LA VICEPRESIDENTA DESNUDA

-Mi madre dice que te pareces a Miguel Bosé.

-Dile a tu madre que quizá le haya sentado regular la última copa. 

-Es esa que nos está mirando. Te la presento y se lo dices tú.

             La madre se acerca y la joven veinteañera hace las presentaciones. Pero la chica no ha terminado de jugar y me pregunta: “¿Quién te gusta más, mi madre o yo?”. Entonces miro a la madura estupenda, luego a la presunta vástaga, solo unos años mayor que mi propia hija, luego vuelvo a contemplar a la señora… y ésta sonríe y concluye: “Bueno, como vemos que dudas no hace falta que elijas. Nos vamos los tres a casa”. Aunque mi voluntad se hallaba debilitada por la ingesta de un par de mojitos bien cargados, opté por salir corriendo. Esa misma debilidad fue la que me impidió una reacción más contundente unos minutos antes, cuando la misma joven había colocado su mano en mi entrepierna al cruzarnos en los baños del local. Dice la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, que no sabe “si los hombres saben cómo funcionamos las mujeres”, y yo pienso que algo de razón tiene. Al menos yo no comprendo cómo funcionan las mentes de una madre y una hija un sábado por la tarde desplegando técnicas avanzadas de depredación sexual ante un desconocido. Carmen Calvo debería asistir al tardeo de Palma aunque sola sea una vez en su vida, como yo. 

               Si yo fuera el vicepresidente del Gobierno en este momento tendría licencia para decir que la inmensa mayoría de la mujeres son personas decentes, tal y como declaró la vicepresidenta hace unos días refiriéndose a los hombres. Pero como soy un columnista de provincias debo ir con más cuidado y tratar de no escribir mamarrachadas que insulten la inteligencia de los lectores. Uno de los rasgos de una democracia madura es la capacidad de los ciudadanos para tolerar sin demasiados aspavientos, con cierto estoicismo, las patochadas ante un micrófono que expelen sus representantes públicos. Carmen Calvo ha dicho que pretende modificar el Código Penal y la Ley de Enjuiciamiento Criminal para que exista un consentimiento expreso previo a una relación sexual. Lo contrario se podrá entender como una negativa, y por tanto ser juzgado como un delito de violación o de abusos sexuales. Solo una parte del feminismo más radical (ni siquiera todo) ha apoyado la ocurrencia. Las críticas, muy respetuosas, han llovido desde el ámbito jurídico por dos motivos: en primer lugar, pulveriza el principio de presunción de inocencia. Y en segundo lugar, salvo coitos realizados en la sala de reuniones de una notaría, en circunstancias de ayuntamiento carnal es complicado demostrar la prestación de ese consentimiento expreso. Y luego están Twitter y Facebook, que se han cebado con la pobre señora. 

          Con todo el respeto, a uno le cuesta no pensar en la vida sexual de la vicepresidenta. Aunque nadie lo reconozca, todos tratamos de imaginar algo sobre la experiencia vital de esta mujer. Porque, incluso los políticos, somos lo que hemos vivido. Sin conocerla me atrevo a opinar que Carmen Calvo pertenece a la inmensa mayoría de mujeres decentes que no trataría de meter en la cárcel a un hombre por despecho, o por hacerle pagar una mala decisión de ella misma. Pero una persona de 61 años que ocupa un cargo de tanta responsabilidad debería saber que existen hombres malos, y mujeres malas. Sobre la proporción de unos y otras no soy capaz de pronunciarme, precisamente porque mi conocimiento y experiencia sobre el género humano son limitados, y además no soy vicepresidente del Gobierno. La violación y el abuso sexual son hechos tan terribles que nadie se ha atrevido a gritar que en este asunto la vicepresidenta Calvo va desnuda en su carroza. Nadie osa preguntarle a Calvo en qué mundo vive ni en qué circunstancias personales ha practicado coitos a lo largo de su vida, para no ser incluido en esa minoría indecente descrita por ella. Como en el cuento de Andersen, nadie quiere quedar señalado como un estúpido, o un machista. Calvo va desnuda no solo porque su propuesta, al calor de una masa indignada, destroza cualquier atisbo de sistema judicial que respeta un mínimo de garantías procesales para el acusado. Va desnuda porque no le importa aparentar que ignora el funcionamiento de una parte de las relaciones humanas, en concreto las sexuales. Esto da miedo, porque a partir de aquí ya vale todo por subir un punto en las encuestas. 

             Más allá del disparate de Calvo, lo que está en juego tras el caso de la Manada es algo de enorme trascendencia. Hemos visto a adolescentes con una carro de suspensos en Secundaria manifestándose en la calle contra una sentencia judicial de 370 páginas criticable, como todas, pero de una complejidad técnica extraordinaria, incluso para los profesionales del Derecho. Lo que pretende la vicepresidenta es atajar el asunto de cuajo y evitar interpretaciones de los jueces que enfurezcan al pueblo. Esto a duras penas se consigue en los estados autoritarios. Anular ese aspecto de la función jurisdiccional es incompatible con la separación de poderes en un sistema democrático. Calvo confunde la posibilidad de ajustar mejor las conductas tipificables como delito, los agravantes y sus penas, con vaciar parte del contenido del trabajo de los magistrados. En las relaciones sexuales, no existe Ley ni Código capaz por sí mismo de interpretar el silencio, o de apreciar violencia o intimidación suficiente sin el concurso de la razón humana. 

         Pero esta, como casi todas, tampoco es una verdad universal. El Gobierno de Sánchez se puso desde el primer momento a favor del viento demoscópico español para criticar sin tapujos la sentencia de la Audiencia Provincial de Navarra. Y sin ningún rubor, ha virado todo lo necesario para ponerse a favor del aire independentista y no criticar la resolución de un tribunal alemán que niega la extradición de Puigdemont por un delito de rebelión, porque no hubo violencia suficiente en las calles. Edificios públicos asediados con funcionarios públicos retenidos en su interior, coches de policía destrozados, furgonetas antidisturbios apedreadas y medio centenar de agentes atendidos por contusiones, no suponen violencia suficiente para juzgar a sus promotores. Esos líderes o no reconocieron, o guardaron silencio ante esos actos vandálicos, pero su ausencia de crítica tampoco merece reproche, ni de los jueces alemanes ni del Gobierno de España. Otra vez la interpretación del silencio, esa que quiere evitar la vicepresidenta Calvo cuando se viola a una mujer, pero no cuando se viola la Constitución y las leyes que ella prometió guardar y hacer guardar cuando accedió a su cargo.  

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3 Comments

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  1. De nuevo, mi enhorabuena por otro necesario y valiente artículo.

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  2. Estoy absolutamente de acuerdo con el artículo. Valiente, da otra vez en la diana mostrando la disonancia cognitiva de la izquierda en todos los temas que la ocupa. Su postura a favor de una nacionalismo separatista (con significados contrapuestos) y el apoyo a una ideología de género que propone una falsa libertad sexual de la mujer por imposición de un modelo cultural de género, son algunos ejemplos de por donde nos quiere llevar el poder actual. La vicepresidenta, con su lavado de cerebro feminista y retrógrado, es un peón ideológico del totalitarismo de género que se nos viene encima. Revertirlo no será fácil. Nos esperan años oscuros

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