MARRÓN

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        He estado dos semanas ausente de esta página, ocupado en batir un plusmarca personal: quince días consecutivos sin descargar periódicos hallándome en lugares con cobertura de datos. Escribía Nadal Suau aquí mismo sobre la necesidad de desconectar en vacaciones, y el componente de ilusión que tiene esa expresión. Tiene razón, porque el individuo moderno no se explica sin esa conectividad permanente, sin pausas ni límites, que sin embargo conduce a la gran paradoja social de nuestro tiempo: las personas se comunican cada vez más, pero se encuentran menos. El aluvión de palabras y fotografías en las redes sociales desemboca en la desaparición de los vínculos, con más relaciones superficiales y menos compromisos. Por eso la hipermodernidad nos exige dar un paso más, hasta desaparecer. No basta con apagar el móvil a ratos. Necesitamos ser otro para relajarnos del esfuerzo de ser uno mismo. A mi me suele dar por disfrazarme de alpinista. Otros visten collares y pulseras imposibles de lucir en su día a día, o dejan de afeitarse. Por eso el que puede viaja, hace yoga en un monasterio o sale cada noche para olvidar que el resto del año ha de madrugar.  

          El sociólogo y antropólogo David Le Breton ha escrito un libro revelador sobre esa pulsión alienadora, esa necesidad de escapar del yo que experimentamos a veces. Desaparecer de si. Una tentación contemporánea (Editorial Siruela) es un compendio de maneras de huir de forma temporal o definitiva. Las hay patológicas -a través del sueño compulsivo, la depresión o las actividades obsesivas- y también controladas -como la fatiga voluntaria o los juegos hipnóticos-. Ser otro, sustraernos de nuestras responsabilidades, es más factible en vacaciones. Leí sobre éstas y otras formas de ausencia en un refugio de los Alpes, a casi cuatro mil metros de altitud, encaramado sobre uno de los macizos montañosos más grandes de Europa. Cuando miraba por una de las ventanas del viejo comedor de madera me parecía estar cenando a bordo de un avión. Y entonces encontré la cita. Le Breton llama blancura a “un estado de ausencia de sí más o menos pronunciado, a un cierto despedirse del propio yo que responde al sentimiento de saturación, de hartura, que experimenta el individuo”. Fue emocionante leer esas líneas en un lugar al que se llega tras horas de caminar sobre el blanco níveo, puro, de un glaciar de hielo intacto. Me pareció la metáfora perfecta de ese vaciamiento que experimenta el caminante. Ese volverse anónimo, o sea otro, o sea nadie, que se vive en las grandes montañas. Por desgracia, tras unos días desaparecido de mí mismo, tuve que bajar a nivel de mar para seguir trabajando. 

           No es mi caso, pero también hay personas que desaparecen a través del trabajo. Son sujetos que diluyen su personalidad en un entorno laboral tan exigente que acaba por enajenarlos. El “síndrome del trabajador quemado” es una manera de desaparecer que admite pocas bromas porque puede acabar en tragedia, pero siempre nos quedará la gran literatura como ejercicio de sanación. Robert Walser fue otro paseante compulsivo, un escritor deambulante empeñado en un objetivo: no ser nadie. En la línea de Melville en Bartleby el escribiente, Walser describe la oficina como el hábitat perfecto para una existencia predeterminada, soporífera, pero también como el lugar donde se puede soñar despierto. Como el Ayuntamiento de Palma. 

          A parte de nauseas, las heces que han inundado cuatro veces en diez días las playas de Ciutat me está provocando un síndrome de estrés postvacacional. Reconocerán que es duro pasar del blanco glaciar al marrón putrefacto en tan corto espacio de tiempo. En la montaña, una de las primeras cosas que se aprende es a no defecar cerca de los cauces de los ríos por el riesgo de propagar enfermedades infecciosas. En general, en Mallorca la gente caga donde se le dice, pero eso no es suficiente para evitar que en cuanto llueve con algo de intensidad sus excrementos acaben en el mar, concretamente en las playas donde acuden a bañarse. Pero peor que el asco físico es la vergüenza moral de escuchar las explicaciones de nuestros políticos. 

        Desde la oficina es un librito de Robert Walser que recopila relatos divertidos sobre la vida aburrida de un burócrata, y allí dejó escrito: “la ausencia es mi destino”. El alcalde de Palma y la presidenta de EMAYA se tomaron el aforismo al pie de la letra, y dejaron a un pobre ignorante salir a dar explicaciones sobre los continuos vertidos fecales en plena temporada turística en la séptima ciudad más importante de España (la cuarta entre las que tienen costa, tras Barcelona, Valencia y Málaga). Vamos, una tontería. El ridículo fue tan espantoso que Neus Truyols tuvo que comparecer después antes lo medios, y aún fue peor. Vino a decir que, si ustedes tiran de la cadena y llueve fuerte, la mierda seguirá fluyendo sin remedio hasta el mar los próximos dos años. Pronunció estas palabras con serenidad, sin alterarse, con una cierta displicencia hacia los periodistas que se traducía en “no me pregunten mucho por problemas que no puedo solucionar antes de las próximas elecciones”. Como Bartleby, Truyols “preferiría no hacerlo”, y así elude el marrón. 

          Están de moda los pactos, el diálogo y los gobiernos en minoría. Y si afirmas que en democracia es bastante lógico que gobiernen los partidos que ganan las elecciones te conviertes en sospechoso de fascista. A mi me parece natural, y conveniente, que los partidos con vocación mayoritaria, o dicho de otro modo, los que buscan un electorado transversal, o en otras palabras, los que no gobiernan solo para los votantes que les dieron su apoyo, o sea, los que aspiran a aumentar su base electoral solucionando problemas reales de los ciudadanos, estén al frente de las instituciones. No digo que sea ilegítimo lo contrario, pero gobernar con el objetivo de contentar a una minoría, o a los grupos de presión que te apoyaron, tiene inconvenientes para el interés general e implica a medio plazo una cierta corrosión del sentido original de la democracia representativa. 

           Si un partido que defiende un ideario ecologista no alcanzara el gobierno de una de las principales capitales de España con apenas 20.000 votos, sus dirigentes no podrían convertir su lugar de trabajo en el espacio donde soñar con la república, los països, monolitos franquistas o arcoíris en los autobuses. Tampoco convertirían la casa de todos los palmesanos en la oficina de empleo del top manta, ni en un centro de acogida para condenados por enaltecimiento del terrorismo. Tendrían que descender, como yo de las montañas, y ocuparse de las aguas fecales, tan desagradables. Lo que viene siendo arreglar un marrón. Si te han votado muchos vecinos, y un día les dices que se resignen a la mierda en sus playas cuando llueva durante los próximos años porque te has pasado tres cuartas partes de la legislatura sin mover un dedo para mejorar esa situación, sabes que en breve te mandarán a tu casa. Pero si te han bastado los votos de los del procés, el monolito y la posidonia, entonces te puedes permitir el lujo de culpar si hace falta al mismísimo Franco del problema actual de las depuradoras, mientras los bañistas, de izquierdas y de derechas, esperan en la playa el cambio de bandera. 

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