LOS RIESGOS DEL SPINNING

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           Cuando De Gaulle quiso volver a la política tras un largo periodo alejado de la vida pública, el filósofo y sociólogo Raymond Aron -que se convertiría en uno de sus más estrechos colaboradores durante la Quinta República francesa- advirtió al general: “Se puede mantener el poder sin ideas, pero no se puede recuperar sin éstas”. Aquello fue el siglo pasado, sin Twitter ni una televisión como hoy la concebimos. No se ha reconocido lo suficiente el logro portentoso de Pedro Sánchez, y de su Raymond Aron particular, su asesor Iván Redondo, que han logrado lo que parecía imposible: acceder al gobierno de España no sólo sin diputados, sino también sin tener que exponer un programa de gobierno. Hacía años que la naturaleza sólida -aunque moldeable- del discurso político había dado paso a un estado líquido del mismo bajo una  interpretación posmoderna de la premisa de Heráclito: todo fluye, nada permanece. Pero Sánchez ha ido un paso más allá y con la ayuda de una persona mucho más inteligente que él ha convertido en gas todo el río. Sería injusto negar el mérito de este prodigio.

        Los que afirman que nos equivocamos al dar por muerto a Pedro Sánchez en realidad nos están dando la razón. Pedro Sánchez ha llegado a la Moncloa cuando ha dejado de hacer de Pedro Sánchez. Yo venía observando asombrado el proceso de transformación de sus últimos meses en la oposición. Era obvio que alguien le estaba susurrando al oído dónde estaban los votantes que necesitaba, y que se le seguían escapando a borbotones. Su nuevo asesor de cabecera era capaz de entender que, mientras Podemos se iba cociendo en su propia salsa de contradicciones y peleas internas en un contexto de mejora de la economía, el súbito crecimiento en las encuestas de Ciudadanos estaba vaciando al PSOE del voto moderado que en España lleva treinta años dando mayorías parlamentarias. Pedro Sánchez comenzó a vestirse de presidente en aquel mitin grotesco que lo mostró envuelto en una gigantesca bandera rojigualda, como décadas antes había hecho De Gaulle con la tricolor francesa. 

          Tengo escrito hace tiempo que lo característico de la modernidad es la velocidad. Aquel giro españolista fue una especie de trompo poligonero, algo macarra, solo unas semanas después de meterse frente a Patxi López en el charco de España como “nación de naciones”. Resultó chocante, y así se analizó desde la izquierda bienpensante. Pero ahora los volantazos ya no se producen en semanas, sino en días, a veces incluso en horas, y nadie se marea. De convocar elecciones “lo antes posible” hemos pasado a “cuando no me quede más remedio”, o sea, cuando me obligue la ley. Sin sonrojarse, hablando con pausa, conciliador, presidencial, como el hombre de estado en que se ha convertido. Está más guapo sin el ceño fruncido ni esa expresión de permanente mala leche que le acompañó dos años. Su actual jefe de gabinete, Iván Redondo, cree que “más que comunicar, hay que conectar”. En la primera entrevista que concedió a TVE como presidente del gobierno, Sánchez se aplicó el cuento tan a fondo que logró que una periodista tan veterana como Ana Blanco pareciera una groupie. 

           Iván Redondo debe de conocer bien la Retórica de Aristóteles, que ayuda a explicar cómo nos movemos en el territorio de las percepciones. El Ethos apela a la fiabilidad del que habla, el Pathos al uso de recursos emocionales, y el Logos a la capacidad argumentativa. Cuando Redondo hablaba en las tertulias televisivas de la necesidad de “humanizar la política”, era obvio cuál sería su camino para hacer presidente a Sánchez. Pactos con Podemos e independentistas, convocatoria inmediata de elecciones, derogación de la reforma laboral… alguien capaz de decir una cosa y la contraria en tan poco tiempo es evidente que renuncia al ethos y al logos, para centrarse en el pathos. Del Aquarius al running monclovita, en una semana Iván Redondo nos ha mostrado un líder compasivo y en movimiento que asciende a toda velocidad en las encuestas. 

         Pero hay que ir con cuidado con el deporte. A Sánchez ya lo hemos visto correteando por los jardines presidenciales solo unos días después de su investidura. Obama, el rey indiscutible del marketing político, tardó bastante más en mostrarnos sus lanzamientos a canasta en la Casa Blanca. Sucede lo mismo con el spinning, que la mayoría asocia a un pedaleo sudoroso sobre la bicicleta estática de un gimnasio. Pero en política es otra cosa. Se refiere a la actividad propia de los spin doctors, los estrategas y asesores de comunicación de los políticos, cada día más influyentes en un escenario donde el aspecto mediático ha acabado suplantando al político. Tanto es así que los spin doctors ya no se limitan a marcar las directrices comunicativas, sino también las políticas. Esa promiscuidad lleva a que la simplificación de los mensajes está alcanzando niveles obscenos para cualquier persona con una mínima capacidad de análisis, al margen de su ideología. También puede ser que yo este equivocado y esa simplificación constituya una forma superior de inteligencia que conduce a la felicidad. Decía Josep Pla que “la fórmula más agradable de la convivencia humana es la banalidad”, y la política debería tratar precisamente de eso, de facilitar la convivencia entre personas que piensan distinto. Pero insisto en que esa banalidad y el exceso de spinning en política tienen sus riesgos.

              Pasado mañana se cumplen once años de la dimisión de Toni Blair como primer ministro británico y líder del Partido Laborista. Ese día The Times publicó un especial exhaustivo sobre sus años de gobierno, y quizá la pieza informativa más interesante la firmó Geoff Mulgan, uno de los publicitarios del equipo de Blair en Downing Street. Bajo el título “The Spin Machine”, Mulgan reconoció que en los noventa el laborismo se obsesionó con la comunicación hasta el punto que ésta era la única que guiaba su acción. Dijo Mulgan que “durante un tiempo esta estrategia claramente dio resultados y fue capaz de fijar la agenda de los medios y de persuadir a propietarios, redactores, etc., cada vez más tibios en sus juicios críticos”. El problema fue que los comunicadores se hicieron tan visibles que con el tiempo se generó exactamente lo contrario, “un matiz de desconfianza ante los medios en el sentido de percibir que el gobierno de Blair era todo spinning, todo comunicación y ninguna sustancia”. A Blair la estrategia le dio para tres mayorías absolutas con un sistema electoral que favorece un bipartidismo puro, algo impensable en España. Después de aquello, el laborismo lleva doce años alejado del poder en el Reino Unido. A Sánchez le gusta el deporte, pero si yo fuera él controlaría un poco la intensidad del spinning.

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