LA CITA 

FILE PHOTO - Author Philip Roth poses in New York

       La semana pasada ocurrió algo importante para el mundo, y esta semana ocurrirá algo importante para mi. Murió Philip Roth, y yo tengo una cita. Algunos juzgarán exagerado afirmar que el fallecimiento del mejor novelista americano de los últimos cincuenta años es algo  trascendental para el mundo fuera de la literatura. Pero Roth, como todos los grandes escritores, era algo más que un escritor. En su caso, demostró con hechos que el ejercicio de la libertad es tan primordial para escribir como para vivir. Es extraordinario comprobar cómo la vida y la obra de Roth cabalgan en perfecta armonía espoleadas por un jinete atrapado por sus contradicciones. Su inteligencia, su sentido del humor y su portentosa capacidad para describir la vulnerabilidad del ser humano obraron la proeza de domar un caballo salvaje y convertir su galope en la mejor literatura. Solo así pudo dejarnos una decena de obras maestras. La buena noticia de su muerte es que ahora lo vamos a leer más.

      Roth descubrió pronto su don para la irreverencia literaria. En estos tiempos de corrección política habría que ver quién habría editado un libro que da voz a los obsesiones de un masturbador compulsivo. El mal de Portnoy es un chiste de judíos que ocupa doscientas páginas, una sátira despiadada de su moral sexual, una bufonada y un ajuste de cuentas con su juventud reprimida. Una conocida tuitera feminista definiría hoy el libro como una descripción de violaciones psicológicas de mujeres, porque provocaron orgasmos en contra de su voluntad. Es un alivio que Roth publicara este libro en 1969 -una curiosa coincidencia numérica- porque hoy lo hubieran triturado para hacerlo pasar por el cedazo de la censura contra el patriarcado. Pero tampoco hay que ponerse melancólicos con la libertad de expresión en aquellos tiempos. El Times dedicó aquel año un editorial al libro señalando su preocupación con el hundimiento de los estándares de la decencia pública en el cine, el teatro y la literatura. “Pasarse de la raya (y caer en la basura)”, fue el titular. En todas partes y épocas se han cocido habas contra la creación artística, y en este punto del artículo un idiota trataría de meter a Valtonyc. 

      El mal de Portnoy vendió cuatrocientos mil ejemplares en unos meses e hizo millonario de golpe a Roth a los 36 años. En cierto modo, seguro que Roth pensó que ese dinero le llegaba tarde. Lo apunta Claudia Roth Pierpont en su libro Roth desencadenado, un ensayo biográfico sobre el escritor. Cinco años antes de convertirse en súper ventas Roth había tenido una cita con Jackie Kennedy tras conocerse en una fiesta en Nueva York, pero confesó que se sentía intimidado por ella, entre otras cosas porque carecía del vestuario adecuado para mantener esa relación. Cuando una noche la acompañaba en la limusina de vuelta a su casa en la Quinta Avenida, Roth no sabía si besarla o contarle todo lo que sabía de Lee Harvey Oswald, que había asesinado a su marido un año antes. Dudaba entre acariciarle una rodilla o comentar la crisis de los misiles cubanos. ¿A quién no le sucedió esto de joven en el portal de la chica más guapa y elegante de la fiesta? Ella con su vestido perfecto y tú con la chaqueta dos tallas grande. Roth puso su vida al servicio de su literatura, por eso ambas nos conmueven. 

      Desde finales de los setenta Roth pasaba largas temporadas en Londres por su relación con la actriz inglesa Claire Bloom. Por entonces ella ensayaba una adaptación teatral de una obra de Henry James dirigida por el dramaturgo Harold Pinter. Roth se convirtió en un gran admirador de la obra de Pinter, que en 2005 recibió el Premio Nobel de Literatura que siempre se le resistió a Roth. En aquellos años entablaron una profunda amistad, y Roth reconoció su influencia y le mostró en público su agradecimiento. Pero esa relación se deterioró gravemente en los ochenta por culpa de la intervención de Estados Unidos en Nicaragua. Roth nunca fue un defensor de Ronald Reagan, pero Pinter, que se había desplazado hacia un antiamericanismo radical, lo zahería continuamente hasta un punto que Roth consideraba ofensivo. Por mucho que le repugnaran aspectos de su país, no aceptaba que Estados Unidos fuera el contenedor de toda la basura política y moral del mundo. Se enfrentaron a voces, incluso en restaurantes, y Roth recuerda una discusión de pie, barbilla con barbilla, en la que vio de reojo a un testigo que por su expresión temía que comenzaran a volar los puñetazos. 

       Esta semana tengo una cita, y no es con una mujer como Jackie Kennedy. A estas alturas de la vida ya vestimos chaquetas de nuestra talla, y hemos aprendido a medir la distancia hasta el beso, y su oportunidad. Pero hay relaciones que nos importan porque queremos que duren más que una caricia fugaz en la rodilla. He quedado con un amigo independentista con el que hace tiempo que no hablo. Esa separación es consciente, ambos lo sabemos sin declararlo. No me siento intimidado, pero tengo miedo porque no quiero perder su amistad, como se perdió la de Pinter y Roth. Trato de comprender y respetar, pero no acepto su idea de España como depósito de toda la mierda judicial del universo. El nacionalismo catalán ha llevado su discurso a un punto de fanatismo que confunde el esfuerzo de empatía con la rendición. O callas o gritas. O bajas la cabeza o acabas barbilla contra barbilla. En los últimos meses he callado muchas veces, o he desviado la conversación, porque prefiero conservar ciertas amistades que tener razón. Hay días que me veo sabio por tomar esa decisión, y otros me siento un cobarde. No quiero que nadie me obligue a respaldar a Rajoy -un cadáver político flotando en el cenagal de la corrupción- solo por defender la Constitución española y el Estatuto de Cataluña. 

         En 2012 Philip Roth anunció que había publicado el último libro de su vida, Némesis, y que abandonaba la literatura. El manuscrito final pasó por trece borradores, y en palabras de Roth “esto solo ocurre cuando la cosa no va bien”. En la mitología griega, Némesis es la diosa que imparte el castigo a los que han gozado de una excesiva fortuna, como Mariano Rajoy. He perdido la cuenta de los borradores que lleva escritos el presidente sobre la corrupción del PP, el partido en el que ocupa cargos desde el día de su fundación. Pero a diferencia del gallego, Roth supo cuándo tenía que dejar el oficio.

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