METÁFORAS O BEBÉS

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       Para Lampedusa, “una casa en la que se conocen todas las habitaciones no es digna de ser habitada”. No es justo que la chusma periodística y las redes sociales estén reventando el proyecto de vida digna de Pablo y de Irene, o de Irene y de Pablo, y de sus gemelos por llegar. Y digo más, si las aguas llegaran a calmarse en torno a su decisión de adquirir un chalet de clase media-alta, Podemos renacería como una fuerza política capaz de atraer el voto de millones de ciudadanos hartos de vivir en un pisín, y que tendrían en la pareja un espejo en el que mirarse. Dos tipos inteligentes, trabajadores, con estudios superiores y un piquito de oro acceden a unos buenos sueldos similares al de un jefe de planta de El Corte Inglés, un director de sucursal bancaria o cualquier ejecutivo de una empresa mediana. O sea, lo normal en la decimocuarta economía mundial. Han decidido vivir sin estrecheces no por su comodidad, como hacen los de derechas, sino por el bien de sus hijos. A la hipótesis de una futura explosión electoral de un partido político liderado por una pareja que simboliza como nadie que el ascensor social vuelve a funcionar a buena velocidad, cabe oponer otra posibilidad: que antes se maten entre ellos. Me refiero a las corrientes internas de Podemos, no a Pablo e Irene, a Irene y Pablo. 

        La rehabilitación de la riqueza se produjo en la década de los ochenta, en contra de la vieja izquierda y de la tradición moral judeo-cristiana. Esta es la idea que sostiene un filósofo materialista como André Comte-Sponville, que va aún más lejos. Según él, para ser de izquierdas se necesitan ideales, mientras que para ser de derechas bastan los intereses. Resulta curiosa esta teoría cuando él mismo la refuta de inmediato: existe gente honesta, con valores, que es de derechas, y también sinvergüenzas, sin principios, que son de izquierdas, porque la moral es algo individual que no pertenece a ninguna ideología, y además nunca puede reemplazar a la política. He aquí la contradicción permanente de la izquierda, una ideología que según avanza en su explicación sobre cómo debe ser el mundo se va dando coscorrones contra la naturaleza individual del ser humano. 

        Lo asombroso es que para alcanzar esta evidencia no es preciso leer a Popper, Hayek, Revel o cualquier otro pensador liberal. George Lakoff es un profesor de lingüística de la Universidad de Berkeley elevado a los altares hace décadas por la izquierda mundial.  Además de los principios tradicionales del socialismo -equidad, igualdad, justicia social…-  Lakoff sitúa entre la lógica de los valores progresistas la libertad, las oportunidades y la prosperidad. Es decir, Lakoff entiende que no es posible levantar una arquitectura política y social que coarte el anhelo humano de crecimiento individual. Ese progreso personal es compatible con el progreso colectivo gracias a la solidaridad, pero en ningún caso permite equiparar las capacidades individuales, ni anula el libre albedrío que nos permite tomar decisiones sobre nuestra vida. Hoy, decir que el esfuerzo es un valor de derechas hace más daño a la credibilidad de la izquierda radical que el recuento de víctimas de Stalin y Mao juntos. 

       Pero Lakoff no se convirtió en un pope del pensamiento de izquierdas y en un experto en comunicación política por reconocer esta obviedad que algunos niegan, sino por su teoría sobre el pensamiento metafórico. La idea central es que las metáforas nos permiten estructurar el pensamiento y forjar conceptos, también en política. Por eso lo determinante es apoderarse del lenguaje y fijar los marcos ideológicos del debate, y por ahí ya vamos entendiendo el discurso de Podemos. Arriba y abajo, no izquierda y derecha. La casta y la gente, la trama, la vieja y la nueva política… porque las palabras hacen cosas, construyen realidades. En la era de la comunicación audiovisual, a esas metáforas del lenguaje había que añadirle imágenes: besos, abrazos, lágrimas, el bebé en el escaño, la camisa fea de Alcampo -las hay más bonitas y aún más baratas, pero no cumplen la función representativa de un pueblo jodido por el gran capital- el alicatado con las juntas ennegrecidas en la cocina del pisito heredado de Vallekas, desayunando bollería industrial con Ana Rosa, y en este plan. 

          Esa era una ficción imposible de mantener en el tiempo, como casi todas, porque la mayoría de la gente en cuanto puede se compra un coche que no pierda aceite, pan integral artesano o una vivienda sin paredes de papel. ¿Quién puede reprochar a otros ese afán por vivir mejor? El crimen político de Pablo e Irene, de Irene y Pablo, no se encuentra en comprarse la casa que se pueden comprar gracias a su trabajo, sino en tratar desde el principio a tanta gente como a perfectos idiotas, explotando sus miedos, sus fobias y la falta de certezas en un mundo que está cambiando a una velocidad nunca vista. Su infamia estriba en hacer creer que desde el resentimiento social se puede construir una sociedad más justa, y que las desigualdades se atajan prohibiendo a otros ganar más que tú aunque lo valgan, como Pablo e Irene, Irene y Pablo, esa pareja de futuros padres que acaban comprando un chalet como tantos profesionales talentosos de este país. Con su decisión demuestran que, a día de hoy, España no es Venezuela.

        Flaubert pensaba que uno de los mayores pesares de la civilización era vivir en casas, porque el ser humano está hecho para dormir boca arriba, mirando a las estrellas. Por eso vaticinó que con el desarrollo de los transportes la humanidad regresaría a su primitivo estado nómada, sin residencia fija. Si un genio como Flaubert pudo errar tanto en su pronóstico, es comprensible que muchos votantes de Podemos se tragaran los marcos y las metáforas de Pablo e Irene, de Irene y Pablo. En lugar de atizar el fuego contra esa reserva moral del planeta que habita de buena fe en los círculos, deberíamos celebrar que España cada día se parece menos al Podemos de la rabia y el rencor. Al contrario, Podemos cada día se parece más a la España de la prosperidad y las oportunidades que poco a poco vuelven a alcanzar a la gente, como Pablo e Irene, Irene y Pablo. Eso sí, dejando a un lado las metáforas para pensar primero en sus bebés, algo muy lógico. El problema es que Lakoff también incluye en la lógica de los valores progresistas la comunicación abierta y la confianza, y es aquí donde Pablo e Irene, Irene y Pablo, se han retratado con sus metáforas como unos tramposos de la política. 

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2 Comments

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  1. Querido José Manuel, gracias por tu artículo, magnífico. Se le atribuye a Mahatma Ghandi esa sabia frase que reza que somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestros silencios. Disparar tweets a diestro y siniestro, a todas horas y ante todo lo que se mueve y no gusta, enarbolando la bandera de la lucha guerrillera urbana o sancedes de ese estilo, a veces acaba teniendo premio: un chalet en la sierra madrileña. Apenas se conocen seres humanos que pasen la prueba del algodón de la coherencia, y las expresiones en la foto que has escogido para tu artículo de Pablo e Irene, y muy especialmente de Irene y Pablo, no necesitan ni de un solo tweet. .

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