TERRITORIO PINYA

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            Me preguntan a veces cuánto tiempo llevo viviendo en Mallorca. Son muchos años, y yo, que soy de letras, necesito hacer la cuenta con calma. Pero para recordar las circunstancias exactas de mi llegada a la isla no preciso tanto tiempo. Desembarcaba por la noche con mi vehículo del barco que me trajo desde Barcelona, y me sorprendió aquel despliegue de seguridad en el puerto de Palma que no había visto otros veranos. Armas semiautomáticas, gafas de visón nocturna, perros-policía por todas partes… unos minutos antes habían detenido al comando de ETA que trató de atentar contra el Rey. El otro día pasé un buen rato, otro más, con el hombre que aquella tarde-noche, sin saber lo que ocurría, acogió a Don Juan Carlos en su lugar de trabajo -que en cierto modo es también su casa y la de sus amigos- mientras se desplegaba la operación antiterrorista. 

           Pep Pinya es el personaje principal de una novela aún no escrita. De alguna manera me recuerda al escritor Mauricio Wiesenthal, del que tengo dicho que si no existiera habría que inventarlo para tratar de entender mejor la segunda mitad del siglo XX. Pero Pinya rechaza su condición de personaje. La relevancia que pueda tener no la considera propia, sino otorgada por los grandes personajes, estos sí, que ha podido tratar a lo largo de los años. Hace suyo el pensamiento de Isaac Newton, que creía que “si había sido capaz de ver más allá era porque estaba subido en hombros de gigantes”. De acuerdo Pep, pero reconoce que cualquiera no puede subirse a los hombros de Joan Miró, Alexander Calder, Antoni Tàpies Eduardo Chillida, y ver más allá de lo que era una pequeña ciudad de provincias durante el franquismo.

          Pinya es una figura rotunda, por dentro y por fuera. Tiene una cabeza digna de un Caravaggio, con una vida fascinante asomando por cada arruga de su rostro. Como el genio italiano, Pinya es un hombre arrasado por la pasión que se ha dedicado toda su vida a seducir, y a dejarse seducir.  Enamorado como estaba del arte empezó con lo segundo, y para ello abrió su Galería Pelaires, él dice que como una “afición”. A los pocos días entró un Joan Miró ya consagrado y le dijo que se olvidara de eso, que la galería sería “para él y para sus amigos”. De aquello han pasado 50 años, y ahora Pinya cree que ha llegado el momento de desclasificar algunos papeles reservados y hacer pública la única condición que le puso Joan Miró: que jamás expusiera una obra de Salvador Dalí. La periodista Raquel Agüeros, la muy bribona, se me ha anticipado, y revela este y otros secretos en el libro que está punto de publicar la editorial Sloper: Pep Pinya, el galerista accidental.

           Es paradójico el inicio casual de Pinya en el mundo del arte gracias al impulso que le brindo Miró. Pinya iba para médico, y Miró para contable. Este último empezó a tomar clases de pintura en Barcelona solo como hobby y terminó siendo considerado por André Breton como “el más surrealista de todos nosotros”. A su manera y sin saberlo, Pinya siguió los pasos de Joan Miró, y convirtió su afición por el arte en un fenómeno cultural que ha transformado la ciudad de Palma en el último medio siglo. Si es cierto que todos aspiramos a dejar alguna huella de nuestro paso por aquí, por leve que esta sea, se puede afirmar que la relación de Mallorca con el arte contemporáneo no sería la que es sin la figura de Pep Pinya. A mi me parece que esto dice mucho sobre la profundidad de una huella. 

      Paul Gauguin explicaba que “en el arte, o se es un plagiador o se es un revolucionario”. Pues bien, se necesitan personas con talento y visión para separar el grano de la paja. O al menos que sean capaces de detectar la ruptura y la transgresión sin caer en el esperpento como sucede tan a menudo en la actualidad. El resto es trabajo duro y cinco décadas para demostrarlo sobreviviendo en el mundo despiadado que hoy es el negocio del arte. 

           Miró se instaló en Mallorca en 1956, y gran parte de su obra quedó vinculada para siempre a la isla. Hace unos años los políticos de Palma quisieron convertir la ciudad en “Territorio Miró” apoyados en los fondos del artista que se exhiben en su fundación y en el museo Es Baluard. Pero la influencia de una de las galerías de arte más importantes y longevas del país colocó a Palma en el mapamundi del arte contemporáneo. Una ciudad conocida por el turismo de masas fue la primera en España que expuso una obra de Calder, el amigo de Miró. El milagro es que más tarde llegaron otros que no eran amigos del pintor catalán, como Picasso, Henry Moore, Manolo Valdés o Carlos Mensa, entre otros muchos. Por eso, ahora que celebramos en quincuagésimo aniversario de la Galería Pelaires, podemos afirmar que en realidad tenemos el privilegio de vivir en “Territorio Pinya”. 

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