HISTORIA DE UN AMOR IMPOSIBLE

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         Me asomaba por la terraza del cuarto piso en casa de mis padres cada día a la misma hora. Tenía que esperar unos minutos con medio cuerpo colgado en el balcón, porque si ella caminaba por el interior de la acera solo podía verla inclinado sobre la baranda. En cuanto aparecía doblando el chaflán yo salía disparado hacia la puerta y bajaba saltando las escaleras de cinco en cinco. Era la única manera de llegar a tiempo a la calle y cruzármela en el portal, haciéndome el despistado. Creo que ella sospechaba de tanta coincidencia cuando la alcanzaba resoplando, pero me daba igual. Yo tenía trece años y estaba enamorado por primera vez, o algo así. Silvia también tenía trece años, y poco tiempo después me enteré que habíamos nacido el mismo día. A mi eso me pareció la señal definitiva para casarme con ella un poco más adelante. Supe de esa coincidencia onomástica por su hermano mellizo, que a menudo aparecía a su lado para robarme esos minutos de intimidad hasta el parque de La Florida, donde nos separábamos para llegar cada uno a su colegio. Tres éramos multitud caminando por el centro de Vitoria, y así, sin las facilidades modernas de Whatsapp e Instagram, no hubo manera de llegar al primer beso. Al acabar COU ella se fue a estudiar a Pamplona, yo a Bilbao, y tardé 26 años en volver a verla. 

          Me la encontré con su marido en la recepción de un hotel en París un caluroso mediodía de junio, poco antes de que Nadal vapuleara a Andy Murray en las semifinales de Roland Garros en 2014. Habíamos coincidido en el mismo alojamiento para ver ganar en directo a Rafa su noveno Open de Francia. Y claro, aprovechamos para ponernos al día. Cuando le dije que recordaba que vivía en la calle División Azul, me contestó: “cómo se nota que vas poco a Vitoria. Ya no se llama así, ahora es la calle de Angulema”. Yo sabía que había cambiado el nombre, pero la memoria personal funciona así. El callejero de Vitoria se había comenzado a limpiar de referencias franquistas mucho antes de la aprobación de la Ley de Memoria Histórica, y aquella travesía fue de las primeras. El homenaje a la unidad de voluntarios españoles que se empotró en el ejército nazi para luchar contra la Unión Soviética, dio paso al recuerdo de la ciudad francesa que acogió a parte de los republicanos exiliados de nuestro país al finalizar la Guerra Civil. 

           Ese masivo exilio republicano en 1939 provocó que Angulema se convirtiera en el escenario de uno de los engaños más trágicos durante la Segunda Guerra Mundial. El 20 de agosto de 1940, poco después de que Francia firmara aquel ominoso armisticio con la Alemania de Hitler, partió desde allí el primer convoy con deportados hacia el campo de exterminio nazi de Mauthausen, en Austria. Algunos de ellos subieron voluntariamente a aquel tren de la muerte bajo la promesa de viajar a países “libres”, es decir, no ocupados por la Wehrmacht. Una casualidad y la colaboración de vecinos de Angulema impidieron que se repitiera la farsa y gracias a ello se salvaron miles de vidas de refugiados españoles. La calle donde vivía la primera chica que me quitó el aliento no podía tener un nombre más hermoso, como ella. Angulema es una pequeña joya urbana en la región de Nueva Aquitania, y afortunadamente hoy es más conocida por su Festival Internacional del Cómic que por aquel convoy del horror. Pero en tres décadas han habido más coincidencias, y han cambiado más cosas en aquella calle de Vitoria. 

       Hace treinta años por la calle División Azul de Vitoria circulaban coches. Sin embargo, por la calle Angulema hoy solo circula un tranvía eléctrico. Constatar la evolución empuja al optimismo: de aquel convoy infrahumano que partía de una ciudad francesa de provincias… a uno de los sistemas de transporte urbano más modernos y sostenibles del mundo, cuya línea principal en la capital vasca comienza y termina en la calle del mismo nombre. Vitoria es una ciudad más pequeña que Palma, y con unas cifras de visitantes irrisorias comparadas con las de Ciutat. En 1995 el Gobierno Vasco ofreció por primera vez al Ayuntamiento un proyecto de tranvía para conectar el extrarradio de Vitoria -una ciudad extensa y poca construcción intensiva en altura- con el centro. Hubo un rechazo social inicial por la profunda transformación urbanística y de movilidad que aquello comportaba. Pero Roma no se hizo en un día. Una visión estratégica de la ciudad y una cierta cabezonería, tan vasca, permitió la aprobación definitiva del proyecto en 2004. Se concursó en 2006, y el 23 de diciembre de 2013 -solo unos meses antes de reencontrar a Silvia en París- el tranvía de Vitoria comenzaba a circular con parada inicial y final de su línea principal en la calle Angulema. Inauguraba el trayecto el lehendakari Juan José Ibarretxe, del PNV, el alcalde de Vitoria en ese momento, Patxi Lazcoz, del PSE, y su predecesor que durante ocho años impulsó el proyecto, Alfonso Alonso, del PP. Yo no sé si me estoy explicando…

           En Mallorca funcionamos de otra manera. En 1999 ya existía un estudio -pagado por el Ministerio de Fomento- que avalaba la viabilidad de un tranvía para la bahía de Palma. Lo recuerdo bien porque entonces yo era el director de la Empresa Municipal de Transportes de Palma. Como es obvio, introducir un transporte de alta capacidad por vía segregada en un centro urbano -es decir, apartando los coches- conlleva una visión estratégica de la ciudad imposible de trasladar a la realidad sin una cierta audacia. Joan Busquets es un urbanista de prestigio internacional que por entonces ya había trabajado con éxito en la transformación de ciudades como Barcelona, Toledo, Trento (Italia) o Amersfoot (Holanda). Nos explicó su concepto del tranvía como motor de cambio urbanístico, y su proyecto para convertir las Avenidas en un bulevar. La exposición comenzó a naufragar al plantear la eliminación inmediata de treinta plazas de parking delante de no sé qué farmacia. Algún político frunció el ceño, resopló ante el posible coste electoral, y Busquets se tuvo que ir con la música a otra parte, concretamente a La Coruña, donde el socialista Paco Vázquez lo contrató para modernizar la ciudad gallega y convertirla en la maravilla que es hoy. 

              Aquel era el nivel hace veinte años, pero la cosa no ha mejorado mucho. En mayo de 2003 el presidente Antich presentó otro estudio de viabilidad y un trazado para el tranvía de la bahía de Palma. En noviembre de 2010, finalizando su segundo mandato, mostró otro estudio, y un trazado modificado. Ahora, en junio de 2018, Francina Armengol exhibe otro plan de movilidad con tranvía incluido. Armengol es más eficaz y va mucho más rápido que Antich, porque presenta su powerpoint un año antes de las elecciones, y no en los días previos al comienzo de la campaña electoral como hizo el de Algaida en 2003. Y aún tenemos que dar las gracias por esta tomadura de pelo en forma de propaganda, porque Jaume Matas no quiso ni oír hablar del tranvía. El solo quería un metro, “como el que tienen las grandes ciudades”. Bauzá no llegó ni a plantearlo. Pero no todo son malas noticias. A pesar de las megainversiones realizadas en las últimas dos décadas en infraestructuras viarias, sanitarias, deportivas… siempre nos quedará la excusa de Madrid y la falta de financiación, gobierne quien gobierne. Es la historia de un amor imposible, como el de Silvia. 

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