SUMMERTIME

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La semana pasada concluí mi columna con un profecía un tanto apocalíptica sobre la masificación turística en Balears. Ese pesimismo resulta inapropiado en un mes de asueto, tan pacífico para la mayoría de ciudadanos que la gresca política aburre hasta a las ovejas. En nuestra comunidad abundan los arúspices del fin del mundo, una legión de discípulos de Nostradamus anunciando el cataclismo definitivo por culpa de los guiris, que es una manera como otra cualquiera de onanismo mental que no conduce a ningún sitio. Lo que queda de la casa natal de Nostradamus, el original, se encuentra en el centro histórico de Saint-Rémy de Provence, en una callejuela tan estrecha y escondida que la mayoría de visitantes no consiguen localizarla. Quizá el todopoderoso Nostradamus eligió nacer en un hogar tan recóndito para mofarse de sus futuros aprendices, incapaces de adivinar ni siquiera su lugar de peregrinación.

Pero la mayoría no viaja hasta Saint-Rémy por culpa de Nostradamus. Si es por fetichismo  prefieren seguir los pasos de Van Gogh a través de los cuadros que pintó en los alrededores, y de paso comprar a precios razonables foies y quesos gloriosos en el mercadillo de los miércoles. Los visitantes también alquilan bicicletas para pedalear entre campos de lavanda, olivos y viñas. En la Provenza hay ruinas arqueológicas -la antigua Glanum romana que dio origen a Saint-Rémy— monasterios y catedrales para todos los gustos. O sea, tienen su mercado de Santa María, la antigua Pollentia, su Cartuja de Valldemosa y un Palais des Papes en Avignon comparable a nuestra Seo. Hasta aquí una Provenza francesa que podría parecer Mallorca, pero sin playas. Vamos con la inteligencia y la capacidad de innovar de nuestros vecinos que a nosotros nos quedan lejos.

Les Baux de Provence es un pueblo medieval incrustado en el macizo des Alpilles, una Tramuntana en miniatura tan escarpada y abrupta como la nuestra, pero menos majestuosa. A su fortaleza encaramada en lo alto de una enorme roca de bauxita suben cada año dos millones de visitantes. Tratándose de una localidad que no llega a los quinientos habitantes la cifra provoca vértigo, sin embargo hay más. Los turistas son cosa de ahora, pero durante siglos Les Baux vivió de la extracción de su piedra blanca calcárea muy apreciada en la construcción. Los nuevos materiales, más baratos y prácticos, cerraron la última cantera en 1935. Nadie supo qué hacer con aquel grandioso espacio excavado en el macizo, hasta que Jean Cocteau filmó en su interior “El testamento de Orfeo” en 1960. Medio siglo más tarde una fundación privada dedicada a la gestión cultural ha obrado un auténtico milagro. A través de una concesión pública municipal, desde 2012 Culturespaces ha reconvertido aquel gran agujero negro en un nuevo concepto de difusión cultural apto para todos los públicos. Carrières de Lumières es una inmensa sala con un área de proyección de 7000 metros cuadrados y una acústica que deja boquiabierto a cualquier melómano. Sólo la exposición de 2015 dedicada a los genios del Renacimiento, Leonardo, Miguel Angel y Rafael, recibió más de medio millón de visitas. La de este año dedicada a Marc Chagall superará con creces esa cifra.

Carrieres

Hace unos días este periódico publicaba que el récord de turistas en Mallorca había disparado las visitas a los centros culturales. Con todos los respetos, respecto al volumen anual de visitantes que recibimos las cifras de nuestros principales museos provocan la risa, o dan pena, que para el caso es lo mismo. El gran Pep Pinya me contaba no hace mucho el deseo en vida de Joan Miró: crear un triángulo artístico entre Saint Paul de Vence -otro pueblo de ensueño en la Costa Azul, en el que por cierto vivió y murió Chagall- Barcelona y Palma. Dado el legado de Miró, no resultaría una ilusión imposible con algo de imaginación, altura de miras y capacidad de decisión desde las instituciones públicas. Pero aquí andamos en otras cosas más importantes, de esas que no dejan dormir a la gente con tanto calor y presión humana. La apertura de los jardines de Marivent -el sueño de algunos hecho realidad, no como el de Miró- nos va a costar a los contribuyentes casi 400.000 euros al año. Un espacio de juguete sin el menor valor artístico o sentimental, pero cuya visita ayudará a cauterizar pequeñas heridas republicanas. Una broma también convertida en realidad. La oferta crea la demanda, por eso es importante discernir entre las chorradas y los productos de calidad. Mientras tanto, la trompeta del Summertime de Gershwin -una de las melodías favoritas de Chagall- seguirá desgarrando la oscuridad, y la negrura de una vieja cartera abandonada se iluminará con cien videoproyectores capaces de acercar la genialidad del pintor francés a las personas dotadas de un mínimo de sensibilidad ante la creación artística, que son la mayoría.

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