UN CABALLERO DEL MAR

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Va recostado, con las piernas estiradas y cruzadas a la altura de los tobillos. Sopla una brisa tan suave que apenas le mueve el pelo, pero consigue arrancarle una expresión de felicidad. Con su brazo derecho acodado en la caña del barco, su figura aislada parece la del patrón de un viejo llaüt, traqueteando lentamente por aguas mallorquinas en busca de raors. Pero el aro en su oreja izquierda le delata: este hombre no es pescador. Con la osadía del profano en asuntos de mar señalo su pendiente y le pregunto medio en broma:
-Es por atravesar el Cabo de Hornos, ¿no?
-Debería llevar tres -me contesta.
-Pero no te los pones para que el barco pese menos, ¿verdad?
-Exacto – y Giovanni sonríe con paciente dulzura ante mi tontuna.

Para Diderot “la ignorancia está menos lejos de la verdad que el prejuicio”. Como soy un analfabeto en cuestiones de navegación me subí en aquel trimarán espectacular sin ideas preconcebidas, sólo por el placer de ver de cerca algo tan bello desde lejos. El MOD70 Maserati es un barco diseñado con tecnología aeronáutica. Tiene toda la lógica, porque su objetivo no es navegar, sino volar literalmente sobre el agua. Cuesta creer que una embarcación de más de veinte metros de longitud sólo pese seis toneladas. Así se explica que sea capaz de desplazarse sobre un mar rizado a 85 kilómetros por hora. Hasta un lego en la materia se da cuenta que está a bordo de un Fórmula Uno sin ruedas, pero con dos orzas que garantizan un rozamiento mínimo con la superficie del agua. Lo que tardé un poco más en descubrir es que aquella maravilla flotante estaba en manos de una leyenda viva de la navegación en solitario.

Giovanni Soldini subió al Olimpo de los dioses del mar el 3 de marzo de 1999. Durante la tercera etapa de la Vuelta al Mundo en solitario, entre Auckland y Punta del Este, recibió un aviso por radio de madrugada. La navegante francesa Isabelle Autissier se había hundido en mitad del Pacífico Sur, a casi 2000 kilómetros de tierra firme y sin posibilidad de rescate por las condiciones meteorológicas. Soldini renunció en ese momento a la competición y no dudó en volver 200 millas atrás en una de esas tormentas del infierno, tan cinematográficas, pero en este caso sin efectos especiales. Con vientos de 45 nudos, olas de doce metros, mojado y entumecido por el frío, Soldini buscó en mitad de la noche el casco de la embarcación volcada en un área de cinco millas cuadradas. Milagrosamente lo encontró y comenzó a llamar a Autissier, pero la tormenta ahogaba sus gritos. Se le ocurrió lanzar un martillo contra el casco, y entonces Isabelle supo que había alguien afuera. Tras el rescate, Giovanni insistió en comer pasta y queso, y abrir una botella de vino para celebrar que estaban vivos. Ya en tierra firme, Autissier definió a Soldini como “un caballero del mar y de la vida”. Luego llegó la Legión de Honor francesa, la Orden del Mérito de la República Italiana, y todas las medallas de la Marina imaginables. Este es el tipo al que yo, sin conocerlo, hice varias preguntas ingenuas sobre su vida y su trayectoria como navegante. Y las contestó todas con una sencillez y amabilidad que ahora me sonroja. Como si a Ronaldo le preguntaras en qué clubes ha jugado, y si es él quien tira los penaltis en su equipo. Solo que Ronaldo me hubiera echado de su megayate.

Montaigne decía que “el oro puede hacer mucho, pero la belleza más”. En estos tiempos de desigualdad y furia social, elogiar a una marca de lujo es garantía de lapidación en la plaza de la opinión pública. Aún recuerdo las salvajadas en la redes sociales sobre la marca italiana Tods, que cubrió durante tres años el Coliseo de Roma con una gigantesca lona publicitaria. No era suficiente para los resentidos que esa grandiosa rehabilitación fuera financiada con 25 millones de euros por Diego Della Valle, el propietario de Tods. Maserati construye máquinas de velocidad sobre el asfalto que en reposo ronronean como gatitos, y en plena acción rugen como los leones de Tsavo. Por eso mismo resulta formidable su patrocinio de un prodigio del silencio sobre el agua, tan bello como estéril. El Vaticano ya no subvenciona a genios de la pintura. Los millonarios rusos compran bodrios de arte conceptual, y los petrodólares de los jeques árabes financian misiles y kalashnikovs. Así que es de agradecer el moderno mecenazgo de empresarios de la vieja Europa, tan denostada, empeñados en mantener vivo el oxímoron de Nuccio Ordine: la utilidad de lo inútil. Construir hoy un trimarán ingrávido para batir un récord de velocidad en vela oceánica puede resultar tan ocioso como pintar los techos de una capilla hace cinco siglos, pero es necesario para salvar la belleza y no sucumbir por completo a la dictadura del beneficio. Y para que hombres como Giovanni Soldini cumplan su sueño de volar sobre el agua.

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2 Comments

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  1. No servirá para nada en particular, pero su lectura es un placer…Tal cual! Gracias amigo.

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