GUIAS DEL CIELO

 

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        Clava una de las doce puntas de su crampón izquierdo en un pequeño agujero, el único que se ve en una roca lisa como la nalga de un bebé. Después acomoda los dedos de su mano izquierda en una hendidura superior que no se distingue desde abajo, pero que él encuentra palpando la piedra durante unos segundos, como el que busca unas llaves escondidas en el dintel de una puerta. Por último, desliza hacia fuera su brazo derecho para introducir su piolet en una amplia grieta, hasta dejarlo enganchado en posición horizontal. Y entonces, con un leve golpe de cadera, tracciona sin aparente esfuerzo y todo su cuerpo se eleva con facilidad apoyado en tres puntos inimaginables a simple vista. Durante el movimiento ascendente su casco pasa a menos de un palmo de una gran roca suspendida milagrosamente en el aire, como si alguien la hubiera colocado así para complicar más el paso en la arista. En un movimiento rápido y preciso del pie derecho su crampón se clava en un pequeño trozo de hielo perpetuo. Un último impulso y ya está erguido sobre una estrecha cornisa. A su izquierda se ve una gran pala de nieve que desciende hasta el Plateau du Midi. A su derecha, casi mil metros de caída por el Glaciar des Bossons que muere en el valle de Chamonix. Entonces Ibón mira hacia abajo y exclama sonriendo: ¡ahora tú!.

            El geógrafo y alpinista Eduardo Martínez Pisón dice que “las montañas son un archipiélago suspendido en altitud que flota sobre el otro mundo”. Me gusta esa descripción porque recoge una contradicción que se percibe allí arriba: la levedad de inmensas pirámides de roca y hielo que parecen elevarse hacia el cielo como si fueran globos aerostáticos. Esa percepción supongo que contribuye a que la imaginación también vuele, y se sucedan las paradojas. Es allí, alejado de todo, donde más cerca se siente la humanidad, en minúscula. Es esa íntima conexión con la naturaleza la que nos aproxima a nuestra condición finita, y por tanto menor frente a esa grandiosidad milenaria. Al bajar, quizá sea la abundancia de oxígeno a nivel de mar la que pervierta el significado de las palabras: las cimas se conquistan, sí, pero no en el sentido invasivo del triunfo sobre quien se resiste, sino en otro mucho más sutil. A las montañas no se las vence, se las seduce. Son ellas las que deciden cuándo puedes tocarlas, hasta dónde, cuántas veces, durante cuánto tiempo.

            No me extraña que las montañas se conviertan en un argumento existencial para personas dotadas de alguna sensibilidad. Por las cumbres de algunas de las principales cordilleras del mundo los hombres hemos trazado líneas imaginarias que separan países. De modo que en aquellos parajes aéreos uno puede caminar por una cresta apoyando un pie en Suiza y el otro en Italia, uno en Nepal y el otro en la India. Sin embargo, no existe lugar en el planeta donde se diluyan tanto la fronteras, desaparezcan las nacionalidades, y se tome conciencia de un patrimonio común y de unos códigos compartidos que a todos nos igualan. ¿No es éste el ideal en una sociedad avanzada? Cuanto más nos alejamos del centro de la Tierra más nos acercamos a un mundo perfecto. Quizá sea ésta la paradoja definitiva del alpinismo.

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            Tengo un recuerdo agradecido hacia todas las personas que en un momento de mi vida ensancharon mi mirada sobre el mundo. Me considero afortunado porque no he dejado de encontrarlas desde que tengo uso de razón. Hombres y mujeres que me ayudaron a descubrir nuevas emociones a través de un libro, un cuadro, un deporte o cualquier otra manifestación de talento. Para los que hemos llegado tarde a esas alturas donde comienza a distinguirse la curvatura de la Tierra, con pasión y voluntad, claro, pero sin los conocimientos técnicos necesarios, un guía de alta montaña constituye nuestro particular Pigmalión, alguien que nos permite alcanzar cotas vitales que nunca imaginamos. Y es obvio que no hablo sólo de altitud. Para una persona equilibrada, la sensación de poner tu vida en manos de otro puede resultar extrañamente pacífica, porque gracias a ese paso se accede a un nivel interior desconocido hasta ese momento. Cada día admiro más a las personas que hacen fácil lo difícil, como Ibón Santos. Su labor es, por este orden, asegurarse él y después asegurarte a ti cuando un mal apoyo puede ser fatal. Pero ese es precisamente el paso obligado que convierte las montañas ante nuestros ojos -de nuevo en palabras de Martínez Pisón- en “la necesaria belleza del mundo”. Por eso el abrazo para Ibón en la cima será siempre el más merecido de todos.

 

 

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