DEUS EX MACHINA PARA CATALUÑA

deus

        Durante décadas, la influencia de la economía ha ido relegando las ciencias sociales y las humanidades, hasta llegar a esa confusión letal entre lo útil y lo productivo que tan bien explica el filósofo italiano Nuccio Ordine en sus libros. En concreto, ese peso excesivo del análisis de los flujos de capitales ha sometido a la historia a un proceso de lectura casi única. Quizá sea ese el motivo por el que muchos historiadores desprecian el papel que juegan la personalidad y las emociones como desencadenantes de los sucesos. Si existe una ciencia que precise de una visión poliédrica, esa es la historia. Por ceñirnos al siglo XX en Europa, si analizamos sus principales hitos históricos todos se explican en un contexto social y económico, por supuesto, pero también van unidos a personalidades que condujeron a sus sociedades al éxito o al fracaso. Pensar que todas las decisiones de una persona con poder provienen de un cálculo racional supone una negación en sí misma de la condición humana. Funcionan el miedo, la arrogancia, el egoísmo o la cobardía. También la bonhomía, o el afán por construir espacios de convivencia entre ciudadanos que piensan distinto.

          Por la ascendencia de un gigante político como Bismarck, a partir de 1871 Europa ha sido siempre, de una u otra forma, una cuestión alemana. El armisticio de la Primera Guerra Mundial enfrentó el afán conciliador del presidente norteamericano Wilson al revanchismo del francés Clemenceau, que vio la oportunidad de someter para siempre al rival alemán. Dos líderes, dos personalidades, y una mala solución. Hitler era un megalómano que aprovechó el sentimiento de humillación de todo un país por el Tratado de Versalles para erigirse en líder carismático. Era un hombre sin estudios y de modales toscos que provocaba el rechazo de las élites alemanas, pero fue refrendado por las urnas en unas elecciones democráticas,. Esa falta de confianza en sí mismo de un hombre resentido y sin escrúpulos tuvo fatales consecuencias para su país. Su destino hubiera sido distinto de haber sido admitido con diecisiete años en la Academia de Bellas Artes de Viena. Tenía talento para enervar a las masas, pero no para dibujar. Décadas más tarde y a sensu contrario, la Europa de hoy no se explica sin una personalidad conciliadora como la de Helmut Kohl. Pegamento frente a dinamita.

           Ya digo que Hitler llegó al poder con diez millones de votos. Por eso en Alemania, un país que conoce bien el significado de la palabra fascismo, no se avergüenzan porque su ordenamiento jurídico prohiba los partidos que pongan en peligro su sistema constitucional. Las urnas legitiman, claro, pero no existe nada ni nadie por encima de la Ley. Los tribunales alemanes se tomarán todo el tiempo que estimen necesario dentro de los plazos legales para garantizar el derecho de defensa de Puigdemont, pero el independentismo catalán no puede esperar milagros después de traspasar una línea roja. Al saltarse de manera obscena la legalidad de un Estado comenzaron a deshacerse los silencios y a diluirse las simpatías por su causa, excepto las de aquellos que propugnan saltarse la legalidad de sus propios países. Quedan pocos partidos anti-europeos, de extrema izquierda o de extrema derecha, que no hayan abrazado su proyecto de ruptura con más o menos entusiasmo.

           No hace falta aclarar -aunque lo haremos por si acaso- que Puigdemont no pretende gasear españoles, pero comparte alguno rasgos paranoides con otros líderes carismáticos. Es un hombre ágrafo, ninguneado por las élites políticas y económicas de Cataluña, que en el momento que la CUP decide ajusticiar a Artur Mas por ser un burgués corrupto, pasaba por allí y recibe la vara de mando. Puigdemont accede al Palau de la Generalitat escogido y empujado por una formación antisistema que utiliza el independentismo como ariete para derribar el modelo capitalista. Durante un tiempo el president es consciente de la circunstancia accidental que explica su acceso al cargo, y por tanto se sabe de paso. Hasta unos meses antes de las elecciones catalanas reitera en sucesivas declaraciones que no se presentará a la reelección. Pero algo hace click en su cerebro, y de pronto un hombre gris se siente llamado a una misión superior. El individuo Carles, su personalidad y sus emociones pasan a determinar un proceso soberanista que había abandonado la vía de la legalidad para optar por la de la fe. La trayectoria de Puigdemont es la metáfora perfecta del viaje desde la razón al dogma protagonizado por el independentismo catalán. Abandonamos los ojillos mirando por encima de las gafas caídas, y los titubeos en las entrevistas de un político que se sabía mediocre, y llegamos a las declaraciones mesiánicas a través de Skype con la barbilla bien alta.

             Iniciado el camino de la pura simbología sentimental, la huida de Puigdemont dejó un vacío de poder institucional que por fuerza había de llenarse para no dejar huérfano al pueblo elegido. Y en ésas apareció Roger Torrent, que también pasaba por allí y se topó con otra misión superior en su vida, como la de Carles. Hay gente que se asusta ante la mirada fanática del personaje, un híbrido de Guardiola y un figurante de El entierro del Conde Orgaz del Greco. Pero el envaramiento de este hombre cada vez que se coloca delante de un atril resulta más cómico que las payasadas de Boadella. Torrent entona cada declaración institucional convencido de estar pasando a la historia, aunque nos comunique que se ha duchado por la mañana. Cada una de sus comparecencias es como el partido del siglo que se juega cada año.

        Y así avanza el procés, instalado en la jaculatoria diaria, la invocación grandilocuente, la saeta política de una Semana Santa soberanista que dura doce meses al año. Por eso el conflicto catalán permanece instalado en la vía deus ex machina, a la espera de una solución mágica, como ese mal guión que se mete en un lío sin tener claro el final. En La vida de Brian, una nave extraterrestre salva al protagonista cuando cae de una torre escapando de los legionarios romanos. Aquí tenemos a Carles precipitándose desde Finlandia para caer en Alemania, un país cuya tragedia real del siglo XX le aleja de la tramoya asociada al drama griego. El soberanismo tiene que inventar un OVNI cada día, aunque sea pequeñito, para salvar a sus prófugos de la justicia, animar al personal y mantener la ficción del advenimiento inminente de una Cataluña independiente. Así se interpreta la aceptación a trámite de una denuncia ante la ONU, una libertad condicional en Escocia, un editorial de The Times… cualquier cosa hasta que toda Europa descienda como un dios en una grúa, y legitime un golpe de Estado desde el poder como el que sucedió en Alemania en 1933, con los chicos de Arran comenzando a lucir sus camisas pardas y un aparato de propaganda en TV3 que podría dirigir Goebbels.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: