LA CHISPA DE TU VIDA

​Dicen que el dinero desnuda al ser humano porque revela nuestra condición egoísta, pero no es del todo cierto. Sabemos que somos egoístas sin necesidad de mirarnos en el espejo de una moneda. Es más, hay egoístas sin monedas en las que reflejarse. Quizá por eso decía Oscar Wilde que lo único que consuela a un pobre es el derroche, y lo único que consuela a un rico es el ahorro. No sabemos si el aforismo lo pronunció antes o después de una de sus ingestas masivas de absenta, pero suena razonable. Durante la economía del trueque la posesión se asociaba a un goce natural, cuyo único límite era físico, es decir, el que establecía el propio cuerpo. Comer y beber hasta reventar. Pero el dinero lo cambió todo porque permitió superar esos límites indefinidamente. Siempre cabe un cero más. Hoy leemos la lista Forbes de los mega millonarios del planeta y en realidad no la entendemos, porque la medida de esos patrimonios no es humana sino propia de computadoras. La diferencia entre poseer 50.000 o 100.000 millones de euros sólo es comprensible para una inteligencia artificial.
 

​Hablar del dinero de otros, bien o mal, está mal visto si no eres pobre. Claro que primero deberíamos establecer el umbral de la pobreza. Rousseau, cuando aún no existía el capitalismo, se atrevió a enumerar su necesidades básicas: un amigo leal, una buena mujer, una vaca y una barca. En la era del consumo de masas este listado ha quedado obsoleto, hasta provocar la denominada “maldición de la abundancia”. El paraíso de los productos al alcance de todos, o de muchos, no sólo termina por producir insuficiencia, sino también resentimiento. Cuanto más se puede comprar, más insatisfacciones se generan. Nada más satisfacer una necesidad, se genera otra, en un bucle infinito y decepcionante. Quizá por eso la envidia que suscitan los bienes materiales está en declive. La que se mantiene, incluso crece, es la envidia provocada por los bienes que no están en venta: el amor, la belleza, el éxito, la bondad, el prestigio, la inteligencia. Lo que jode de Amancio Ortega no es tanto su abultada fortuna como su aspecto de hombre en paz consigo mismo, o sea feliz.

 

​El propietario del imperio Zara ha donado 320 millones de euros a la sanidad pública de España, y ni así han dejado algunos de escupir sobre su nombre. Los guardianes de la siniestra en las redes sociales han sentenciado que con esa limosna no conseguirá lavar su imagen. Hay que ser majadero para pensar que un hombre con los ochenta cumplidos y todos esos ceros en su cuenta corriente necesita hacerse perdonar. Si no lo necesita Trump, que es más joven, menos rico y pide votos, lo va a necesitar un tipo que vende ropa en dos mil tiendas situadas en noventa países, o a través de una web que registra treinta millones de usuarios al mes. Alberto Moravia escribió que “para ganar dinero hace falta habilidad; para gastarlo hace falta cultura”. Pero la cultura no es suficiente para financiar la compra de 300 equipos de radioterapia de última generación. Hace falta ser feliz, o aspirar con inteligencia a serlo, para dedicar tu dinero a reducir las listas de espera para una mamografía, o generalizar los tratamientos contra el cáncer más cortos, más precisos, y por tanto menos agresivos.

 

​Si alguno de esos resentidos ha llegado a esta altura de la columna estará esputando por el colmillo que cualquiera es feliz con tanto dinero. Pero no es tan sencillo. Hay dos maneras de amar el dinero: los que desean la riqueza por la riqueza, y para ello están dispuestos a trabajar siempre más. Y los que sólo quisieran enriquecerse para trabajar menos. Esto último no supone alcanzar la sabiduría absoluta, pero al menos ya no es una locura. Marcos de Quinto es el Vicepresidente mundial de Coca-Cola, y probablemente el ejecutivo español que ha ocupado el puesto más alto en una multinacional de ese nivel. Acaba de anunciar que deja su cargo a los 59 años, renunciando a un salario anual de 7’2 millones de euros. Vive en Estados Unidos, separado y alejado de sus hijos. Su trabajo le apasiona, pero reconoce que pasa los sábados solo en su casoplón de Atlanta sintonizando cadenas de radios españolas. De Quinto es un profesional mucho más brillante e infinitamente más rico que yo, pero creo que coincidimos en que lo único de verdad valioso que puedes comprar con dinero es tiempo. Por eso renuncia al poder y reclama su derecho a cambiar de vida, o sea, a intentar ser feliz. Parece sencillo, pero no lo es. Quiere escribir, le gusta el desierto y la poesía. Después de 35 años vendiendo al mundo la chispa de la vida embotellada, ahora busca sus propias burbujas, quizá recordando los versos de William Wordsworth: “Era una bendición estar vivo aquel amanecer, pero ser joven era el mismo cielo”.

 

 

 

Anuncios

5 Comments

Add yours →

  1. Hola José Manuel, hace poco me encontré con tu blog y te leo desde entonces. Quería aportar un poco de mesura. Todos estamos de acuerdo en que la donación de Amancio Ortega está muy bien pero hacer un panegírico de una persona que sabemos que tiene parte de la producción en fábricas de Asia en unas condiciones laborales que serían como poco cuestionadas en Europa me parece excesivo. Un saludo

    Me gusta

    • Hola Javier, y gracias por leerme. Siempre trato de ser mesurado. No creo que el artículo sea un panegírico de Amancio Ortega. Solo es una reflexión sobre una decisión que ha tomado su fundación, que obviamente considero digna de elogio. Lo que planteas sobre las condiciones laborales en Asia (entiendo que te refieres a casos de explotación, porque es evidente que en ningún lugar del mundo los trabajadores tienen los derechos que recoge la legislación europea) es algo que siempre ha negado la empresa. Pero aunque fuera cierto, no resta bondad al hecho de donar 320 millones de euros a la sanidad pública española. Se los podía haber gastado en arte, en aviones o en montar nuevas fábricas en Asia.

      En mi blog sólo encontrarás panegíricos de personas a las que he conocido personalmente, algunos de ellos amigos, y que ya no están entre nosotros. Bueno, y también de Michel Montaigne y Stefan Zweig. Poco más.

      Un cordial saludo

      Me gusta

  2. Ja ja ja. Sí. Soy Paco. Encantado de volver a saludarte después de tanto tiempo. Eso sí, que sepas que con los años me he vuelto cada vez más izquierdoso y aparte de leerte con agrado entraré a comentar lo que no me convenza. Un abrazo muy fuerte.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: