EL SUDOR DE RAFA NADAL

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          El 19 de abril de 2000 los aficionados al fútbol contemplamos una de las jugadas más bellas en la historia de la Liga de Campeones. El mítico taconazo de Fernando Redondo en Old Trafford eliminó al Manchester United y clasificó al Real Madrid, que terminó ganando aquel año su octava Champions. Por razones que no vienen al caso conseguí la camiseta sudada por uno de aquellos jugadores madridistas, que estuvo en mi poder hasta que la entregué a su destinatario final en una planta de oncología infantil. Durante los días que la tuve en mi casa dudé si meterla en la lavadora, para entregarla limpia. Al final decidí no hacerlo, porque la mancha de césped a la altura del codo derecho le otorgaba una épica indudable a la prenda, y así lo entendería el niño. Pero lo más asombroso es que la prenda olía primorosamente a perfume masculino, de los caros, y eso que su propietario se había dado la gran paliza en el partido contra el Manchester. 

          Pocos años después pude saludar a Roger Federer al terminar uno de sus partidos en el Masters 1000 de Madrid. Acababa de ventilar a su rival en menos de una hora de partido. Ni siquiera había pasado por el vestuario, pero parecía peinado para una sesión de fotos. Tenía el cabello seco, con ese mechón rebelde en la frente que siempre se escapa del pañuelo y el suizo trata de domesticar pasándolo por detrás de su oreja. De nuevo lo más sorprendente estaba en su polo impecable, que presentaba una minúscula mancha de sudor del tamaño de una moneda a la altura del esternón. Nada más, ni un cerco en las axilas. Y otra vez ese inconfundible olor a fragancia de lujo. 

           Cuando Rafa Nadal flexiona su cuerpo botando la bola antes del saque, un reguero de gotas se desliza por su nariz. Es parte de su rutina cambiarse de camiseta varias veces durante un partido, sobre todo en torneos que se juegan habitualmente con calor y humedad, como Roland Garros. En su final de 2014 frente a Djokovic yo estaba cómodamente sentado en un palco, pero la camisa se me pegaba empapada al cuerpo. Era un bochorno tan insufrible para el espectador en las gradas que costaba imaginar a dos tipos arreando golpes allí abajo, sobre la arcilla, durante tres horas y media. Nadal ganó su noveno título en París en cuatro sets, y confesó en la rueda de prensa posterior que probablemente no hubiera aguantado un set más por los calambres que sufría durante la final, y que trató de disimular. Aún recuerdo aquellas camisetas chorreantes de color azul turquesa saliendo una a una de su bolsa, como fregonas tras una inundación. Aquella escena, y su rictus de dolor cuando se acercaba al palco familiar, son la imagen más nítida que me queda del esfuerzo de alguien que hace tiempo que podría dedicarse a salir a pescar con los amigos cada día, o a pegar unas bolas en un campo de golf. 

            La noche antes de aquella final me dieron las tres de la madrugada de tertulia en el vestíbulo de un hotel con . El tío y por entonces entrenador de Rafa es un enorme conversador, polemista implacable, divertido, agudo y sensato. En un momento de la conversación repasábamos los torneos del Grand Slam y sus peculiaridades. La conexión especial de Rafa, casi mística, con la Philippe-Chatrier parisina. La tradición de Wimbledon -el único lugar donde el torneo es mucho más importante que cualquier jugador-. El prodigio de marketing del Open USA. Y por fin, la sorpresa, el Open de Australia, quizá el menos prestigioso de los cuatro grandes pero el favorito de muchos jugadores del circuito por la organización perfecta, el trato a los tenistas, el público entusiasta, y una ciudad, Melbourne, que lo tiene todo. Yo había visitado Australia en el 2000, el año del taconazo de Fernando Redondo, y entonces le dije a Toni que me encantaría volver a Melbourne un mes de enero, coincidiendo con el torneo de tenis, y ver a Rafa jugando allí. La contestación de Toni me sorprendió, y creo que no se molestará si la cuento aquí: “pues no lo dejes pasar mucho, porque yo creo que a Rafael le quedan un par de años compitiendo a este nivel”. 

           Ya digo que aquello fue hace cinco años, en los que ha sumado otros cinco torneos del Grand Slam a su curriculum. Nadal siempre ha huido del victimismo, esa pandemia del siglo XXI, por eso explica que algunos de los problemas que padece los ha conocido la opinión pública, y otros no. El tenis moderno es un deporte de una exigencia física brutal y un calendario de locos que deja a algunos de sus profesionales con secuelas en el cuerpo de por vida. Muchos de ellos conviven con el dolor de espalda, caderas o rodillas no sólo cuando juegan, sino también cuando se levantan de la cama cada mañana. Esto es lo que no nos cuentan, y que solo conocen las personas más próximas a esos deportistas de élite. Llegados a un punto de sufrimiento no hay motivación que valga y lo humano es decir basta. Que Nadal consiga reinventarse una y otra vez y sorprender así a los aficionados de todo el mundo tiene un mérito indudable. Pero que destroce los pronósticos de las personas que más le quieren y mejor conocen sus circunstancias y limitaciones nos coloca ante la auténtica dimensión de su gesta, y el valor de sus toneladas de sudor. 

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