LA CONJURA CONTRA AMERICA

Un mundo de incertidumbres es el pasto ideal para las hienas de la política. Philip Roth, quizá el novelista norteamericano más importante de los últimos cincuenta años, escribía a principios de este siglo que “todas las certezas son provisionales, incluso aquí, en una democracia de doscientos años de historia”. No podía imaginar el acierto pleno de sus palabras una década más tarde. Aunque había manifestado que George W. Bush era “un hombre insuficientemente capacitado para llevar una ferretería, no digamos ya un país como Estados Unidos”, no dudó en arremeter contra una intelectualidad americana que, encabezada por Susan Sontag, culpaba a su propio país y a sus políticas en Oriente Medio de los atentados del 11-S, como si la manera en que esa gente es educada y maltratada por sus propios países no tuviera nada que ver con la barbarie del terror.

Por entonces Roth acababa de publicar una de sus grandes novelas. La conjura contra América es una contrahistoria, que The New York Times describió como un relato terrorífico, siniestro, absurdo… pero creíble. En 1939 el aviador Charles Lindbergh vuelve a Estados Unidos desde Europa con un discurso aislacionista y tolerante con el nazismo. Se presenta a las elecciones presidenciales contra Roosevelt… y las gana. A partir de ahí comienzan a aplicarse unos programas de reasentamiento sobre la comunidad judía. Se traslada a familias enteras al Medio Oeste del país para que aprendan a vivir como auténticos norteamericanos. Se desatan los disturbios, y pacíficas localidades comienzan vivir su versión de la “noche de los cristales rotos”. El relato es contenido, sin exageraciones, por eso estremece más comprobar el efecto de la violencia repentina sobre la vida de personas decentes.

Philip Roth nació en Newark, una ciudad de inmigrantes judíos que, como sus padres, luchaban por mejorar su situación social. Hoy existen cientos de Newarks en Estados Unidos, poblaciones habitadas por millones de ciudadanos de origen hispano, o árabe. Roth debe estar alucinando -si es que a su edad y con su inteligencia se puede aún alucinar por algo- con la proclamación de Donald Trump como candidato republicano a la Casa Blanca. Roth no hace una caricatura de Lindbergh en su novela, ni lo compara con Hitler. Sólo es un hombre normal que en unas circunstancias determinadas toma un camino equivocado. En sus escritos posteriores, Roth también establece un distinción prudente entre el fascismo y un gobierno de derechas como el de Bush. Sin embargo, el avance contra todo pronóstico del millonario neoyorkino en la carrera presidencial confirma, una vez más, que la realidad es capaz de superar la ficción más tortuosa. La primera vez que recordé la novela de Roth, que había leído hace años, fue al escuchar los elogios de Trump al autoritarismo de Putin.

El discurso de Trump describe una América sombría, apocalíptica, que precisa de un político enérgico como él capaz de transformar el miedo en ira, y así defenderse de la conjura universal contra su país. Sin negar el lado histriónico del personaje, hay quienes valoran su capacidad para conectar con el votante medio americano, desencantado con el sistema y temeroso de su futuro. Yo le niego cualquier mérito. Nunca como hoy fue tan fácil triunfar enfrentando a los ciudadanos, volando los puentes, separando a los individuos por raza, religión o ideología. Su populismo arrasa entre los pobres y los votantes de escasa formación. En Europa asistimos perplejos a su discurso estridente, y a una violencia argumental que ni siquiera su dominio de la narrativa televisiva consigue camuflar. Y yo me pregunto, ¿por qué nos asombra tanto el auge de este bárbaro?

Trump está en condiciones de ganar las elecciones a Hillary Clinton porque el sistema político norteamericano favorece esa polarización extrema. Es justo lo contrario de lo que sucedía hasta hace bien poco en la política europea, que tendía hacia ese centro en el que se ubican la mayoría de los votantes. Desde la derecha o desde la izquierda, pero moviéndose hacia espacios compartidos que favorecen la estabilidad y la cohesión social. La ultraderecha y la izquierda radical consideran que esto, lejos de ser algo valioso, forma parte de un pasado rancio y corrupto que hay que enterrar. Sin embargo, Trump ha ido tumbando a todos sus rivales en las primarias del Partido Republicano. Por paradójico que resulte desde un punto de vista democrático, el exceso de influencia de los militantes más ideologizados juega siempre en contra de las opciones moderadas dentro de los partidos. Lo estamos viendo en el amago de suicidio del laborismo inglés en manos de Jeremy Corbyn, y también se comprueba a leer las críticas internas, cuando no insultos, recibidos por ex-ministros socialistas partidarios de facilitar cuanto antes un gobierno en España, como si fueran traidores conjurados contra la causa histórica de la izquierda. Seamos coherentes: si el futuro en Europa también apunta hacia esas trincheras ideológicas, no se entiende el escándalo provocado por un discurso de Trump que llega a cuestionar su papel en la OTAN, y que recuerda tanto al de los antisemitas y filonazis contrarios a la participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

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