UNA CAMPAÑA NEGRA

       El negro sienta bien, a mujeres y a hombres. Es elegante y estiliza, y constituye un clásico en cualquier fondo de armario chic. Por eso, la elección de ese color para acudir a una gala formal, con profusión de asistentes vistiendo trajes de más de cien mil dólares, no nos llamaría demasiado la atención. Si acaso la coincidencia nos llevaría a pensar que, una temporada más, es el color de moda para vestirse de tiros largos. Las actrices de Hollywood nos tuvieron que explicar con antelación que se enfundaban en algunos de sus trajes infartantes como protesta ante el acoso sexual en la industria del cine. El planteamiento es como mínimo sorprendente. Si lo que se pretendía era visibilizar el problema no fue la mejor idea, porque los modelos eran tan primorosos que fue necesario verbalizar el motivo de la elección del color, que de otra manera hubiera pasado desapercibido en un acto tan elegante como la entrega de los Globos de Oro. Seamos honestos: contemplar la espalda desnuda de una Alicia Vikander enlutada movía a cualquier cosa menos a pensar en una protesta. Y eso que el motivo de la protesta no podía ser más serio.

         Forzar la voluntad de una mujer para obtener su favor sexual aprovechando una situación de poder es algo sencillamente repugnante, además de un delito grave. Para no imitar el horror de las camisetas en la gala de los Goya, e ir un poco más allá de lacitos y chapas en solapas y tirantes, las estrellas cinematográficas podían haber comparecido, por ejemplo, luciendo prendas rotas. Ropajes de cualquier color, pero con algún jirón o desperfecto. Eso sí que llamaría la atención en el sentido que se pretendía, y despejaría cualquier duda sobre una puesta en escena farisea. Una mujer tiene todo el derecho a presentarse ante el mundo con un vestido abierto hasta la ingle y un escote cayendo hasta el ombligo. Pero pretender asociar esa imagen a la lucha contra el acoso sexual puede resultar insultante por lo banal.

         No he escuchado todavía una crítica generalizada a la cosificación del cuerpo femenino en las súper estrellas de Hollywood. Toda esa carne expuesta a las miradas lúbricas del heteropatriarcado… y ni una palabra. Es lógico, porque es difícil explicar que una mujer que ha ingresado más de veinte millones de dólares por una película no tenga libertad para elegir. Tiene incluso libertad para decidir no volver a ponerse delante de una cámara. Este es el problema de la brocha gorda y negra en la protesta, que lo emborrona todo. Un cerdo poderoso hace arrodillarse ante su bragueta a jóvenes que están iniciando una carrera en el cine. Es asqueroso, ¿pero cómo se puede comparar esa situación a la del mismo cerdo poderoso haciendo proposiciones sexuales a una actriz que ya ha ganado dos Oscars y unos centenares de millones? ¿Cómo disculpar el silencio de quien se puede permitir hablar, aunque pierda un contrato? ¿Cómo aplaudir esa denuncia hoy, diez años después, cuando al cerdo ya le ha llegado su San Martín? Si dispensamos esa cobardía, si pasamos por alto esa falta de valor de quien podía elevar su voz, y no lo hizo, entonces es más fácil entender la caza de brujas desatada en una industria dominada por los egos, los celos y las envidias.

        Hay que reconocerlo: el feminismo radical ha conseguido en este asunto imponer un discurso tenebroso de rasgos totalitarios. Y digo rasgos porque es cierto que aquí no existe un partido único como en los regímenes totalitarios, pero sí que se intenta avanzar hacia una ideología única empleando los mismos mecanismos que empleaba, por ejemplo, el comunismo. Cualquier mínima discrepancia supone un anatema. Se escoge un objetivo deseable por cualquier persona de bien, como la justicia social o la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Se diseña una estrategia para alcanzarlo, y a quien se atreve a discrepar del método escogido se le acusa sin piedad de explotador capitalista, o de cómplice de las violaciones. Disidentes sin derecho a defenderse, hombres y mujeres. Catherine Deneuve firmó un manifiesto cuestionando aspectos de la campaña #MeToo, por el puritanismo que supura y la perpetua victimización de la mujer, y la han despellejado viva. Poco importa que en 1971 hubiera firmado en Francia otro manifiesto -“Yo he abortado”- cuando la interrupción del embarazo llevaba a mujeres a la cárcel. Trotski participó en la Revolución Rusa, y acabó con un piolet incrustado en su cráneo por un agente de Stalin.

         Sin embargo, a pesar de este tsunami que pretende criminalizar cualquier forma de masculinidad que no tienda a la feminidad, hay motivos para el optimismo. Justo hace un año el feminismo radical parió desde el Consell de Mallorca una campaña negra en contra del amor romántico, por ser este el causante de la violencia de género. “Desmontando San Valentín” fue una operación tan ridícula, autoritaria y paternalista que logró justo el efecto contrario: mujeres reclamando su derecho a sentir y relacionarse como les de la gana, y los grandes almacenes vendiendo más regalos que nunca. Los que nos atrevimos a criticar públicamente semejante necedad fuimos directamente insultados en las redes sociales desde la cuenta de alguna “carga pública”, que además nos amenazó con seguir en 2018 diciendo las mismas tonterías. Algo de razón debíamos llevar cuando este año la campaña y su “portavoza” han desaparecido de los medios, sustituidos por un mensaje mucho más cabal -querer no es controlar- en boca de un político bastante más sensato, Miquel Ensenyat. Es la diferencia entre gastarse el dinero público en una campaña para contentar a un círculo, o entender que en política conviene no insultar la inteligencia de una mayoría de votantes, y “votantas”.

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