EL APRENDIZ DE BRUJO

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Escribíamos hace siete días en esta misma página sobre dinero. De los 320 millones de euros, para ser exactos, que había donado Amancio Ortega a la sanidad pública española. Hoy seguimos hablando de cuartos, pero la columna desciende bruscamente de nivel hasta situarse en los 18.000 más IVA. Las informaciones que ha ido revelando Diario de Mallorca sobre los contratos públicos adjudicados a dedo por Més han escandalizado a los lectores más ingenuos. Los que se sitúan en una cota algo inferior de candidez se han sorprendido. Y luego está una mayoría que sabe, o al menos intuye, cómo funciona el cotarro de los partidos políticos. De todos, sin excepción. De acuerdo, aquí caben matices de estilo, diferencias cuantitativas, particularidades en el grado y el tono de la respuesta una vez salen a la luz las miserias de cada formación. Pero el patrón de comportamiento es el mismo. La urticaria del nacionalismo de izquierdas en Balears escuece más porque llevaban tres décadas proclamando que su piel es distinta a la del resto, más tersa y limpia, sin granos purulentos ni puntos negros en la nariz. En la versión más pura del relato no se admitiría ni el lunar en el labio superior de Cindy Crawford. El PSM era un partido que tenía más vírgenes que votantes. Pero un día enloquecieron y salieron a buscar electores con espinillas.

La campaña de 2015 catapultó a Més hacia unos resultados históricos. Los que se rebelaban contra un partido de curas, maestros y pequeños comerciantes rompieron las costuras tradicionales para abrirse a nuevos espacios electorales, más transversales y urbanos. Menos ideología y más pragmatismo en un intento por conquistar el voto de profesionales liberales, autónomos, universitarios, funcionarios… y la cosa salió bien. Pero surgió un problema. Para compensar a los animosos voluntarios que habían contribuido al éxito electoral ya no era suficiente la Conselleria de Educación, con todas esas asesorías a dedo para repartir entre los profesores comprometidos con el proyecto del PSM. Había nacido una nueva clase de acreedores que invirtió tiempo y recursos en trabajar para el partido antes de alcanzar el poder. Emprendedores, estrategas, consultores, dinamizadores, ecólogos, divulgadores, gestores de proyectos europeos, expertos en participación ciudadana, impulsores de las energías renovables en el ámbito doméstico, biólogos especializados en la cría de la llampuga… un universo variopinto al que dar de mamar desde las ubres de las instituciones públicas. O sea, como el resto de partidos. A unos les da por la asesoría legal en materia turística, a otros por la producción audiovisual, a otros por los planes de participación ciudadana… asuntos todos de más o menos interés público, porque casi todo es opinable, pero que responden a un mismo planteamiento: ¿qué hay de lo mío?

Repasemos los tres conflictos más agudos que ha vivido el actual pacto de gobierno en Balears en menos de dos años de legislatura. El reparto de fondos de la ecotasa se enfangó para decidir quién podía adjudicar más cursos de formación, proyectos de investigación, estudios sobre diversificación de la economía, programas de divulgación ambiental… es decir, ingresos para empresas, asociaciones, fundaciones y personas de confianza, comprometidas con un proyecto de progreso. Luego llegaron los primeros presupuestos autonómicos, y el gran pifostio no lo provocaron las partidas para gastos sociales o educación, sino la nueva Facultad de Medicina, que afectaba de lleno a intereses particulares de médicos y docentes universitarios, con nombres y apellidos, alineados en dos bandos: PSIB y Podemos. Y por último el sainete de Xelo Huertas, que provocó una vergonzosa crisis institucional al amenazar con romper la disciplina de voto para mantener la subvención a un militante de su propio partido, el bello Bachiller. En definitiva, ¿quién manda en la repartidora?

Otras pequeñeces como las políticas de igualdad, la protección del territorio, una regulación del alquiler turístico que permita la convivencia social y el acceso a una vivienda digna, o una educación pública capaz de transmitir valores incompatibles con los que difunde un condenado por humillar a las víctimas del terrorismo de gira por los centros de enseñanza, constituyen tonterías que sólo generan diferencias de matiz en la interpretación, alguna declaración discordante, contradicciones que se resuelven mirando hacia otro lado o haciendo la estatua legislativa. La que no paraba ni un segundo era la repartidora de favores, hasta que las regaderas en forma de contratos menores se multiplicaron y descontrolaron, como las escobas de Mickey Mouse en Fantasía. Alguien filtra la torpeza del aprendiz de brujo -da igual con qué intención- los medios de comunicación tiran del hilo, y las consellerias de Més acaban inundadas y sus responsables saliendo con el agua al cuello. El Vicepresidente Barceló relaciona las informaciones de este periódico sobre sus contratos de dudosa moralidad con “la intención de dañar este proyecto”. Pero la prueba evidente de su propia falta de fe en ese proyecto no se encuentra tanto en la codicia de su amigo beneficiado como en el ritmo de las adjudicaciones. Como si no existiera un mañana, o una segunda legislatura. No hace tanto nos cansábamos de escuchar las loas a una cultura del pacto, inédita en España, que situaba a nuestra comunidad en la vanguardia de la nueva política. Esa cultura del pacto no existe, sustituida por una cultura del reparto que es la que une de verdad y evita unas elecciones anticipadas.

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2 Comments

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  1. Álvaro Delgado 20 abril, 2017 — 8:14 am

    Clavao maestro!

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