LOS GESTOS DE ZIDANE Y SÁNCHEZ

         Dimitió Zidane, con elegancia y por sorpresa. Al presidente del Real Madrid la noticia le pilló desprevenido y en una posición de debilidad dentro de su Junta Directiva. Florentino Pérez no ha tenido tiempo de saborear con calma la decimotercera Copa de Europa de su club, la tercera consecutiva, y como se encuentra en minoría dentro de los órganos de gobierno del club está buscando apoyos para sustituir al francés. Necesita negociar el nombre del entrenador del Real Madrid para la próxima temporada. Como en el mundo del fútbol suceden cosas cada día más extrañas, para poder sentar a alguien en el banquillo del Bernabéu va a tener que consensuar la decisión con los presidentes del Barcelona y del Atlético de Madrid, que sueñan con que un equipo desconocido de Estonia le meta ocho goles al Real Madrid en el primer partido de Champions. Si a estas alturas del párrafo algún lector está sonriendo imaginando este absurdo quiere decir que es culé o colchonero. A los seguidores del Madrid la estupidez no les hará tanta gracia, pero esta es en resumidas cuentas la coyuntura política que atraviesa España. 

          Pedro Sánchez va a intentar gobernar todo el tiempo que pueda con el objetivo de remontar en las encuestas, algo legítimo en democracia. Para ello va a tratar de mejorar la situación política, económica y social que hereda del gobierno del PP apoyándose en partidos cuyos objetivos son mucho más sencillos y rápidos de alcanzar si España está bien jodida. El punto de partida de la jugada es tan temerario que a mi me parece un acierto que durante el debate de la moción de censura Sánchez no haya dedicado diez minutos seguidos a hablar de su programa de gobierno. Mejor el silencio que el ridículo. O peor aún, molestar a alguno de los múltiples socios necesarios para ocupar la Moncloa con 84 escaños y dos millones y medio de votos menos que el partido que ganó las elecciones. Siguiendo con el símil futbolístico, patada hacia delante y vamos saliendo de nuestra área. Sánchez es genial -o al menos eso piensa él- y seguro que inventará algo, como hacía Zidane con la pelota rodeado de contrarios. 

       Sucede que en España, como en el resto de países de nuestro entorno, ese mecanismo constitucional no está previsto únicamente para tumbar un gobierno -lo que podría ocasionar un vacío de poder o una inestabilidad institucional- sino para poner otro con apoyos parlamentarios suficientes para ejecutar acciones ejecutivas y legislativas previamente explicadas y debatidas en el Congreso de los Diputados. Por eso, a la clásica moción de censura la moderna teoría constitucional le añadió un apellido: constructiva. Si por los motivos que sean no fuera posible pactar ese nuevo programa de gobierno, existe otra vía para sustituir al gobierno censurado y legitimar otro: la convocatoria inmediata de elecciones. Como dicen los cursis, la fiesta de la democracia. 

        Sin embargo, a algunos la democracia les parece una fiesta si son ellos los que se divierten. Monedero se ha disculpado por su gesto de abusón de patio de colegio apoyando con vehemencia sus manos sobre los hombros de la vicepresidenta Soraya Saénz de Santamaría, una persona que sobrepasa por poco el metro y medio de estatura. Las imágenes son tan obscenas que hasta el mismo Monedero se avergonzó al verlas. Y no es una cuestión de machismo, porque el exceso sería el mismo agarrando de esa manera forzada a un hombre bajito con el que no se tiene ninguna confianza. Hay gente que se ha cebado con Monedero por parecer un matón barriobajero, pero hay que comprender su error llevado por la euforia: desalojar a un gobierno por una votación parlamentaria no es algo que pueda suceder en los países que él admira, los que pone como ejemplo de democracias populares y de los que ha cobrado como asesor. Es comprensible que se le fuera la pinza por el júbilo, tras ver cómo el PP ingería una medicina que Nicolás Maduro no probará. Podemos ya le demostró a Sánchez hace dos años que no sabía perder cuando votó en contra de su investidura. Ahora con esa chulería apunta indicios de no saber ganar. 

         He aquí la potencia actual de los gestos en política. Pablo Iglesias afeaba desde la tribuna -con razón- la presencia de un bolso ocupando el escaño de Rajoy, que permanecía grogui en el restaurante de al lado. La legendaria capacidad de supervivencia marianista se ha basado mayormente en hacerse la estatua cuando venían mal dadas, pero en esta ocasión la performance lo ha empujado a su tumba política. Quizá era pedir demasiado que un señor de Pontevedra que siempre se ha jactado de ser un político previsible tomara en 48 horas la decisión de convocar elecciones. Algo debería haber intuido cuando los editoriales de El Mundo y El País coincidían el mismo día en ese sentido. Pero no fue suficiente, porque Rajoy ha mirado siempre al nacionalismo como a la chica que nos gusta: maximizamos sus virtudes y minimizamos sus defectos. El PNV siempre tuvo un perfil pragmático, el que ocupa las instituciones vascas desde hace décadas y escucha el susurro de su pujante empresariado. De ese bello ojo verde se quedó prendado Rajoy, confiando en la palabra de Aitor Esteban y en unos presupuestos recién aprobados. Tras un largo y oneroso cortejo negociador, el presidente se instaló en el arrobamiento de los novios primerizos y olvidó -o no quiso ver- el otro ojo, oscuro y bizqueante, que oculta el alma separatista del nacionalismo vasco. Asegurado el cupo y los 560 millones de euros obtenidos en la negociación, era posible quedar bien con un personaje como Quim Torra, fiel seguidor del racismo y la xenofobia que plasmó en sus obras de finales del XIX el fundador del PNV, Sabino Arana. En igualdad de beneficios, el nacionalismo siempre tiende a la ruptura. Y de paso frenaba el avance electoral de Ciudadanos. Una jugada redonda que no era tan difícil de vaticinar. La noticia está en la ceguera de un Rajoy incapaz de ver que la literalidad de una sentencia por la corrupción del PP modificaba por completo las reglas de la partida, y permitía incluso acallar las voces socialistas que hasta hace un rato se mostraban espantadas por la posibilidad de acceder al poder apoyados en el independentismo, incluido un partido filoetarra. 

        Sánchez ha anunciado que mantendrá y ejecutará unos presupuestos “monstruosos” -según sus palabras- aprobados por el gobierno del PP. Lo hará en contra del criterio de Podemos y de todos los demás partidos que han apoyado su moción de censura, excepto el PNV. Esto ya da una idea de la broma política en la que nos hemos instalado, al menos hasta que nos dejen volver a votar. Esa “monstruosidad” le va permitir gobernar hasta cuando quiera, con el límite de la primavera de 2020. Yo creo que esos dos años son suficientes para que se cumplan las justas peticiones de Francina Armengol, y por fin se apruebe un régimen fiscal especial para Baleares, se cumplan las inversiones estatutarias, nos paguen el convenio de carreteras y nos cedan la cogestión de nuestros aeropuertos. Y si todo esto no fuera posible porque cuesta mucho dinero, al menos que el gobierno de Sánchez tenga el gesto de indultar a Valtonyc como piden los socios de Armengol. Eso equivaldría al cabezazo final de Zidane propinado en el pecho de las víctimas del terrorismo. 

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