EL ERROR DE LA PRISA

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          Hay un tramo desplomado de unos quince metros justo antes de alcanzar el segundo refugio. Es una de esas paredes que se inclinan sobre la cabeza del alpinista, e impiden ver el final de la trepada. El cielo es la roca. Hasta el refugio Carrel los montañeros suelen llegar cargados porque allí no hay agua. Si los neveros cercanos están sucios por la falta de precipitaciones -sin nieve y hielo las condiciones de la ascensión son más rápidas- es complicado conseguir agua potable, así que hay que portear la suficiente para dos días desde el refugio del Duque de los Abruzzos, mil metros más abajo y a un par de horas caminando desde el pueblo italiano de Breuil-Cervinia. La ropa de abrigo, el material de escalada, la comida y el líquido pueden alcanzar los diez kilos de peso. No es fácil arquearte en la roca con ese lastre en la espalda tirando hacia el vacío. Tras unas horas de descanso en el refugio, el ataque a la cima es una sucesión de patios de vértigo y pasos muy aéreos. Durante varios tramos de la arista Lion del Cervino uno cree caminar suspendido en el aire. Esta vía por la cara sur es más directa que la suiza, pero también más técnica y expuesta. Por eso algunos de sus paredones están equipados con maromas. Sin esas ayudas, sólo una élite de escaladores conseguiría avanzar, pero la exigencia es máxima para cualquiera, con pocos descansos y una roca de mala calidad que complica los agarres y provoca continuos desprendimientos. 

           Estamos hablando de montañeros con experiencia, no de aficionados patosos. Desde su primera ascensión en 1865 han muerto cerca de quinientas personas escalando el Cervino, más del doble que en el Everest. Yo hice cumbre en un día de climatología casi perfecta, con poco hielo y sin viento, encordado a un compañero experto en la alta montaña. Fuimos la segunda cordada del día en pisar la cima, a 4478 metros, en una ascensión rápida que nos tomó casi seis horas desde el refugio Carrel (3835 metros). Dos años antes, un chico había subido y bajado a ese mismo punto desde Cervinia en dos horas y cincuenta y dos minutos. Son casi cinco mil metros de desnivel acumulado, los que nosotros completamos en dos jornadas. 

            Killian Jornet protagoniza la película Path to Everest, que bucea en la personalidad de un atleta de condiciones físicas y mentales portentosas. Una enorme fotografía del Cervino presidía su habitación de niño. El pequeño Killian soñaba cada noche con subirla. Era inevitable que incluyera el récord de velocidad de esta cima en el proyecto Summits of my life, que culminó el año pasado con una doble ascensión fulgurante al Everest. Para el paisajista suizo Albert Gos, el Cervino desde su vertiente italiana es un “titán arqueado”. Quizá esa imagen explique la mezcla de fascinación y miedo que provoca. Después de dieciocho intentos de cumbre fallidos, la conquista del último gran cuatromil de los Alpes cambió la historia del alpinismo: a partir de entonces todo era posible. Jornet se lo tomó en serio y está pulverizando todos los registros corriendo en las alturas. ¿Era esto el progreso en el alpinismo?

           Lo característico de la modernidad es la velocidad, y es eso lo que valoran las marcas comerciales. Pero algún desajuste debe existir en esa prisa, cuando el propio Jornet confiesa una etapa autodestructiva en su pasado, afrontando retos en solitario por encima de sus capacidades para acercarse a la muerte. Admite que ha llegado a odiarse, porque “es duro verme como un mito solo porque corro más rápido”. El corredor de montaña supersónico creció en una casa rodeado de libros escritos por sus héroes de la montaña: Frison-Roche, Walter Bonatti, Reinhold Messner… Este último, quizá el alpinista más grande de todos los tiempos, le niega a Jornet su lugar en el Olimpo de los elegidos por su obsesión por la velocidad. Sólo lo incluirá cuando se quite el reloj y comience a abrir nuevas vías. 

          Dominique Wolton es uno de los referentes intelectuales europeos en teorías de información y periodismo. Hace años que advierte que “velocidad y volumen no son sinónimos ni de calidad ni de pluralismo”. Al igual que en la montaña, ¿para qué ir tan deprisa? ¿quién puede asimilar toda esa información?. La misma velocidad que dio sentido al periodismo durante siglos, somete hoy los mensajes a un proceso de simplificación que roza la caricatura. La tiranía del directo está contribuyendo al descalabro de la profesión, como un mal paso en el Cervino. En un mundo con 2600 millones de smartphones conectados, la fascinación de un periodista por el “tiempo real” es como correr hacia las nubes para abrazarlas. Antes o después, solo se puede tropezar. En la era de la hipercomunicación, el vigor del periodismo pasa por reintroducir aquello contra lo que se inventó: el tiempo y la pausa, esto es, el análisis y la reflexión. Y, como reclama Messner a Jornet, el afán por emprender rutas inéditas, o sea, la investigación. He aquí la aportación de valor que apreciaremos cuando nos cansemos de correr, o ver correr. Esto sucederá, porque la historia es cíclica. Vuelven los móviles tontos de hace veinte años, sin cámara ni internet, y llegará el día en que reclamemos tiempo para pensar y no ser mangoneados. A esta transformación contribuirá el conocimiento paulatino del lado tenebroso del enjambre digital, que ya se vislumbra en la fuga masiva de datos de Facebook para manipular a millones de usuarios con fines electorales. 

              Dino Buzzati fue un escritor y periodista italiano seducido por la montaña. En una de sus crónicas sobre alpinismo publicadas en el Corriere della Sera escribió que “el Cervino es el rey, el personaje principal, cargado de una gloria y una tragedia inconmensurables, la roca más salvaje y fascinante, el símbolo mismo del abismo”. Es el abismo que atisbó Killian Jornet en una fase de su vida, y el que bordea un periodismo seducido por la velocidad. Pero Buzzatti es más conocido por ser el autor de una de las mejores novelas del siglo XX. El desierto de los tártaros describe la angustia de un mundo que ha perdido sus referencias. Su protagonista vigila sin saber si existe el enemigo, tiene la tentación de desertar, pero algo le hace resistir. Y los tártaros llegan. La amenaza existía, y tenía sentido aguantar, aunque pareciera absurdo. Hoy los tártaros han sido dominados por Rusia, un país centrado en la producción industrial de fake news. Por eso el periodismo debe resistir mirando mejor alrededor, contando las cosas más despacio y abriendo nuevas vías. Como el alpinismo clásico.

 

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