LOS DOS MOTORES DE LA TURISMOFOBIA

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            Como ya tenemos una edad para desconfiar de las casualidades, vamos a tratar de profundizar en el origen de la fotografía de quince frikis increpando a turistas en el aeropuerto de Palma. El debate posterior se ha polarizado entre quienes restan importancia a la protesta -ha sido una excepción, eran pocos, por algo será… – y quienes piensan que es más sencillo demoler la imagen de un destino turístico que un solo hotel de Baleares. Hace tres meses traíamos a esta página una manifestación similar en la estación marítima ante un grupo de cruceristas. En aquella ocasión, la fuerza de choque de eso que se ha venido en llamar turismofobia estaba compuesta por medio centenar de vociferantes de diversa extracción política y social. El turismo de cruceros aporta un porcentaje muy pequeño al total de visitantes que recibimos en nuestras islas cada año. Por eso, como allí había más policías y periodistas que manifestantes, algunos se esforzaron en quitar hierro a la protesta porque estaba dirigida a un segmento muy concreto del turismo. Si atracaran en Mallorca la mitad de cruceros -o ninguno según lo más radicales- nuestro modelo turístico no se resentiría. De hecho, así había sido durante décadas en que no existía esa oferta masiva de megabarcos accesibles a las clases populares, y Baleares era una tierra próspera. Pero todos intuíamos entonces que en realidad el problema para los de la pancarta no eran los cruceros. 

              En aquel artículo comencé a escribir algo sobre el peligro de trasladar ese tipo de protestas al aeropuerto en pleno verano, como mayor impacto en medios internacionales. Pero borré la frase por si acaso alguien me acusaba de dar ideas a esta exigua tropa, capaz de montarle un pollo a visitantes que nada tienen que ver con el desarrollo de nuestro modelo turístico durante décadas, pero incapaz siquiera de esbozar una alternativa económica viable y creíble a nuestra principal industria. No hacía falta escribirlo porque era evidente que podía suceder, o mejor dicho, que iba a suceder. La facilidad para hacer viral una imagen de hostilidad hacia turistas que acaban de aterrizar en nuestra isla animaba demasiado a que cuatro chancleteros se plantaran en la terminal de llegadas: los guiris tenían que entender rápido, antes de llegar a la playa, lo mucho que nos molesta su presencia. La preocupación por la presión demográfica en temporada alta existe hace años. Se han estudiado los costes ambientales asociados al turismo, que son importantes pero menores que los de la mayoría de actividades industriales que sostienen otras economías desarrolladas. Llevamos años limitando las plazas turísticas, mejorando los suministros básicos, hablando de sostenibilidad… Entonces ¿cómo hemos podido llegar hoy a este punto? ¿qué ha sucedido para que una absoluta minoría se atreva a manifestarse sin permiso en una infraestructura pública, con total impunidad, ofreciendo una imagen nefasta de animadversión hacia el turista que perjudica la economía de una absoluta mayoría? Además del desmadre del alquiler turístico, alentado durante años por algunos de los que ahora se rasgan las vestiduras, han sucedido dos cosas que impulsan el fenómeno. 

