual a los 12 que a los 50 años, pero su toxicidad puede llegar a ser la misma aunque se manifieste de formas distintas. 

Los efectos del uso de la redes sociales en los adolescentes son evidentes. En los adultos tardan más en manifestarse, pero en el largo plazo y a nivel global pueden ser peores que el suicidio. En realidad, es algo así como un suicidio colectivo porque, paradójicamente, esta versión de la modernidad está destruyendo las sociedades abiertas y construyendo un tribalismo cada vez más excluyente. Si lo pensamos bien, hay algo bárbaro en el proceso, de vuelta a un medievo en el que se ajusticiaba en la plaza pública al endemoniado. 

El endemoniado hoy puede ser cualquier discrepante. La búsqueda frenética de likes ha contribuido a una polarización brutal de los discursos en las redes. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que esa tendencia se ha trasladado a los medios de comunicación tradicionales. No hay más que ver en qué se han convertido la mayoría de tertulias políticas en radio o televisión, o las páginas de opinión de los principales diarios. El verso suelto, la voz que discrepa desde el respeto con una determinada línea editorial, ha desaparecido. Parece que el algoritmo de Facebook que solo nos sugiere amistades o noticias que nos gustarán ha llegado también para dirigir periódicos, o editar informativos. 

Este es el drama. La censura ya no hace falta que la ejerza el ministro de información, o un periodista lacayo. La ejercemos cada uno de nosotros sin saberlo excluyendo de nuestro muro o timeline las opiniones que no nos gustan. Lo digo en serio: a mi me pide amistad alguien con un lazo amarillo en su foto de perfil, y si no es un cafre que hace apología de la violencia acepto de inmediato. Me interesa confrontar ideas, me interesa debatir, y, sobre todo, me interesa entender al otro, si puedo. 

La realidad es que unas herramientas pensadas para acercar a la gente, la están separando. Puede que no fuera ese el objetivo, pero lo están consiguiendo. O mejor dicho, están sirviendo a ese objetivo trazado por populismos y nacionalismos, dos movimientos que solo son capaces de avanzar cavando trincheras. A estas alturas, es evidente que la estrategia de destrucción de consensos básicos, esos que nos hicieron prosperar como sociedades libres, es obra de haters metidos a políticos. Convendría pensarlo cada vez que rechazamos a alguien en las redes por sus ideas, o dejamos de comentar sus opiniones solo porque no estamos de acuerdo con ellas. Sin saberlo, estamos aceptando las reglas de juego precisamente de los que quieren romper el tablero democrático.    

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