PEREGRINACIONES

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       Desde el interior, más que una torre parece un cono invertido. La estancia de la planta baja es angosta y lóbrega, dedicada al rezo. El primer piso se va abriendo para albergar una cama y un guardarropa -según él, la habitación más inútil de la casa-. Por fin, el piso superior es amplio y diáfano, con una pared en semicírculo donde reposar mil libros, sólo mil, suficientes para alumbrar la creación de una de las obras más hermosas e influyentes de la literatura universal. Michel de Montaigne escribió aquí Los ensayos, y la distribución de espacios en la famosa torre en la que se recluyó durante años nos ilustra sobre su orden de prioridades vitales: abajo la capilla -Montaigne no prestó mucha atención a la religión en sus escritos, a pesar de las guerras de fe que destrozaron Francia en el siglo XVI-, en la mitad el dormitorio – descansar bien e ir con regularidad al baño eran claves en su concepto de felicidad-, y arriba la biblioteca -su gimnasio particular, el lugar donde ejercitó una rabiosa libertad interior enemiga de cualquier fanatismo-. De lo estrecho a lo amplio, de la sombra a la luz. 

        Antoine Compagnon cuenta que, cuando le preguntaron a André Gide en 1929 a qué francés colocaría en el Olimpo de la literatura europea junto a Shakespeare, Cervantes, Pushkin o Goethe, no dudó ni un segundo. Montaigne era un escritor universal a la altura de los citados, y además representaba el espíritu de Francia y el valor de la tolerancia y el diálogo fecundo entre inteligencias que discrepan. En los tiempos que corren, la ciencia debería intentar resucitar físicamente a este hombre, porque la lectura de su magna obra no parece suficiente para evitar los errores del pasado. Uno imaginaba en pleno agosto un aluvión de turistas en este lugar de culto literario que habitó uno de los padres de la nación francesa. Pero no, éramos cuatro gatos en la visita, la mitad niños de corta edad que enseguida se aburrieron y salieron corriendo a jugar entre los cedros centenarios del castillo. La noche anterior las terrazas y restaurantes del casco histórico de Burdeos estaban a reventar, pero los cincuenta kilómetros que separan esta ciudad del villorrio de Saint Michel de Montaigne resultaron suficientes para convertir la visita en un experiencia solitaria, casi mística. 

         Por supuesto que la recreación del espacio físico que habitó Montaigne es una completa falsedad. Sus descendientes vivieron en aquella propiedad hasta 1811. La planta baja se convirtió en un almacén de patatas, y el dormitorio del primer piso a veces fue una perrera, y otras un corral para los pollos. Pero el flujo de visitas de lectores románticos en la primera mitad del XIX obligó a simular de nuevo el entorno donde vivía Montaigne. El romanticismo literario encumbró al francés por su estilo exuberante, su espontaneidad al escribir sin orden ni filtros, y también por su relación con La Boètie, que representaba el ideal de amistad espiritual que anhelaban encontrar. Hasta que un día alguien dio la vuelta a sus ensayos y empezaron a leerse de otra manera. O mejor digo, del ingente volumen de páginas que dejó escritas Montaigne, algunos románticos comenzaron a extractar aquellos textos en los que Montaigne alertaba contra los excesos del corazón y las agitaciones febriles de los sentimientos, y llamaba a vivir con moderación. De repente, Montaigne se convirtió en un autor frío y distante que no sabía de los padecimientos de la vida. Me vengo a referir a que cualquier obra, incluso una tan inmensa como la de Montaigne, es susceptible de ser releída en poco tiempo, o sea reinterpretada, a la luz de los cambios sociales o políticos. 

        Adoramos Los ensayos de Montaigne por su imperfección, precisamente porque están plagados de contradicciones y errores. Uno de los más divertidos se refiere a la lengua en que fueron escritos. Montaigne decidió emplear el francés, y no el latín culto que había aprendido de niño, porque escribía su libro “para pocos hombres, y para pocos años”. Cinco siglos después su afirmación mueve a la carcajada, porque su pensamiento emancipado y plural es más necesario que nunca. En el siglo XXI, solo desde una ética humanista como la que defendía Montaigne es posible reconstruir los espacios de convivencia que están siendo socavados en Europa por los populismos de izquierdas y de derechas. No existe otro camino. 

         Ya digo que, a pesar de la actualidad de su pensamiento, pude quedarme a solas unos minutos en el silencio de la biblioteca de Montaigne porque hasta allí no llega ni el Tato. Pero no todos los peregrinajes están de capa caída. Algunas mentes retorcidas pretenden culpar al actual gobierno de la caída este verano en España de casi tres puntos en la ocupación hotelera. Esa afirmación es injusta, porque lo que de verdad ha conseguido Pedro Sánchez es que se dupliquen las visitas al Valle de los Caídos en los dos últimos meses. Aún no se ha hecho una encuesta a los menores de 40 años, o sea, los hijos de la LOGSE, para saber qué porcentaje de ellos saben qué es y dónde se encuentra ese memorial de la Guerra Civil. A los que sí sabemos dónde esta enterrado Franco, la encuesta podría investigar cuántos ciudadanos, de izquierdas y de derechas, consideramos el traslado de sus restos un asunto de “extraordinaria y urgente necesidad” cuatro décadas después de su muerte. Sobre todo teniendo en cuenta que más de la mitad de esos años han conocido gobiernos del PSOE. Apelar a esa urgencia para aprobar un decreto-ley que permite la exhumación de los restos de Franco por la vía rápida sí que es un insulto a la memoria de este país. No a la histórica, sino a la más reciente, la de Zapatero y Felipe González, que con su pasividad también se debieron colocar en la extrema derecha, digo yo. 

           A mi me parece bien que se retiren de Cuelgamuros esos huesos, pero si los dejan seguiré durmiendo igual de bien, o de mal. Y estoy de acuerdo porque el significado de esa tumba, como la gran literatura, puede ser releído, reinterpretado en función de los nuevos tiempos. La cuestión entonces es otra. ¿Podía Pedro Sánchez pactar con Pablo Casado, Albert Rivera y Pablo Iglesias un traslado digno de esos restos? ¿Podía el Presidente del Gobierno, de 46 años, acordar con tres líderes políticos menores de 40, el sentido futuro de ese conjunto monumental ocho décadas después del final de la Guerra Civil? Para mi la respuesta es clara: rotundamente sí. Sucede que ese enfoque de Estado quizá resulte menos rentable de cara a las próximas elecciones, y que un planteamiento maniqueo del asunto te permita distraer la atención mediática unas semanas, ganar tiempo y subir un puntito en las encuestas. Por eso hoy a la torre de Montaigne no se acerca nadie, pero el Valle de los Caídos cada fin de semana está más petado. 

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