EN LA MONTAÑA MÁGICA

 

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         Algunos psicólogos sostienen que la mudanza es una de las situaciones vitales más estresantes que puede afrontar una persona, por detrás de la pérdida de un ser querido, quedarte sin trabajo o un divorcio. Hace tres meses me echaron de la sección de opinión de un periódico y únicamente sentí algo de tristeza, ni pizca de tensión. Hoy me mudo a esta página y tampoco noto ansiedad. Si acaso ilusión y ganas de no defraudar el posible interés del lector. Cuando el director de El Mundo-El Día de Baleares me propuso incorporarme a este papel aún tenía fresco en mi memoria el motivo de mi salida del periódico en el que publiqué mis columnas durante más de una década. La última advertencia que recibí, y que rechacé, me había recordado la invitación que en el siglo XVII recibió, y rechazó, el filósofo Spinoza. Un príncipe alemán le ofreció hacerse cargo de la cátedra de filosofía en su prestigiosa academia de estudios. La propuesta venía acompañada de una firme promesa: “Tendrá la más amplia libertad de filosofar, pues confiamos en que no haya de abusar de ella para perturbar la religión públicamente establecida”.

          Es fácil defender la libertad de expresión en un medio de comunicación. Lo complicado es aceptar sus consecuencias. Confirmado mi derecho a perturbar aquí cualquier religión editorial, no sólo la del vecino, sólo quedaba alejar de mi mente el aforismo de Chéjov: “Sostengo que la felicidad es imposible sin pereza. Mi ideal es ser vago y amar a una chica gorda”. A Chéjov hoy los fanáticos de la religión de género públicamente establecida lo hubieran crucificado en Twitter. Por mi parte, como en estos meses no encontré ese amor, ni a la chica gorda, abandono la pereza y vuelvo a citarme en esta columnata abierta con los lectores que quieran acercarse.

               Comencé a tomar las primeras notas para este artículo sin saber cuándo vería la luz, ni dónde. En realidad, ni siquiera tenía claro que volviera a publicar algo, porque esta no es mi profesión y me obliga a un esfuerzo considerable, en ocasiones incluso físico. Thomas Mann decía que “un escritor sólo es un hombre a quien le resulta más difícil escribir que a los demás”. Algunos talentos de la literatura o el periodismo no están de acuerdo y son capaces de esculpir una pieza magistral en treinta minutos. No es mi caso. Como muestra, la idea de este artículo me surgió sentado en una roca a 5.600 metros de altitud frente a la montaña más alta del mundo. Alguien dijo una vez que el Everest es una gran dama gorda -como la que amaba felizmente Chéjov- rodeada de estilizadas señoritas de más de 7000 metros que dificultan su visión. Hay que subir mucho y a lugares muy remotos para contemplar de cerca el Everest en todo su esplendor. Y además surge de repente, como en un truco de magia que la naturaleza extrajera de la chistera del Himalaya. Una montaña mágica, pensé, como la de Thomas Mann. Sin embargo, el sanatorio de Davos en Suiza que Mann describe en su novela es un mundo cerrado y opresivo, al contrario que la visión liberadora de algunas de las montañas más bellas de la Tierra elevándose sobre el valle del Khumbu en Nepal.

              La anécdota de Spinoza que he citado más arriba me llevó a retomar a mi vuelta el libro donde la había leído unos meses antes. Nobleza de Espíritu. Una idea olvidada (Ed. Taurus) recoge tres ensayos de Rob Riemen, otro filósofo holandés como Spinoza. Casualmente, el primero de esos textos es un homenaje sentido a la figura de Thomas Mann y a su ideal de humanismo europeo. Durante la Primera Guerra Mundial Mann tonteó con el belicismo y la idea romántica del nacionalismo alemán que causaría millones de muertos. Horrorizado, rectificó y abrazó la República de Weimar. Cuando en 1930 el partido nazi logra su primer éxito electoral Mann advierte que “el pueblo anhela zambullirse en un éxtasis colectivo para liberarse de la responsabilidad individual”. El nacionalismo se convierte para él en una versión degenerada de la religión, una fe que precisa demoler la verdad y la historia para asegurar su propia supervivencia. Sonaba al discurso de un loco, el llanto exagerado de un intelectual pesimista obsesionado por trasmitir una imagen solitaria y decadente. Resultaba entonces tan hiperbólico que el FBI norteamericano le abrió un expediente de más de mil páginas por antifascista prematuro, es decir, por oponerse con tanta vehemencia al fascismo antes que Estados Unidos entrara en guerra con Alemania a finales de 1941. La interpretación del macartismo era obvia: Thomas Mann simpatizaba con el comunismo.

              Durante años los periodistas e intelectuales que en España alertaban contra los peligros del nacionalismo identitario y excluyente que crecía en Cataluña también eran fascistas. Si el pasado antifranquista de alguno de ellos convertía esa acusación en demasiado inverosímil, entonces se les rebajaba un par de grados la condena: eran nacionalistas españoles. Como los vascos y catalanes, pero con otra bufanda. Ahora que van explotando como una traca los efectos de treinta años de cizaña y manipulaciones, aquellas denuncias ya no suenan tan desmedidas y millones de ciudadanos que aspiran a ser libres e iguales se sienten abusados, traicionados en su buena fe y su comprensión ante los “hechos diferenciales”. Se habla mucho de Rajoy como el gran hacedor de independentistas catalanes, pero nadie reconoce el éxito del secesionismo a la hora de engendrar una conciencia nacional en España que ni estaba ni se la esperaba desde que este país salió de aquel balneario remoto y aislado de Europa que era el franquismo. Hoy algunos aspiran a convertir Cataluña no en una visión del Everest, sino en el valle de la montaña mágica de Mann, donde “ni el aire tenía aroma, y no decía nada al alma, ni los que lo habitaban apreciaban el paisaje, sino que uno acababa por cansarse de él”.

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3 Comments

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  1. Estimado José Manuel: Te sigo desde hace años y me atrevo a afirmar que te echaron de aquel periódico por tus opiniones acertadas, fundamentadas y políticamente incorrectas, en especial con el feminismo de género radical y masculinófobo que ha invadido su redacción. En particular recuerdo tu intervención en IB3 TV, hace ahora un año, en ocasión de la absurda campaña contra el amor romántico en que se enfrascó la Directora de igualdad del Govern Balear y que la dejó en ridículo en el plató frente a periodistas de opinión como tú. Te deseo suerte en tu nueva etapa que leeré con fruición porque disfruto cuando te leo. Y hablando de San Valentín, hoy mismo publican esto mío: http://www.alertadigital.com/2018/02/14/mi-angel-mi-todo-mi-yo/. Un abrazo

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