GOOD BYE MARIANO

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Es una de las películas más tiernas de los últimos años. Aunque desarrolle una crítica ácida hacia la utopía comunista, sus mentiras y toda esa escenografía de cartón piedra levantada con mano de hierro, Good Bye Lenin resulta divertida y triste al mismo tiempo. Es ese punto de ingenuidad en el amor filial el que dulcifica la descripción de una sistema cruel que se desmorona con la caída del Muro de Berlín en 1989. En el día a día de los países del Telón de Acero, una mayoría de ciudadanos arrojaron la doctrina comunista por el sumidero con la misma despreocupación que mostraban al tirar de la cadena del inodoro. Sin embargo, para una minoría de nostálgicos aquello supuso un trauma que los sumió en una profunda desorientación vital.

Christiane es una abnegada madre y servidora del Partido Socialista Unificado de Alemania que entra en coma en el peor momento, cuando observa a su hijo por televisión a mamporro limpio con la policía en una manifestación contra la dictadura de Erich Honecker. Cuando despierta ocho meses después, todo su mundo ha desaparecido a una velocidad difícil de entender para una persona enferma que puede sufrir una recaída fatal si no hace reposo. Su hijo Alex decide evitarle disgustos y reproducir para ella una sociedad que ya no existe. Con la ayuda de un amigo aspirante a cineasta, Alex edita los informativos de televisión que convienen a la salud de su madre, falsifica las marcas de los alimentos que ya no se encuentran en los supermercados, y recicla muebles y objetos de decoración de la desaparecida Alemania Democrática. Hoy, uno ve los telediarios de TVE e imagina a un hijo de Rajoy, o a su Jefe de Gabinete, grabando con una cámara de video doméstica a sus amigos por la calle, loando las virtudes del sistema y silenciando el terremoto político que ha sacudido a este país en los últimos tres años.

Rajoy no mentía hace un par de semanas en la rueda de prensa que dio durante la reunión del G-20 en China. Respondía entre estupefacto y cabreado a las preguntas sobre el nombramiento de José Manuel Soria para un cargo en el Banco Mundial. No entendía la polémica, ni el ruido, ni las críticas unánimes hacia una decisión legal en favor de un ex-ministro que no ha cometido ningún delito, ni ha sido acusado de ello. “Por Dios, es un funcionario, ¿pero en que país vivimos?”. A mi la cara del Presidente del Gobierno me recordó a la de Christiane en Good Bye Lenin, cuando postrada en la cama de su habitación ve por la ventana cómo despliegan en el edificio de enfrente una enorme lona de Coca-Cola. ¿Qué está pasando aquí? Y nadie se lo explica, sino que corren a cerrar las cortinas.

Cuantas más exageraciones se escuchan sobre Mariano Rajoy como encarnación de todos los males, más cuesta pedirle que se vaya. Resulta cómico leer ciertas críticas a toro pasado de personas que defendieron el rescate total de nuestra economía que proponía Bruselas, y que hubiera supuesto hipotecar el futuro de España mucho mas de lo que está en la actualidad. Hasta ahora la cosa venía funcionando así: la crítica política iba in crescendo según avanzaba la legislatura, y alcanzaba su apogeo durante la campaña electoral. Logrado el clímax de descalificaciones, no sólo ideológicas sino también personales, los resultados electorales ejercían de calmante para unos y otros, y un suave efecto balsámico se extendía sobre las heridas de la batalla política. Quiero decir que los que ganaban los comicios evitaban sacar demasiado pecho y mostraban cierta generosidad en el análisis, o al menos no hacían sangre con el perdedor. Y los que perdían aflojaban un tanto el discurso demoledor sobre el adversario victorioso, porque lo contrario inducía a pensar que los votantes se habían equivocado por no elegir su papeleta. Pero esta dinámica forma parte del pasado en España, y al día siguiente de la elecciones el que pierde se encuentra en condiciones de pedir la dimisión del candidato que ha sacado 52 diputados más que él. Y claro, así es complicado. Como si la dimisión del Obispo de Mallorca la solicitara el Presidente de la Asociación Española de Adúlteros. Un sindios.

Va quedando claro que el problema no era el bipartidismo. Con el voto repartido entre cuatro organizaciones políticas con vocación de gobierno llevamos un año haciendo un ridículo internacional. El cáncer del sistema se encuentra en la falta de debate, en la nula democracia interna y en el funcionamiento opaco de los partidos. Lo estamos viendo en las críticas salvajes desde el aparato del PSOE a los que discrepan de Pedro Sanchez, en las purgas soviéticas de Podemos, y en la cobardía de numerosos cargos del Partido Popular que no se atreven a susurrar en público lo que vocean en privado: que cualquier candidato del PP sacaría hoy más votos que Rajoy. Esta no es una cuestión de justicia o injusticia. Es la realidad que le ocultan a Mariano, como a la madre de Good Bye Lenin.

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