BODAS NO, SEXO FURTIVO SI

    La gente no para de casarse. Es un hecho y conviene aceptarlo, aunque a cierta edad cueste entenderlo aplicando la estadística. Te informan de cuarenta divorcios de parejas conocidas cada año, pero da igual. Los novios dan el paso convencidos de que son los demás los que pueden tropezar, no ellos. Lo constato sin ironía ni atisbo de crítica. Yo me encaramo a montañas donde a veces se mata gente y de momento aquí sigo, tecleando. Cualquier día de estos me caso, aunque es más probable que corone el K2 en invierno. 

          Que se sigan celebrando multitud de bodas no significa que todos esos enamorados se integren sin resistencia en un grupo homogéneo. Algunos deben pensar que al contraer matrimonio adquieren una condición lanar, no se resignan a formar parte de lo que consideran el rebaño de novios convencionales, y les da por inventar. Hasta hace no tanto esas invenciones, discretas, se quedaban en el interior del templo, el ayuntamiento o el juzgado de lo civil. Más tarde los golpes de efecto se extendieron al ágape, y aquí ya comenzó a asomar lo bizarro. Por poner un ejemplo que conozco de cerca, en mi boda actuó El Casta, y yo me enteré en mitad de los postres al verlo aparecer sobre un escenario reservado para el DJ.  

           Las ocurrencias durante el banquete se han ido agotando, o haciendo previsibles, así que se ha tirado por la calle de en medio y ahora lo cool es celebrar los esponsales en un sitio original y de belleza incomparable. Si eres asquerosamente rico alquilas una villa en la Toscana, o un palacete a orillas del Lago de Como, y alojas allí a todos los invitados durante varios días. Si no llegas a tanto pero aspiras a un lujo soft te apropias de un espacio público y prometes fidelidad en una playa paradisíaca. En Mallorca teníamos todos los boletos para que nos tocara esta moda, tan propensa a deslizarse hacia la ordinariez disfrazada de elegancia chic. Note el avispado lector que he conseguido meter los anglicismos cool, soft y chic en un solo párrafo, una horterada al nivel de unas nupcias sobre la arena. 

        La Conselleria de Medio Ambiente ha abierto expediente sancionador a los organizadores de un bodorrio en las dunas de Es Trenc, un lugar integrado en la Red Natura 2000 como de interés comunitario (LIC), y que es zona de especial protección para las aves (ZEPA). A mí me parece muy acertada esa decisión, porque estas cosas solo pueden ir a más -como cualquier abuso consentido- y acabar degenerando en un espectáculo permanente de vestidos blancos y collares de flores al estilo de la Polinesia. Era conveniente frenar ese despiporre, y darle publicidad a la sanción con efectos disuasorios para futuros contrayentes. 

          Sucede que los argumentos de los más ofendidos por esta invasión del espacio público rezuman un clasismo apestoso. Clasismo de abajo hacia arriba, claro, que también existe y tiene que ver con ese resentimiento social que algunos tratan de azuzar con cualquier excusa. Se ha presentado este casamiento como un asunto de ricos aburridos, con sus cubiteras de champán francés y su ropa de marca. Y faltaba el punto xenófobo. Eran extranjeros, pero originarios de países de lo que se puede decir que son extranjeros: Escandinavia, norte de Europa, Estados Unidos y en este plan. Si fueran de Marruecos o Ecuador seguramente habría que hilar más fina la noticia, para no ofender. 

           Ya digo que la multa será merecida porque las dunas de Es Trenc son de todos, ricos y pobres, y no se debe admitir un uso privativo de las mismas. Trato de evitar la mayoría de bodas a las que me invitan -especialmente si se celebran en verano por encima de los treinta grados- como para tener que tragarme las que organizan desconocidos. Sucede que en general tampoco me gusta asistir a la cópula, las felaciones ni las prácticas de sodomía del prójimo, conocido o no, y por ello hace años que me abstengo de pasear por aquel frágil sistema dunar, celebérrimo punto de encuentro para el cruising en Mallorca. De esta apropiación casi permanente en horario diurno del espacio público para el folleteo nadie ha dicho nada, ni siquiera los ecologistas, plagado como está el lugar de condones usados y pañuelos de papel embadurnados de fluidos corporales. Es una zona de especial protección para las aves, pero no para los humanos que debemos convivir con esa moderna degradación para que no te llamen homófobo o meapilas.

            Pero un día es un día. Donde no hay ZEPA ni LIC, o sea, en cualquiera de las playas más  accesibles de Mallorca, la víspera de San Juan la tropa clava estacas en la arena desde por la mañana, ata cuerda y delimita su espacio para que no pase nadie. Reservan su arena privativa colocando sombrillas, neveras gigantes, toldos con anclajes y parrillas para torrar como si no existiera un mañana. Música a todo trapo y que nadie moleste al pueblo de fiesta, con sus hogueras, su tocino chorreante y sus litronas de cerveza, sin cubiteras pijas ni ginebras premium. A la mañana siguiente sobreviene en el arenal un espectáculo apocalíptico de plástico y basura orgánica, que demuestra que el respeto por lo común no implica tanto una cuestión de dinero como de civismo.  

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