           En primer lugar, hace tres años se cerró en nuestra comunidad un pacto de gobierno entre tres partidos políticos, dos de los cuales rechazan explícitamente un modelo económico con tanto peso del turismo. Esto no había sucedido nunca hasta esta legislatura. En los anteriores gobiernos liderados por el PSIB-PSOE la correlación de fuerzas era otra, por el apoyo de un regionalismo de centro-derecha que contenía la fobia al turismo del PSM tradicional, los verdes y el ecologismo radical que los apoyaba. Esto ha cambiado, sobre todo desde la dimisión de Biel Barceló al frente de la Vicepresidencia y la Conselleria de Turismo. El día que se nombró a Bel Busquets como su sustituta me crucé a la presidenta Armengol saliendo del Consolat de Mar con una cara de funeral que no se preocupó en disimular en mi presencia ni un segundo. No seré yo el que niegue el instinto político de esta mujer. Francina trató de evitar ese nombramiento hasta el último suspiro porque sabía los riesgos que iba a enfrentar en el último tramo de su mandato. Bel Busquets sabe de turismo lo que yo sobre el diseño del último modelo de Airbus. Pero a diferencia de Biel Barceló, está llena de prejuicios ideológicos. Las declaraciones que hizo después del patético espectáculo en el aeropuerto, pasteleando con los mamporreros antiturismo, la inhabilitan para seguir un día más al frente de la conselleria más importante del Govern. Según su círculo más próximo, la presidenta Armengol ha guardado silencio para no contradecir a su vicepresidenta y no generar otra crisis de gobierno. Esto solo es política, de la mala. Es obvio que el discurso y los silencios de MES y Podemos han animado a los más brutos del pueblo para que se vengan arriba y se atrevan a espantar a turistas a través de berridos y pintadas. El año que viene los ciudadanos opinarán en las urnas sobre este y otros temas. Pero esto no es suficiente para llegar a la imagen grotesca de los bocachanclas lanzando octavillas a la cara de los turistas. Hace falta algo más. 

        En 1963 el profesor de Harvard Bernard Cohen observó que “los medios informativos a lo mejor no tiene éxito a la hora de decirle a la gente qué es lo que tiene que pensar, pero sí que lo tienen, y mucho, a la hora de decirle a sus audiencias sobre qué tienen que pensar”. Seis décadas más tarde esta afirmación es matizable por dos motivos: el primero, por la creciente mezcla de información y opinión, en algunos casos escandalosa. Y en segundo lugar, porque se ha demostrado que también influye la manera en que se presentan los temas. Lo que Cohen nos quería decir es que la repetición de un asunto un día tras otro es el mensaje más potente para que nos quede clara su importancia.  Pero si el asunto ya se presenta de una manera sesgada nos va quedando menos margen para la discrepancia. ¿Quién estará a favor de los atascos? ¿quién quiere contaminación? ¿quién defiende el incremento de precios de la vivienda? (la que tenemos que comprar, no la que tenemos que vender, claro) ¿a quién no le molesta una restricción de tráfico, o una playa saturada? Si ese constituye todo el enfoque editorial, día tras día, portada tras portada, si ese es el único criterio para jerarquizar las noticias, para juzgar su relevancia y la intensidad del tratamiento informativo, es obvio que se genera el caldo de cultivo necesario para que crezca, o al menos se justifique, el discurso de la fobia al turista por ser el causante de todos nuestros males. Ni siquiera hace falta mentir. Basta con excluir de la agenda de los medios la otra cara de la moneda, la de los beneficios del turismo, que alguno tendrá, digo yo. 

              Es en este contexto en el que una minoría desarrapada y heterogénea, en la que cabe desde el anarquismo antisistema hasta el ecologismo apocalíptico, se siente suficientemente amparada por una parte de la opinión pública para emprender acciones de protesta de consecuencias fácilmente previsibles a medio plazo. Nunca tan pocos estuvieron en disposición de hacer daño a tantos. La cuota parte de responsabilidad de algunos políticos se asume en democracia con cierta resignación, porque nos podemos desahogar cada cuatro años e incluso reparar algunos errores. Pero el papel de determinados medios de comunicación que se pretenden influyentes como altavoces sin filtro de estos energúmenos tiene peor solución, y difícil explicación. Son empresas que pierden dinero a mansalva y que a duras penas consiguen pagar las nóminas de los periodistas que se ciscan a diario en el turismo, sin matices, mientras sus ejecutivos y comerciales se rompen la cara tratando de frenar la salida de unos anunciantes que pueden hacer publicidad, precisamente, gracias a los ingresos del turismo. He aquí la extraña paradoja de la turismofobia, política y mediática, de la que no tardaremos mucho tiempo en lamentarnos. 

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