UN GESTO DE DIGNIDAD

A él lo encontraron sentado en su sillón favorito. Aunque las cortinas estaban cerradas, su última mirada se dirigió hacia un gran ventanal. Detrás de él, recostada en el sofá con un vaso de whisky en la mano, yacía su mujer, que también hacía labores de secretaria. Aparecieron muertos en el salón de su domicilio londinense en 1983, rodeados de barbitúricos. En una muestra de buen gusto antes del suicidio, tuvieron el detalle de evitar a la empleada del hogar el shock de encontrar los cadáveres, y le dejaron una nota manuscrita en la planta baja de la casa rogándole que no subiera al primer piso, y que avisara a la policía. La biografía del escritor británico de origen húngaro Arthur Koestler probablemente constituya su obra de arte más lograda, por encima de sus libros.

Koestler estuvo toda su vida vinculado al movimiento sionista, aunque fue muy crítico con determinados aspectos de la diáspora. Militó en el Partido Comunista, hasta que una estancia en la Unión Soviética de Stalin lo colocó ante el abismo que separa el idealismo de la praxis real. Koestler comprobó como las mejores teorías pueden resultar espantosas en manos de un hombre mediocre, no digamos ya un genocida. Más tarde cubrió como periodista la Guerra Civil española, y acabó en varias cárceles franquistas. Condenado a muerte, salvo el pellejo por los pelos en una canje internacional de prisioneros. Renegó para siempre del comunismo, pero en Francia fue hecho prisionero y lo recluyeron en un campo de concentración. Consiguió huir a Argelia, y de vuelta a Europa obtuvo la ciudadanía británica. Comparada con la biografía de Koestler, las memorias del mitificado Andre Malraux parecen las batallitas del abuelo cebolleta.

He traído a Koestler a esta columna al recordar una de sus citas que mejor definen la personalidad brillante y contradictoria de este inconformista. Aunque nunca dejó de implicarse en movimientos cívicos y políticos, para Koestler “el deseo de meterse en política muchas veces indica algún tipo de trastorno de personalidad, y aquellos que más desean el poder son precisamente quienes más alejados deberían estar de él”. Lo clavó Koestler, pero aquí no se libra nadie, porque opinar públicamente sobre política también supone meterse en política. Dadas las penosas circunstancias que nos rodean, quizá sea un síntoma de desequilibrio mental reflexionar sobre el panorama político. He cumplido mi promesa de no escribir sobre ello en todo el mes de agosto, y quizá el único motivo para desear un verano eterno sea ése, seguir pasando de puntillas sobre tanta mentira, bajeza y mediocridad de nuestros representantes.

Lo que sucedió el viernes pasado en el hemiciclo del Congreso de los Diputados fue una auténtica vergüenza. El motivo de ese bochorno no es que decayera la investidura de Rajoy por segunda vez. Los Parlamentos existen para votar, y cada uno es dueño de sus decisiones. Yo comprendo que es fácil hacer chistes y demostrar la inutilidad de los políticos en un país que va para un año sin gobierno, pero en el que también una mayoría de ciudadanos se va de vacaciones y llena los chiringuitos en la playa. No pasa nada, esto funciona solo, dicen. Pero en el fondo todo el mundo sabe, incluidas sus señorías cuando hablan en privado, que el espectáculo es denigrante y dice mucho de un país para un observador imparcial. Aunque nos duela reconocerlo, el nivel de una sociedad también lo marcan sus políticos.

Tras insultar de manera reiterada la inteligencia de los votantes y ser incapaces de cumplir con su obligación tras dos citas electorales, uno esperaba ver salir a muchos de nuestros próceres cabizbajos, avergonzados por convertir la política en un juego de trileros, de personajes capaces de marear las palabras hasta provocar nauseas en quienes les pagamos el sueldo. El viernes por la noche cometí el error de poner la televisión y verlos en directo tras concluir la segunda votación de investidura fallida. Y allí estaban todos, tan felices, echando un pitillo, o sonriendo en los corrillos repasando las mejores jugadas del día, como si hubiera alguna genial. 180-170, prietas las filas aunque haya que taparse la nariz. Yo comprendo que haya gente a la que cualquier cosa le va bien menos ver un presidente del PP. Lo que llevo peor es escuchar brillantes teorías interpretativas del voto que, aplicadas a rajatabla y sin atender a las circunstancias concretas, impedirían formar gobierno en tres cuartas partes de las democracias parlamentarias europeas. Pero ya sabemos que España es diferente.

Tras el patético espectáculo me vino a la cabeza la cita de Koestler, e imaginé el suicidio político colectivo de todos los responsables de la actual parálisis. Encerrados en cualquier sala de reuniones del Congreso, en un último gesto de dignidad podrían dejar un post-it en la puerta a los ujieres, y así evitarles el hallazgo de sus cadáveres políticos. En la nota anunciarían el final de sus carreras parlamentarias mediante la dimisión inmediata de todos sus cargos. Es lo único que justificaría una terceras elecciones.

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