UN IRONMAN DIARIO 

XTorres

         El otro día hice un Ironman. A todos los que critican esta prueba inhumana, a los que creen que es mala para la salud y que hay un punto de locura en quienes afrontan este reto… les doy la razón. No emplearé una sola línea en rebatir todo eso, porque es cierto, y conviene aceptarlo cuanto antes cuando uno se mete en el lío. Las motivaciones por las que uno decide averiguar si será capaz de completar 3800 metros nadando, 180 kilómetros en bici, y 42 kilómetros corriendo son muy variadas. Lo cierto es que la preparación de una prueba como esta permite llevar la exploración de los límites de tu resistencia física, y sobre todo mental, a un territorio inimaginado. Hay quienes limitan la explicación a una cuestión adictiva. Las endorfinas que genera un cuerpo sometido a ese grado de esfuerzo proporcionan tal grado de felicidad que uno no puede parar. “Sois unos yonkis del deporte”, te dicen los que solo ven la punta del iceberg. Pero hay mucho más bajo esa línea de flotación. 

           Los meses que he entrenado esta prueba han constituido uno de los periodos de aprendizaje personal más intensos de mi vida. De aquí a que me muera me quedan menos cosas imposibles por afrontar. Echo la vista atrás y me cuesta racionalizar ese nivel de sacrificio, de renuncia a tantas cosas que también me hacen feliz. Porque el deporte es una parte de mi vida, pero no la única, ni siquiera la más importante. La visión se aclara cuando me giro y miro al futuro. Vislumbro un objetivo muy lejano y pienso que lo puedo alcanzar, que soy capaz de aplazar esa recompensa y trabajar duro para conseguirlo. Evito hundirme cuando me equivoco, o cuando me zurran injustamente, o simplemente cuando estoy fundido y una nimiedad me parece el Everest. También consigo aplacar la euforia cuando el viento sopla a favor, cuando llegan las palmadas, los likes y esa sensación de poder con todo. Porque no puedes con todo. Hay límites, y conviene reconocerlos. He pensado en esto y en muchas más cosas durante los centenares de horas que he pasado en solitario sobre la bicicleta, con la cabeza entrando y saliendo del agua, o corriendo. Ahora lo escribo y todo este párrafo me suena a psicología barata. Por eso creo que la preparación del Ironman me tenía preparada una lección de vida mucho más cercana y tangible, menos filosófica. 

             La queja forma parte de nuestra vida. Es verdad que hay personas que desarrollan una especial tendencia al lamento, más intensa, más frecuente, por cualquier chorrada. Yo me he quejado bastante los últimos meses. Del viento en contra cuando pedaleaba, del frío, del calor, de los dolores musculares, del cansancio, de los madrugones, de la falta de tiempo, de los libros no empezados y del tiempo robado a las personas que quiero. Alguna de estas me ha decepcionado tras cruzar la meta, me ha herido, y también me he quejado por esto. Pero durante todo el invierno, la primavera y parte del verano, al menos tres veces por semana tenía que madrugar para lanzarme el agua y nadar kilómetros en una piscina de 25 metros. Largo a largo, viraje tras viraje, con la línea azul del fondo de la pileta como único horizonte. A menudo, unas horas antes me había dado una paliza en bicicleta, o corriendo, y aún me dolían los gemelos, o los glúteos, o tenía cargados los lumbares, o simplemente no podía con mi alma. Y entonces me quejaba a María, a Jorge, a Deniz, a Damián o a cualquier otro compañero nadador. A todos menos a uno. Los días que llegaba especialmente fatigado comenzaba a nadar tratando de ablandar el cemento que agarrotaba mis brazos y piernas. Y entonces, al girar mi cabeza para respirar, comprobaba cómo me adelantaba un tronco por la calle de al lado. Una especie de torpedo con la mitad de brazos y la mitad de piernas que yo, sin manos con las que coger agua ni pies para impulsarse. 

            Observar sumergido un prodigio de flotabilidad y coordinación motriz es la menor de las suertes que uno tiene cuando nada al lado de Xavi Torres. Xavi nació con una amputación congénita de brazos y pies. Un putada tremenda que él convirtió en una oportunidad para participar en seis Juegos Paralímpicos y obtener en ellos dieciséis medallas. Veinte años en la élite mundial, que se dice pronto. Aunque parezca increíble, cuando conoces a Xavi esto es lo menos importante. Uno entiende lo que este hombre hace dentro del agua cuando lo tratas fuera de ella. Xavi dice que tiene un cuerpo perfecto. No echa en falta nada en él, ni manos ni pies, porque nunca los ha tenido. Después de eso, a uno le da vergüenza protestar por las agujetas. Habla de sus padres con un amor indescriptible, casi disculpándose por el disgusto que les dio al nacer así. Quéjate tú de las notas de tu hija. Así vive Xavi, dando lecciones sin querer desde el día que nació. Y para colmo te arranca una carcajada cada tanto. A María Fuster, otra mallorquina olímpica, le gusta hacernos nadar con los puños cerrados para fortalecer la musculatura de la parte central del cuerpo. Entonces Xavi levanta sus muñones y grita: “¡ahora veréis, cabrones!”.

          Tengo escrito hace tiempo mi apoyo a un tipo de pedagogía que incide en la necesidad de educar el carácter de los niños. Deben aprender a gestionar los adversidades, a tolerar los errores, a soportar la frustración, a aplazar la recompensa y a no convertir los contratiempos en problemas. El deporte puede ser un gran apoyo para lograrlo, también en la edad adulta. Pero el ejemplo de Xavi Torres demuestra que existe un carácter innato. Hay personas que nacen sabiendo, y no por ello dejan de aprender a lo largo de toda su vida. Dice Xavi que “aunque las cosas son complicadas nunca son tan tremendas”. Recordaba su frase el otro día, mientras lo miraba al acabar nuestro entrenamiento, su espalda hípermusculada y sus piernas ortopédicas tendidas en la hamaca de al lado. Maniobraba con una habilidad asombrosa metiendo y sacando cosas de su mochila, y aún tenía tiempo para contarme entre risas que una vez nadó con Mark Spitz, y que se puso tan nervioso que hizo una de las dos únicas salidas nulas de toda su carrera -la otra fue en una final olímpica de Sidney-. Yo observaba fascinado su fortaleza, su optimismo, y su mirada luminosa sobre una vida que le plantea un Ironman cada día. Por mi parte, ya me voy quejando menos. 

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