¿QUÉ CELEBRAN LOS QUE PIERDEN LAS ELECCIONES?

          En la campaña que precedió a las elecciones celebradas ayer se activaron dos motores para movilizar el voto. Por una parte, tres partidos alertaban de la necesidad imperiosa de desalojar a Pedro Sánchez de La Moncloa. El argumento principal se centraba en los pactos que había realizado el líder socialista con los independentistas catalanes para lograr su investidura con 85 diputados. También recibió durante sus meses en el gobierno tras la moción de censura el apoyo explícito de un partido que durante décadas defendió la violencia como mecanismo válido para obtener objetivos políticos. No parecían razones livianas. Eran tan pesadas que a punto estuvieron de fracturar el propio PSOE. De otra parte, había dos partidos apelando al miedo a un partido emergente de derecha radical, que en determinados puntos de su programa se parece demasiado a la ultraderecha que ha emergido en otros países europeos. Vistos el magnífico resultado del PSOE, no hace falta explicar qué motor se ha mostrado más potente. 

          Todos los análisis se centran en la fragmentación del voto del centro derecha. Y es cierto ese factor. En 2016 el voto de izquierda, la mitad de la tarta, se dividió entre dos partidos, PSOE y Podemos. En 2019, la otra mitad del pastel ha habido que repartirla entre tres comensales, PP, Ciudadanos y VOX. Con escasa diferencia de votos entre los dos bloques, el de izquierdas obtiene una veintena de escaños más. A partir de aquí, y después de escuchar a los líderes de estos partidos durante la campaña, se entienden perfectamente algunas euforias en la noche electoral, pero otras suenan a tomadura de pelo. Si los comicios se plantearon como una confrontación entre dos bloques, izquierda y derecha, pasado y presente, defensores de la causa feminista contra los que justifican la violencia machista, guardianes de la unidad de España frente a liquidadores de la Constitución, gestores responsables frente a manirrotos empedernidos… en ese escenario apocalíptico, ¿de qué se ríen los que se van a la oposición?

            Rivera compareció para decirnos que tenia una noticia mala y otra buena. La mala era que Sánchez seguiría de presidente con el apoyo de Podemos y los indepes catalanes. La buena era que su partido había subido un montón, y se había quedado muy cerca del PP. A partir de ahí todo fueron sonrisas, puños apretados de ánimo y una declaración solemne: “pronto va a llegar otro gobierno liberal constitucionalista, europeísta, abierto, moderno….”. Rivera debería explicar que “pronto” puede ser dentro de cuatro años, o cuando Sánchez decida convocar nuevas elecciones a su conveniencia. Es decir, visto el batacazo descomunal del PP, ayer a Rivera la hipótesis de verse presidente del Gobierno en un futuro indeterminado le provocaba mucha más alegría que la realidad de ver a Sánchez, ese señor al que llamó traidor y mentiroso, y al que obsequió con su propia tesis doctoral, de la mano de Iglesias y Junqueras. No era para tanto entonces lo del gobierno Frankenstein. Por eso, en estas circunstancias, el entusiasmo de Rivera traslucía más un proyecto personal que de país.

           Antes había intervenido Abascal a gritos arreando a todos, sobre todo al PP, para decir que VOX no tenía la culpa de que la “derechita cobarde” con una mayoría absoluta de 186 diputados no hubiera arreglado el problema de los medios de comunicación y de la educación al servicio del nacionalismo. Y añadió: “todo eso no va a suceder ahora gracias a nuestros 24 diputados, no lo permitiremos”. En mitad de la algarabía nos quedamos con las ganas de saber cómo lo va a impedir con 162 diputados menos que Rajoy en 2011. Se entiende que a base de preguntas al Gobierno en el hemiciclo, hasta que se pongan colorados.

        Ya sabemos que todo esto son soflamas para consumo interno de los que agitan banderitas en las sedes de los partidos, y para animar al personal que tiene que volver a ensobrar papeletas en unos días. La realidad es más sencilla, y más cruda. Con los mismos votos que en 2016 el centro derecha ha obtenido 22 diputados menos. Pero ahora viene lo mejor: Podemos ha perdido en estas elecciones 300.000 votos respecto a 2016, y el PSOE ha ganado dos millones. Es decir, el bloque de izquierdas suma 1,7 millones de más de apoyos que hace tres años. Es de idiotas pensar que semejante vuelco se ha producido por la gestión de Sánchez estos nueve meses en que ha tenido que arrastrarse ante Torra, Otegi y compañía. 

         Al PSOE le han salido votantes de debajo de las piedras, ciudadanos que han acudido a votar con la nariz bien tapada ante la posibilidad de que un partido tan bizarro como VOX entrara en el gobierno. De un estado de opinión similar se benefició el PP por la amenaza de Pablo Iglesias en 2015, que se nombró en una rueda de prensa en directo vicepresidente del Gobierno, y se pidió el CNI, el Ejército y la tele pública. Hoy, Abascal puede estar satisfecho de generar más temor en el electorado español que Torra y Otegi juntos, dos políticos sumamente comprometidos con el interés general de España. Por mucho que Abascal insulte a quienes pensamos así, los números cantan. 

           Para desgracia del nacionalismo local, en Baleares hemos demostrado que votando no somos tan distintos del resto de los españoles. Dos partidos de izquierdas con el 44% de los votos han obtenido 5 escaños. Tres partidos a su derecha con el 45% tendrán tres diputados. Un éxito sin parangón hasta hoy. Y también aquí, al igual que en otras comunidades, Ciudadanos ha superado al PP. Me imagino que la culpa es de Madrid. 

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One Comment

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  1. La culpa es del amor que distorsiona la realidad… te hace fuerte y objetivo!! Que más quiere este señor, no busques más respuesta donde no la hay 😉

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