PANFILIA, LA TIERRA DE LAS TRIBUS

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      Parecen levitar esos angelotes de estuco. Quedan suspendidos en un ángulo vertiginoso sobre la pared, listos para precipitarse en picado contra el mármol policromado del suelo. En cualquier momento sonarán sus carcajadas infantiles y comenzarán a sobrevolar las coronillas de los visitantes, blandiendo sus flores y sus racimos de uvas. El Oratorio del Rosario de Santa Cita en Palermo parece más un salón de baile que un lugar de culto religioso. Giacomo Serpotta llevó el barroco siciliano a su máxima expresión en esta atmósfera teatral de querubines, vírgenes y festones que representan los misterios del rosario. Los oratorios constituían espacios privados sufragados por la nobleza y la alta burguesía para reunirse por cualquier motivo -no solo la oración- que tenían una característica común: los bancos de madera adosados a las paredes laterales impedían que nadie se diera la espalda durante las reuniones. 

           Esta maravilla absoluta del rococó siciliano se encuentra en pleno centro histórico de Palermo, al que se llega en quince minutos caminando desde la estación marítima. El puerto de Palermo es capaz de acoger cualquier megacrucero de los que hoy surcan las aguas del Mediterráneo. Aquel día de hace dos semanas uno de esos paquebotes había atracado en el muelle principal con cinco mil pasajeros a bordo y mil doscientos tripulantes. Las razones por las que me encontraba viajando en el interior de aquella mole no pertenecen al ámbito de la razón. Hay una edad en la que uno es capaz de hacer cosas inimaginables por ver felices a sus padres, celebrando medio siglo de travesía juntos por la vida. La cuestión es que aquella ciudad flotante vomitó de sus entrañas miles de pasajeros que se dispersaron, la mayoría en autobuses, por el centro de la capital siciliana, pero también por pueblos cercanos como Monreale, Cefalú o Marsala. Pues bien, contemplando la orgía blanca de esculturas exquisitas en el Oratorio de Santa Cita, aquella composición tan alegre y alejada de cualquier dramatismo, sumergidos en un silencio oceánico a escasa distancia del Leviatán crucerista, solo había dos personas: mi hija y yo. La visita organizada de unas horas al centro de Palermo, de la cual nos apartamos en la parte final, otorga una visión fugaz de una ciudad con un patrimonio histórico-artístico descomunal. De vuelta al paquebote, comentaba con mis padres las maravillas de una isla que yo había visitado con calma hace unos años. Los templos griegos y romanos de Agrigento, el teatro de Siracusa, la bellísima Taormina colgada sobre la bahía de Naxos… ahora que tienen tiempo y salud les propuse que viajaran a Sicilia una semana, y saborearan un destino rico en cultura, gastronomía y paisaje. 

           Aquel día en Palermo se podía haber desarrollado de otra manera. Podíamos haber desembarcado y toparnos con un grupo de lugareños, más o menos pintoresco, que nos pedía a voces que nos fuéramos a nuestra casa, que volviéramos a los camarotes, que nos quedáramos en los jacuzzis, comedores, terrazas, salas de juego y tiendas que abundan en el buque. Vencida la resistencia, podíamos haber salido del puerto para tomar un capuccino junto al descomunal ficus magnoloides de la Piazza Marina, y descubrir por un periódico local que algunos gobernantes de la isla están en contra del turismo de cruceros, o sea, del nuestro. Con algo más de tiempo, quizá también podíamos haber comprobado la amplísima cobertura informativa de algunos medios a una manifa de pandereta, con mas policías vigilando y periodistas cubriendo la protesta que pancarteros vociferando contra los guiris. Podía haber sucedido eso, y entonces, de vuelta al barco, les hubiera dicho a mis padres que Sicilia es maravillosa, pero también lo es la costa turca del Mar Egeo. Allí podrían sustituir la visita al teatro de Siracusa por el más imponente de Efeso, la catedral de Monreale por el castillo de Bodrum que vigila el antiguo puerto de Halicarnaso, olvidarse de  Cefalú y disfrutar del pueblecito pesquero de Kas, la antigua Antifelos. Les sugeriría que cambiaran Taormina por el coqueto casco histórico de Antalya, que los griegos llamaron Panfilia, “la tierra de las tribus”, etimológicamente “amor a todo”, otro lugar donde nadie se da la espalda, como en el Oratorio de Santa Cita. Les diría que el mundo es muy grande, incluso el Mediterráneo, y que está lleno de lugares interesantes en los que disfrutar de unas buenas vacaciones, con buen clima, buenas playas y, sobre todo, con personas que te reciben con hospitalidad en su propia tierra. 

       El turismo de cruceros merece un debate serio. La construcción de barcos más grandes responde en primer lugar a motivos económicos. Y, en contra de lo que algunos argumentan, su principal problema no es el ambiental. Los avances tecnológicos permiten que hoy una nave con seis mil personas a bordo contamine menos que otra con tres mil hace veinte años. Lo que permite ese aumento de la capacidad de carga es aplicar unas economías de escala, que a su vez hacen posible bajar los precios de los paquetes, que a su vez conlleva una popularización de este tipo de turismo, con viajes de estudios de adolescentes incluidos. Es decir, lo que ha cambiado de manera radical en los últimos años es el perfil medio del crucerista, cada vez con menos capacidad de gasto. Esto lo saben bien los responsables de las grandes compañías de cruceros, que organizan las estancias dentro del barco y las excursiones en tierra de tal manera que gran parte de ese gasto queda para ellos y no para el destino en el que amarran. Es la relación entre el impacto en un territorio limitado y el beneficio que aporta la que se debería estudiar con rigor. Esto es exactamente lo contrario del tremendismo, del análisis apocalíptico, de la soflama estridente del iluminado que no intuye con lo que está jugando, o le da igual: la imagen de un destino turístico de la que dependen miles de familia en Mallorca. Cuatro desarrapados convenientemente jaleados por políticos irresponsables y por medios de comunicación poco escrupulosos con la realidad de esta tierra, pueden poner en jaque una industria que de tan grande se creen que es invulnerable. Pero no lo es. 

       De esta manera, un debate trascendental para el futuro se convierte en un esperpento. Organizaciones ecologistas capaces de movilizar a veinte mil ciudadanos en otros tiempos y por otras cuestiones, reúnen a cincuenta personas para increpar a cruceristas. Y luego hablan de concienciación, o peor aún, de una sociedad resignada. No se les pasa por la cabeza que quizá, por increíble que resulte, quede algo de sentido común en una mayoría de los ciudadanos que pueden estar preocupados por la masificación turística, claro, pero al mismo tiempo piensan que su imagen berreando delante de los turistas puede generar un problema mucho mayor del que se pretende resolver.  

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