OUT OF PLASTICS

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          Un hombre equilibrado al que se le quiebra la voz merece un respeto, y atención. Habla de una tierra herida, y de la búsqueda de un paraíso perdido que sabe que no volverá. La Mallorca de hace cincuenta años se convierte así en una Itaca soñada precisamente porque ha desaparecido para siempre, como la Córcega de Napoleón o la Sicilia de Lampedusa. Nuestro problema es la velocidad de la degradación. A partir de este punto era fácil deslizarse por la pendiente de la nostalgia hasta precipitarse por el abismo del tremendismo y el apocalipsis inmediato. Pero Line Hadsbjerg ha dirigido y producido un documental bellísimo, revelador e inteligente sobre la situación del mar Mediterráneo más próximo a Baleares. Out of plastics es una pequeña obra de arte porque apunta dos rasgos comunes en el arte capaz de ennoblecer al ser humano: nos conmueve y nos hace reflexionar.

        Hadsbjerg nació en Dinamarca, creció en Kenia y Sudáfrica, estudió en el Reino Unido, trabajó para Amnistía Internacional en India y para la Cruz Roja en Francia. Aterrizó en Mallorca hace unos años, y es obvio que ese mestizaje vital, formativo y profesional le concede una distancia en el enfoque que aporta el equilibrio necesario para no caer en el maniqueísmo que tanto se estila en nuestro país. Decía que el documental es bellísimo por la plasticidad de sus imágenes y una fotografía que refleja con exactitud lo único que el hombre no ha sido capaz de estropear: Baleares sigue siendo un territorio fascinante que atrae a personas sensibles como Hadsbjerg por la luz, sobre todo por la luz. 

           También decía que es revelador, porque describe sin efectismos la situación real del mar que nos rodea. Hoy un dron en manos de cualquier aficionado nos ofrece detalles aéreos inverosímiles de lugares remotos para el ojo humano. En Baleares tocamos el mar a diario, con nuestros dedos o nuestra mirada, pero estos artilugios no son capaces de apuntar la magnitud del problema que crece solo unos metros más abajo. Desde 1960 la producción mundial de plástico se ha multiplicado por 20. Cada año, entre 5 y 13 millones de toneladas de este material acaban en los océanos. Podríamos pensar que en la Unión Europea somos unos campeones, porque aportando la cuarta parte del PIB mundial “solo” tiramos al mar entre 150.000 y 500.000 toneladas al año de plástico, menos del 5% del total. Pero el Mediterráneo es un mar cercado por una veintena de países pertenecientes a tres continentes, que se convierte así en el receptor natural de una ingente masa de basura. A pesar del verde turquesa de nuestras calas que lucimos en las fotos de Instagram, la densidad de microplásticos en nuestras aguas es comparable a las áreas de mayor acumulación en los océanos de Asia y Africa. 

        Pero el documental de Hadsbjerg es sobre todo inteligente, porque ofrece testimonios equilibrados y sensatos, que huyen de posiciones maximalistas. Si fuera posible, cuando hablamos de medio ambiente todos nos apuntaríamos al adanismo: resetear el planeta y volver a la casilla de salida cuando no existía el plástico, un material barato y ligero inventado por el hombre precisamente para durar. Sucede que llegan los ingenieros y nos cuentan que gracias a los avances tecnológicos pronto dejaremos de quemar combustibles fósiles para calentarnos o desplazarnos a diario. Las energías renovables se transforman en electricidad, y estamos a punto de resolver el problema de su almacenaje gracias a las baterías de gran capacidad que fabricaremos… con plástico. Cuanto más se profundiza en el asunto de los residuos, más peso adquiere el aspecto técnico, no el político. 

        Como en tantas otras materias, en la solución de este problema solo se puede avanzar evitando en el análisis la carga ideológica. La izquierda ha conseguido que una parte de su discurso ambiental sea asumido con normalidad por el liberalismo económico. Este es un logro que nadie debería negar. La prueba es que la burocracia europea -a la que algunos acusan de estar entregada al gran capital- legisla hoy sobre un modelo económico ambientalmente sostenible con más ambición que cualquier otro gobierno del mundo. Y aún más: su último documento sobre una estrategia para el plástico dentro de una economía circular está lleno de verdades incómodas para todos: políticos, industria y ecologismo visionario. Son falsos determinados porcentajes de reciclaje que ofrecen las autoridades nacionales, porque incluyen residuos que se envían a China para su tratamiento y acaban en el agua o en vertederos. La demanda de materiales biodegradables en los procesos de producción de las grandes empresas sigue siendo baja. Y algunos planteamientos del activismo radical son ineficientes por el mismo ciclo de vida de los materiales, o inviables técnicamente porque eliminan por arte de magia la parte del problema que no quieren o no saben resolver. Si lo que reclamamos es una relación respetuosa con un entorno natural que no nos pertenece, aquí nadie se libra de su parte de responsabilidad. 

       Finalmente, Out of plastics apunta hacia la única vía posible para mejorar la situación: la colaboración. Esto no va de enfrentarse, va de empujar en la misma dirección alineando a las diferentes partes del sistema hacia objetivos comunes, razonables pero ambiciosos. Un día se dejó de fumar en los espacios públicos, y al otro desaparecerán los coches diésel. Como ha sucedido tantas veces, lo que ayer nos parecía revolucionario mañana se convertirá en un estándar de mercado. En los próximos años el compromiso ambiental que asuman las empresas determinará con normalidad las decisiones de los consumidores. De tal manera que las organizaciones que se anticipen crearán nuevos mercados y los liderarán, y las que se queden atrás irán desapareciendo. En ese darwinismo económico salvaje sobrevivirán las empresas que se adapten, como ha sucedido siempre. La cuestión es que por primera vez quizá estemos llegando tarde, y esto acrecienta la necesidad de colaboración de todos los actores implicados. 

       En este sentido los microgestos son importantes. Separar los residuos en casa, el consumo responsable o la conciencia de finitud de los recursos naturales tienen que dejar de ser una actitud cool para convertirse en una obligación cívica. Pero aún más importantes son los macrogestos. Por ejemplo, Iberostar eliminará en 2019 lo plásticos de un solo uso en el centenar de hoteles que tiene repartidos por el mundo. Eso supone 200 toneladas menos de problema a resolver. Por mi parte, en mi casa no entran más botellas de agua mineral. Y ya que estamos intentando construir entre todos un mundo mejor, le pondremos deberes al conseller de Educación para el próximo curso escolar: el visionado obligatorio de Out of Plastics en todos los centros educativos de Baleares. 

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