DE LA TRINCHERA A LOS PUENTES: HISTORIA DE UN SUPERVIVIENTE

         Sánchez lo está dando todo en esta crisis sanitaria. Es fundamental que un líder sepa gestionar la presión diaria para que no le afecte en la toma de decisiones. El presidente hace deporte cada mañana en el complejo de La Moncloa. Eso ayuda mucho. A las 9:30 está presidiendo las reuniones de su comité de expertos y del gabinete de crisis. Encadena consultas y videoconferencias todo el día. Aún con todo, le queda tiempo por las tardes para hacer una ronda de llamadas a sus familiares -está aislado de su mujer, infectada- y a un grupo de amigos de toda la vida. Lo normal, vamos. Sobre la medianoche se retira a dormir. Sánchez le ha contado todo esto a El País, así que tiene que ser verdad.

      Del relato de actividades diarias de Sánchez para gestionar esta crisis y mantener a flote su salud física y mental no me atrevería a cuestionar ninguna. Todas me parecen esenciales. Sin embargo, durante doce días enfrascado en esas rutinas, o sea 17.280 minutos, Sánchez no sintió la necesidad de emplear diez para hablar con el líder de la oposición. Como mínimo es sorprendente teniendo en cuenta no solo la gravedad de la situación, sino la obligatoriedad de aprobar por la mayoría del Congreso de los Diputados las sucesivas ampliaciones del estado de alarma. Superados los 15000 muertos, Sánchez empezó a  reclamar a todos por la tele unos nuevos pactos de la Moncloa. 

      Nadie puede negar a Sánchez su esfuerzo retórico en televisión. En sus discursos maratonianos le da tiempo a todo. Da vueltas sobre la misma idea, repite expresiones, cambia el tono, alarga los silencios, se pone solemne y al tiempo nos tutea. Como Montaigne, filosofa sobre la vida y la muerte, y de seguido nos explica qué es el queroseno y por qué estamos viendo sin cortes nuestras series favoritas en streaming. Emplea un lenguaje bélico, exhibe determinación, cierra un puño y al instante, con los ojos vidriosos, nos implora (ha empleado ese verbo) más sacrificios. A pesar de ese despliegue portentoso de recursos oratorios, ¿por qué en horas tan dramáticas hasta una parte de su electorado más fiel levanta una ceja al escucharle?Si la retórica es el arte de la persuasión, ¿por qué suenan a hojalata sus discursos? 

       Por mucho que Iván Redondo se emplee a fondo con su pupilo para explicarle los tres pilares de la retórica de Aristóteles, una de esas patas está quebrada en Sánchez, y es una fractura difícil de soldar. El presidente puede exprimir hasta la lágrima los argumentos emocionales (pathos), puede retorcer a su conveniencia la lógica y los hechos (logos), pero suena hueco e impostado porque hace tiempo que Sánchez prescindió de su ethos, de su honestidad como orador, para prosperar en política. A Sánchez más que sus palabras le traicionan sus hechos. En términos estrictos de poder su éxito es indiscutible, pero hacer de la mentira una estrategia política conlleva un alto precio, que se paga precisamente en los momentos en que es más necesario resultar creíble. 

        Sánchez no se fía de nadie, por eso nadie se fía de él. Ni siquiera sus socios, que le han dejado tirado con las morgues a reventar. Si no fuera por los muertos y la crisis terrible que se avecina, resulta cómico escucharle exigir el apoyo de la oposición mientras ignora el rechazo de los que le han permitido ser el presidente con menos votos y escaños de nuestra democracia. Cuando hace tres semanas Casado le dijo en la tribuna del Congreso “Señor Sánchez, no está solo en la batalla, puede contar con el apoyo del PP”, Sánchez ni le dirigió la mirada. He aquí un ejemplo que explica la diferencia entre un hecho y un discurso.

      Un político que se dedicó en tiempos de paz a cavar trincheras entre españoles para alcanzar el poder, se presenta en tiempos de guerra como el zapador capaz de levantar todos los puentes que antes había volado. Ni Obama hubiera convencido de esto a la audiencia. Si Sánchez nos pide ese imposible, nosotros le vamos a pedir otro: que abandone la política de trucos y trampas.

    Los pactos de la Moncloa son otra botella de gaseosa abierta con estrépito para entretener al personal limpiando espuma con la bayeta. En unas semanas contaremos los muertos reales por millares, cerraremos los hospitales de campaña, cesarán los bailes en los balcones y los telediarios de coaching colectivo. Entonces daremos paso a la cruda realidad económica. Europa nos ayudará, pero no a cualquier precio. La inyección de liquidez y la relajación de la estabilidad presupuestaria no serán a cambio de la progresiva estatalización de nuestra economía que propone Podemos.

     Escribamos lo que nadie quiere leer: habrá que aprobar unos presupuestos de emergencia nacional, inéditos en nuestro país, que entre otras medidas extremas contemplarán una bajada de sueldo a los funcionarios (excepto quizá al personal sanitario para recompensar su esfuerzo descomunal) y una congelación de las pensiones (o incluso bajada de las más altas) para permitir un volumen de ayudas sociales como jamás hemos visto. Iglesias le dejará plantado porque no querrá asumir el coste electoral de esas decisiones. Al tiempo, el independentismo catalán le retorcerá el pescuezo con el “qué hay de lo mío”. Y Sánchez tendrá que apoyarse en PP y Ciudadanos para aguantar en el poder hasta 2022, un año de recuperación económica que le permitiría sobrevivir en unas elecciones, su auténtica especialidad. 

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