APRENDER LA LIBERTAD

Son calles amplias y rectas, flanqueadas por elegantes cipreses, que invitan al caminar silencioso. Pero claro, a escasos dos kilómetros queda La Concha, y pocos cambian un paseo sobre la arena de una de las playas más bellas de España por vagar entre sepulturas. El cementerio de Polloe en San Sebastián recuerda un poco a La Recoleta de Buenos Aires, con sus opulentos panteones ordenados en un damero perfecto. Una mañana soleada de invierno estuve en el camposanto más grande de Donosti, y costaba creer que en aquel remanso de paz hubieran irrumpido una decena de veces en los últimos años los mejores hijos de Euskal Herria para profanar la tumba de Gregorio Ordóñez. El concejal del PP yace allí desde 1995, con un agujero de entrada y otro de salida en su cráneo por obra y gracia de una bala de ETA.

En una de esas vías fúnebres transcurre la primera escena de Patria, la serie de televisión que adapta la novela homónima de Fernando Aramburu, y que ayer se estrenó en abierto en un canal generalista de nuestro país. El monólogo de Bittori, la viuda del Txato que acude a visitarlo el día que ETA anuncia que deja de asesinar, consigue arrancar una sonrisa final cuando se levanta de la lápida y le dice a su marido: bueno, ahí te quedas. Y comienza a caminar.

En esa ficción Bittori no parece saber que, en la realidad, muy de cerca de la tumba de su Txato está enterrada Clara Campoamor, la abogada feminista cuya determinación trajo a España el sufragio universal en 1931. Tras años de ausencia, Bittori decide volver al pueblo donde ETA asesinó a su marido para averiguar qué pasó, pero sobre todo, para mirar a los ojos a sus vecinos, esos que la dejaron sola bajo la lluvia, arrodillada en mitad de la calle sosteniendo la cabeza agujereada de su Txato, como la de Goyo Ordoñez.

Al observar la escena de Polloe me vino en seguida el recuerdo de Campoamor, o mejor dicho, el de una de sus citas más célebres: “La libertad se aprende ejerciéndola”. Porque eso es lo que hace Bittori, ejercer por fin su libertad y volver a su casa para aprender a vivir, o a morir, que en el fondo no es muy distinto. Pero no vivir o morir de cualquier manera. Vivir o morir sin miedo, ni rencor. A esto, y a una memoria que se remonta diez años -no ochenta- el nacionalismo, el populismo de izquierdas y una parte del socialismo ahora le llaman crispar.

El blanqueamiento del terrorismo independentista vasco requiere una lejía de primerísima calidad. Hace unos días El Mundo publicaba un extracto del informe que se estudiará pronto en el Parlamento Europeo, y que detalla 144 homenajes a etarras no arrepentidos al ser excarcelados, medio centenar de ataques a sedes de partidos políticos, casi 200 actos de violencia callejera desde que ETA anunció su disolución… y en este plan. Sin embargo, Sánchez insiste en que Bildu es un partido político como cualquier otro a la hora de negociar su apoyo parlamentario. Es un partido más a la hora de presentarse a las elecciones, y cobrar las subvenciones públicas que le corresponden. Por lo demás, y aunque ya no nos obligue a acudir a funerales, hoy sigue dando el mismo asco que anteayer, cuando jaleaba los tiros en la nuca.

Este proceso acelerado y selectivo de olvido es el que está permitiendo a otros asomar sin reparos una pezuña fea, mostrenca, que se disfraza de voluntad popular cuando es una pata totalitaria. No existe democracia sin respeto a la ley. Si nos obligan a elegir, preferimos el empleo partidista de las instituciones públicas que el coche bomba, pero ambos son actos que vulneran la legalidad. Ahora, un insigne representante del nacionalismo catalán empotrado en la colonia de Mallorca tuitea que al pobre Torra lo han inhabilitado solo por colgar una pancarta, y a mi, salvando las distancias, me recuerda a los que decían que Txapote, condenado a más de 450 años de cárcel por asesinar a Gregorio Ordoñez y Miguel Angel Blanco, entre otros, está en el trullo solo por luchar por la independencia de Euskadi.

Ahora que no tenemos mayores problemas y el gobierno puede dedicar sus esfuerzos a la memoria democrática, no vamos a pedir la lectura obligatoria en nuestros institutos de Patria, porque tiene 600 páginas y los chavales se podrían herniar. Pero en la era de las pantallas líquidas en las aulas nuestros jóvenes podrían “aprender la libertad” con un ejemplo histórico algo más próximo y exacto que el de la Segunda República, y visionar Patria. Y entender por qué Bittori dice en el entierro del Txato en Polloe: “más que enterrarlo, parece que lo estamos escondiendo”.


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