RESUCITAR A LOS CERDOS

          La primera vez que vi llorar a mi madre debía tener trece años. Cuando la vi llegar a casa la pobre tenía un buen hematoma en la espinilla, pero creo que le dolía más el alma que la pierna. En mitad de un tumulto había recibido un puntapié de un desconocido cuando intentaba acceder entre empujones a un mitin electoral. Mi padre se presentaba por primera vez como candidato en unas listas municipales, pero no quiso que sus hijos asistieran a su bautismo político. A mi me pareció raro, porque pensaba que el acto que se organizaba en el Teatro Guridi de Vitoria era una especie de fiesta, con banderitas de colores y música a todo volumen. Al ver la tibia amoratada de mi madre empecé a comprender por qué no nos habían llevado a mis hermanas y a mi. 

            Pasaron unos años y mi padre encabezó otra lista electoral, esta vez al Congreso de los Diputados. De aquella campaña mi madre se llevó una quemadura en el esternón. En uno de los actos -creo que fue a la salida de un mercado- un señor bien vestido le lanzó una colilla encendida al escote, y logró hacer canasta. El broche violento al periplo institucional de mi padre se produjo en 1996, ya como candidato al Senado. En aquella campaña una sexagenaria golpeó a mi madre en la espalda, a la altura del omóplato, con una botella de plástico de Coca Cola que no estaba precisamente vacía. En la otra mano sostenía un cartel con la fotografía de su hijo, un preso etarra condenado por asesinato. 

         Mi padre ejerció cargos electos como representante de una circunscripción electoral vasca durante dos décadas. Tal y como y vuelve a estar el patio en España, alguien podría pensar que el balance de daños físicos acumulados por mi madre a cuenta de la carrera política de su marido no fue para tanto. No he querido incluir en el listado los empujones, escupitajos e insultos -otra forma de violencia- que recibió, porque se me acabaría la columna. De estos últimos, los insultos, el más suave era facha, tan de moda hoy. También era el más común, porque en aquellos años, como empieza a suceder ahora, se le aplicaba a cualquiera que no fuera nacionalista o de izquierdas. 

        Decía Samuel Johnson que “los hombres suelen tener más necesidad de que les hagan recordar que de información”. Tras unos años caminando hacia una cierta normalidad, la campaña electoral que concluye el próximo viernes nos ha dejado escenas penosas que algunos preferíamos olvidar.  Este triste dèjá vu constata una evidencia: hace cuarenta años en este país te jugabas el físico por ir a un mitin del PSOE, o del Partido Comunista. Hoy, las imágenes demuestran que arriesgas el tipo si te acercas a escuchar las propuestas de Abascal, Rivera o Cayetana Alvarez de Toledo. No sé si se refiere a esto Pedro Sánchez cuando habla de volver a la “España en blanco y negro”, pero estamos regresando a ella a toda velocidad con él de presidente del Gobierno. 

        VOX se apunta en sus actos a un relato medieval -yelmos, castillos, la Reconquista, Don Pelayo y el Cid Campeador– pero eso no justifica impedir su discurso alucinado a base de palos y barricadas incendiadas. La simpleza de plantear un referéndum para elegir entre pensiones o autonomías se contesta con argumentos, no con piedras. El Podemos recién nacido también hablaba de la vuelta a la lucha de clases y nacionalizar medios de producción, otro relato medieval, pero nadie impidió a la “gente” que se acercara a escuchar el sermón marxista de Pablo Iglesias. Ahora, Echenique dice que no se puede ir a Rentería a provocar a la “gente” con el discurso de Ciudadanos, y luego quejarte porque te amenazan. Que viene a ser la actualización a la política de aquella consigna del franquismo sociológico: no te pongas minifalda si no quieres que te toquen el culo. Estos son los que se ofrecen a Pedro Sánchez -junto con Bildu y los cachorros de ERC que deciden quién puede hablar y quién no en la Universidad Autónoma de Barcelona- para frenar la “involución democrática” que supondría que no gobernaran ellos. 

         Mal andamos en este país cuando vuelve a ser reseñable en una crónica periodística que un acto electoral de un partido político se ha desarrollado sin incidentes. Los independentistas catalanes friegan con lejía las plazas después de los mítines de Arrimadas. “Para desinfectar”, nos explican. He aquí la expresión nítida del adversario político como animal infeccioso a exterminar. Entre tanto, la revista Nature acaba de publicar los resultados del experimento científico de un neurólogo de la Universidad de Yale, que ha logrado resucitar el cerebro de 32 cerdos tras cuatro horas muertos. De esto, entre otras cosas, van las elecciones del próximo domingo: de resucitar o no esa violencia marrana que creíamos enterrada para siempre, y apoyarte en sus actores para gobernar. O dejar que esa minoría de gorrinos siga revolcándose feliz en el fango, lo propio de su especie, pero sin llegar a influir en las decisiones que nos afectan a todos. 

Anuncios

2 Comments

Add yours →

  1. Todo en la vida pende de un hilo sobre una fina línea de decisiones, un sí o un no, nos llevarán por un camino u otro, a veces sin retorno… deberíamos ser más conscientes con nuestras propias decisiones y no dejarnos llevar, sin pensar… Tal cual revolcón marrano. Gracias José Manuel. Me encanta leer tus artículos de opinión porqué me hacen reflexionar. Un abrazo

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: