VENENO LENTO O MOTOSIERRA

La bronca tuitera de la semana pasada en Podemos ha sido tan ruidosa que ha dejado desorientado al personal, con tanto petardo juvenil y pescozones de patio de colegio en formato de texto comprimido. El lunes pasado reclamaba en esta columnata transparencia y debate interno en los partidos políticos, y a los dos días uno se encuentra esta riña adolescente disfrazada de controversia ideológica. Mejor no vuelvo a pedir nada. No es de extrañar que los cargos de Podemos mayores de cincuenta años, como Juan Pedro Yllanes, hayan tomado distancia de esta escaramuza de tono pendenciero, con bandas de jóvenes políticos enfrentadas en un parking de ese polígono virtual que es Twitter. Es lógico que a Yllanes esto no le guste, no sólo por una cuestión de sensatez, sino también generacional.

Por desgracia, lo que se estaba ventilando en la reyerta entre pablistas y errejonistas no eran ideas, ni soluciones para los problemas de la “gente”. Esto hubiera sido sano. No digo enriquecedor, porque del populismo más pronto que tarde sólo surge enfrentamiento y miseria social, pero al menos aprenderíamos algo de estos jóvenes tan leídos que no hace mucho nos explicaban que Marx y Engels eran socialdemócratas. Aunque no lo pareciera, en el fondo lo único que se discutía a sopapos verbales en las redes sociales era el método de ejecución de un PSOE en las horas más bajas de su larga historia. Por un lado está Iglesias, partidario del machete y la dentallada en la yugular. Algo rápido, directo, que deje claro quién manda en la izquierda y constituya un aviso interno a navegantes, incluidos los alegres muchachos de una Izquierda Unida fagocitada sin hacer ruido. A Pedro Sánchez lo quieren trocear y dejar la bolsa con su cadáver político a la puerta de Ferraz, como símbolo para futuras relaciones.

A este guión de película de terror se opone Iñigo Errejón, el más inteligente, que cree que esa opción gore da miedo, claro, pero no sólo al Ibex 35, sino a millones de ciudadanos normales a los que no les gusta que les salpique la sangre en el salón de su casa viendo un telediario. A fin de cuentas, la “gente” es más de ir a ver Titanic que La matanza de Texas. Por eso Errejón propone ir tomando cafés con la “gente” del PSOE, de buen rollo, charlando de sus cosas y del gobierno del cambio, mientras cada día les van poniendo polvitos en las tazas. Es un método menos espectacular, pero más efectivo a medio plazo. Que parezca un accidente. Para administrar ese veneno lento hay que hacer algunas concesiones, mostrarse amable con el interlocutor, ganarse su confianza. Pero esto a los chicos de la motosierra política de Podemos les parece un síntoma de debilidad y sumisión, y le dicen a Errejón en público que las elecciones no se ganan haciéndose el simpático. Son los mismos que el pasado Diciembre cerraban los debates diciendo “sonrían, que sí se puede”, y casi logran sobrepasar en votos al PSOE en el primer asalto electoral.

Pero a los chicos de la motosierra aquella irrupción meteórica en el panorama político del país no les pareció suficiente, y les entraron las prisas. La vía más rápida era sumar el millón de papeletas de Izquierda Unida, y fulminar al PSOE en el segundo round seis meses más tarde. Errejón se opuso porque la política no son matemáticas, y advirtió que ese cálculo aritmético podía fallar. Por si acaso tenía razón, Iglesias le dejó dirigir la campaña electoral y elaborar los mensajes. Y ahí aparecía Iñigo dando mítines transversales, nada de izquierda y derecha, sino arriba y abajo, mientras divisaba a lo lejos entre el público asistente alguna bandera con la hoz y el martillo. Y claro, el potaje resultó tan pesado que un millón de electores no lo pudieron tragar. Los efectos de aquella indigestión han durado todo el verano, y ahora escuchamos los eructos tuiteros.

Toda esta pirotecnia comunicativa de Podemos, tan vistosa, no consigue distraernos del drama real de la izquierda en España. Un prometedor político, joven y guapo, se encuentra en estado terminal desde hace meses, a un paso de llevarse con él a un partido dividido como nunca desde el congreso de Suresnes en 1974. Es cierto que la medicina paliativa socialista ha avanzado una barbaridad, y hoy bastan 85 diputados para empujar resignados la bombona de oxígeno de Pedro Sánchez por los pasillos del Congreso. Pocos se atreven a discutirle en público a un moribundo su deseo de ganar tiempo mareando con pactos imposibles, o convocando congresos como quien saca conejos de la chistera. Pero la realidad muestra que el PSOE ha perdido veinte puntos y casi seis millones de votos desde 2008. Y al que reclama un análisis de esos resultados lo tachan de desleal por ensañarse con el líder de una organización desnortada que ha perdido su vocación mayoritaria. Es verdad que cada uno se suicida como quiere, pero a mi me parece que un partido que desde 1978 ha ganado diecisiete convocatorias electorales a nivel nacional -frente a las siete del PP- como mínimo se merece otro enterrador.

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