UNA PALMA RESILIENTE A SU ALCALDE

            El sectarismo a la hora de entender y analizar la realidad es como mirar un paisaje con un ojo tapado. Por eso hay que buscar respuestas en la izquierda inteligente, que la hay aunque no gobierne. Jordi Gracia es catedrático de literatura española en la Universidad de Barcelona, ensayista y autor de un opúsculo clarificador sobre el actual estado de postración ideológico de la izquierda en Europa y en España. Contra la izquierda. Para seguir siendo de izquierdas en el siglo XXI (Ed. Anagrama) es una lectura obligatoria para entender desde una visión progresista la penuria de ideas que viene arrastrando el socialismo democrático en los últimos años, y su dificultad para ampliar su base electoral de manera estable cuando gobierna. En mitad de la crisis económica brotó la nueva izquierda -curiosa denominación para una hija del comunismo de toda la vida- que trató  de construir un discurso alternativo que ocupara el vacío de la vieja izquierda desaparecida del debate de ideas. Y según Gracia, aún fue peor. Porque a pesar de su éxito electoral, lo que hizo fue colocar un foco aún más potente sobre las contradicciones de una ideología que mantiene un trato muy difícil con la realidad de los países desarrollados. Concretamente en España nos invitaron a mirar hacia Venezuela, un país que ya no existe, sobre todo para Podemos. 

            En escasas ochenta páginas Jordi Gracia describe con precisión cirujana los rasgos que están convirtiendo a la izquierda actual en un movimiento reaccionario: el fundamentalismo de la corrección política, un falso paternalismo que expulsa de la esfera pública el discurso culto para llegar mejor a los tontos que votan, el sabotaje de la leyes que no le gustan -en una especie de flirteo adolescente con movimientos antisistema-, la fe ciega en cualquier acusación de acoso sexual, la descalificación genérica de la Transición sin asumir las culpas propias, la asunción sin reservas del mantra ecologista o del feminismo de brocha gorda… y así hasta llegar a la última decepción: la dimisión durante años de la izquierda ante el discurso más insolidario que se puede escuchar hoy en nuestro país, el del independentismo. 

       Jordi Gracia es de izquierdas, y quiere seguir siéndolo a pesar de “la socialdemocracia sonámbula y la nueva izquierda hiperventilada”. Y lo primero que propone es dejar de hacerse trampas en el solitario, abandonar el autoengaño y reconciliarse con la realidad: la izquierda hoy es también capitalista. Y como esto le crea mala conciencia cuando compra un chalet o o usa un avión oficial para acudir a un concierto pop, sigue optando por la ilusión. Pero lo iluso a medio plazo no ilusiona a nadie, así que solo le resta esperar a que le queden al aire los costurones del discurso redentor para ser desalojada del poder a trompicones. Gracia aboga por una izquierda irónica, que no cínica, y por tanto capaz de reírse un poco de sí misma y de sus incoherencias. Y entonces lanza su provocación: ser de izquierdas hoy pasaría por ser de una derecha de acción y vocación social. A esto me apunto yo. Quiero decir que si me sintiera capaz de cabalgar tantas contradicciones me haría de izquierdas, que es más cómodo, está mejor visto y permite repartir lecciones morales a todo el que se mueva. Lo que Gracia viene a reconocer es que se puede discutir el modo de repartir la riqueza y el camino por el que una sociedad debe progresar, pero esa riqueza y ese progreso históricamente han venido de la mano del capitalismo. 

            Es evidente que la desaparición de esa izquierda posibilista, de objetivos limitados y pegada a la realidad ha contribuido al auge de los populismos de derechas, tan nocivos como los de izquierdas. Pero además socava la credibilidad de su discurso ante su propio electorado, y frena su avance electoral en cuanto la derecha deja de hacer el canelo y levanta la vista de su propio ombligo. Si existe un ámbito político en el que esto se manifiesta con crudeza es el de la gestión municipal. Y es así porque el gobierno de un país, o de una comunidad autónoma, ofrece un montón de pelotitas con las que jugar al trile y mantener despistado al electorado un rato (el cadáver de Franco, el reconocimiento del Estado Palestino, la prohibición de los toros, la de los bastoncillos higiénicos para las orejas…). Si se te va la mano con el juego se te pueden estropear las cifras de empleo, o caer la recaudación fiscal. Pero la macroeconomía es como un mega crucero: se recorren muchas millas hasta que el pasajero percibe que ha virado el rumbo. Por contra, la realidad de un ayuntamiento es implacable e inmediata.

        El alcalde de Palma se ha pasado tres cuartas partes de su medio mandato mitificando la Segunda República y proclamándose heredero de la misma. Luego ha plantado un montón de árboles en un powerpoint, varias veces, de varios tamaños y colores. También ha diseñado los usos de un edificio enorme que no era suyo. Con todos los que hay de propiedad municipal, tuvo que poner su ingenio y su capacidad visionaria en el de GESA. Todo ese esfuerzo para nada. Mientras tanto, la ciudad se le ha ido llenando de hierbajos y muebles abandonados que tardan mucho en desaparecer de la vista de los vecinos. La última desgracia del verano tiene que ver con la mierda que inunda nuestras playas cada vez que llueve. Pero a diferencia de los hierbajos y la basura sin recoger, que han sido siempre iguales, los excrementos que los ciudadanos defecaban durante los mandatos del PP no olían, y además eran invisibles. Por eso la derecha podía mantener las playas llenas de caca abiertas al baño, y nadie protestaba. 

          Según Noguera, la transparencia de aguas que hemos perdido en las playas de Palma la está compensando él con su gestión eficaz y responsable. Es otro esfuerzo inútil, porque ahora das unas brazadas con la nariz en el agua y no necesitas que venga un técnico de EMAYA a decirte lo que tú ya ves, y hueles. Además, unos periodistas tocapelotas se tienen que poner a filmar los vertidos fecales cuando gobierna en Palma el nieto de Emili Darder, y no los hijos del tardofranquismo. Para colmo de males, al PP le llovía menos en sus veranos de gobierno municipal. Hasta en eso tiene suerte la derecha. 

          Con esos argumentos Noguera pretende que le vote más gente, además de los suyos de toda la vida. El suyo es el ejemplo perfecto de ese discurso quimérico y redentor, tan letal para la izquierda, que Jordi Gracia denuncia en su librito. En lugar de limpiar, arreglar baldosas rotas y poner más policías en las calles, tareas impropias de un político de altura, Noguera ha repetido sin descanso que quiere una Palma republicana y resiliente. No más limpia, mejor mantenida y más segura, sino republicana y resiliente. Los ciudadanos que han tenido tiempo de acudir a un diccionario para averiguar qué es una ciudad resiliente, habrán deducido que nuestro alcalde convierte en colectiva la capacidad individual de adaptarse a las tragedias, las amenazas los traumas o las situaciones límite. Y entonces habrán comprendido que a lo que Palma tiene que adaptarse para sobrevivir es a su propio alcalde.

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