UNA FAMILIA DE ORO

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El otro día una ex-novia me riñó un poco, con cariño, por criticar los Juegos Olímpicos de Río en un artículo reciente. El amor se acabó, pero quedó una profunda amistad que, a pesar de la distancia, perdura en el tiempo. Ella es carioca, de origen gallego por parte de madre y portugués por su padre. Es una de tantos hijos de emigrantes que fueron a Brasil buscando una vida mejor. Sus padres la encontraron. Rosario ejerce de brasileña cuando viene a España, como es lógico, pero cuando está en Brasil muestra orgullosa su vena ibérica. A mi este doble patriotismo en su caso siempre me resultó admirable, porque nunca se deslizó hacia la complacencia con los males de cada país. Existe un catálogo hispano-brasileño de vicios comunes, entre ellos la corrupción política, y luego están los particulares, que en el caso de Brasil han quedado expuestos en las dos semanas de competencia deportiva, con todos los focos mediáticos iluminando sus virtudes y sus miserias. Pero no conviene engañarse. Si los Juegos se hubieran celebrado en Madrid, serían nuestros costurones sociales y organizativos los que hubieran quedado al aire.

Conocí a Rosario por una curiosa carambola del destino entre Londres, Madrid y Río, y la secretaria de mi padre haciendo chocar las bolitas sin querer. Por entonces yo llevaba un par de años divorciado, y vivía en Mallorca con una hija en edad aún de cambiarle los pañales. No era fácil de llevar aquello, con un trabajo de horarios extenuantes, sin abuelos ni tías cerca a quien pedir un poco de ayuda con la criatura. Como Dios aprieta pero no ahoga, sucedió un pequeño milagro y fuimos casi adoptados por la familia más buena y generosa que podíamos encontrar. Durante años, los domingos a mediodía el hogar de Clara y José Angel se convertía también en nuestra casa. En realidad fue nuestra casa siempre que la necesitamos, cualquier día, a cualquier hora. Me presentaba allí prácticamente sin avisar, sólo o con mi hija, y siempre nos daban algo que llevarnos al corazón.

Al comienzo de aquellos años coincidíamos a menudo con los hijos veinteañeros de nuestra familia adoptiva. Recuerdo ver entrar en el salón al chico, Javier, con la tez morena como su madre y cubierto de salitre hasta las cejas. Venía de la Escuela de Vela de Calanova, y así dejé yo de pensar que la mayoría de regatistas eran unos pijos. En esas mañanas de invierno en que el Mediterráneo se riza con violencia y las nubes son negras como el tizón, Javier aparecía en casa con las manos amoratadas por el frío, la tiritona todavía encima y una gran sonrisa: “hola mamá, ¿qué hay hoy para comer?”. Pasó el tiempo y el chaval cada vez paraba menos por casa. Yo preguntaba por él a sus padres, o a su hermana, pero Javier estaba en Grecia, en Francia o en Italia. Agarraba una furgoneta con otros compañeros, la cargaba de velas, enganchaba el remolque, y se iba a regatear por Europa. A mi esta vida de apariencia bohemia en un tipo con la cabeza tan bien amueblada para su edad, me resultaba fascinante. Y no era para menos, porque sabía que detrás de esa pasión por el mar había miles de horas de duro entrenamiento, y una rodilla que al final resultó malparada para la alta competición.

Como no hay mal que por bien no venga, esos ligamentos maltrechos dieron paso a una fulgurante carrera como entrenador de regatistas de élite. En su ausencia yo seguía preguntando, pero Javier cada vez estaba más lejos. A veces coincidía con él recién llegado de Estados Unidos, Australia o Nueva Zelanda, hasta que en 2013 se trasladó definitivamente a Brasil. Se instaló en Niteroi, al otro lado de la bahía del Guanabara, y creo que Rosario, mi antigua pareja que había vuelto a vivir a Río, lo adoptó un poco, como hicieron los padres de Javier conmigo. Me lo imaginaba algún domingo almorzando con ella una feijoada gloriosa en la veranda de su casa, justo delante del Pan de Azúcar, y me parecía otra carambola de la vida que compensaba en parte todo el cariño que sus padres me regalaron cuando más lo necesité. Mi escasa contribución mejora algo cuando Javier vuelve a casa, porque es Cristina, mi otra ex-pareja y seguramente la mejor dermatóloga de Mallorca, la que vigila su piel castigada por tantas horas de sol.

Ahora una fotografía de Javier Torres circula por las redes sociales, y ha sido publicada el viernes en este diario. En ella aparece con dos enormes medallas de oro colgando de su cuello, de las de verdad. Le rodean sonrientes dos brasileñas guapas, las vigentes campeonas olímpicas de vela en la categoría 49er, entrenadas por Javier desde hace tres años. A mi esa foto me parece la viva imagen de la justicia con este trotamundos valiente, noble y buen hijo, que ha hecho de su pasión por el mar una forma de vida. Un orgullo para sus padres, y un ejemplo para todos.

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6 Comments

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  1. Muy interesante historia , siempre es grato descubrir a personas ,cuyo trabajo esta detrás de grandes sueños, como ganar una medalla olímpica,Enhorabuena.

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  2. Buenas, tengo el placer de conocerle desde niño y puedo decir que se lo merece!! enhorabuena Javi!!

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  3. Clara Martinez Autin 1 septiembre, 2016 — 2:13 pm

    A los padres de Javi…
    Yo soy argentina y vivo en Buenos Aires y tuve el inmenso placer de alojar en mi casa a Javi, Martine y Kahena..
    Pueden todos sus padres hecharse para atrás, respirar profundo y sentirse orgullosos de los hijos que han criado. Ademàs de medallas olímpicas, los tres son personas doradas. Educadísimos, respuetuosos, cariñosos y… felices!! Andan por el mundo regalando sus sonrisas. Sabios, lo saben todo!

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  4. Paloma Gutiérrez Andrés 14 septiembre, 2016 — 8:24 am

    Que maravilla tu escrito… yo soy muy amiga de Clara hija y coincido contigo: son una familia extraordinaria! Los padres han guiado a sus hijos, para mi, de la mejor manera: en el camino de ser auténticos, no rendirse y ser optimistas… Me encantan 🙂

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