COE

Hace unos años presencié un desagradable incidente con un policía municipal de Palma. Una cuestión circulatoria sin importancia, que no afectaba a terceros ni a la seguridad del tráfico, acabó con un empujón del agente de la autoridad a un ciudadano de 71 años. Dio la casualidad que aquel ciudadano era mi padre. A media mañana, en pleno centro de la ciudad, no era fácil entender aquella actuación completamente desproporcionada de un joven matón vestido de uniforme frente a un conductor mayor que no estaba de acuerdo con su indicación, pero que se dirigió a él con la consideración que se merece cualquier agente de la autoridad. Yo iba sentado en el asiento del copiloto, con el brazo en cabestrillo y recién operado de una doble fractura de clavícula. Viendo el cariz que tomaba aquello me bajé del vehículo para decirle al agente que quizá no era para tanto y que se tranquilizara un poco. Su respuesta, fue algo así como: ¿quién eres tú para decirle a un policía que se tranquilice? Y añadió: yo decidiré si es o no para tanto. Le dije que tenía toda la razón y le pedí disculpas, pero añadí que había algo que sí le podía exigir: que tratara con respeto y educación a cualquier ciudadano, precisamente porque era un agente de la autoridad y no un portero de discoteca. Se giró iracundo hacia mi y me preguntó, siempre tuteándome, si le estaba comparando con un portero de discoteca. Entonces me acordé de Fernando Co, me arrepentí de mis palabras, y de inmediato le hice una aclaración: “disculpe de nuevo agente, me refería a los malos porteros de discoteca”. La cosa no fue a mayores porque el aprendiz de Harry El Sucio estaba acompañado por un compañero sensato, que ya peinaba canas, y que observaba perplejo la escena a una distancia prudencial hasta que decidió intervenir. Resolvió el problema en menos de un minuto, pero el ciudadano de 71 años maltratado insistió posteriormente en denunciar el comportamiento pendenciero de aquel camorrista uniformado. Fue el concejal de seguridad, al que yo conocía desde hacía más de diez años, el que tras informarse del incidente convenció a mi padre para que desistiera de su denuncia. 

 Creo que en aquel momento me acordé tan rápido de Fernando Co porque Iñaki Moure lo había entrevistado en Diario de Mallorca unas semanas antes del lamentable episodio. Fue en Octubre de 2011, y en aquellos días Fernando estaba ocupado en impulsar una Asociación Sindical de Porteros Profesionales en Balears. Yo hacía años que no veía a Fernando, Coe para todo el mundo, pero cualquiera que haya conocido a este hombre sabe que era alguien difícil de olvidar. Fernando falleció el jueves pasado a los 57 años, una edad a la que las personas como él no deberían irse nunca. Cuando sucede algo así siempre pienso en la cantidad de gente despreciable, o simplemente prescindible, que no hay manera que palme. Coe era una buena persona que hacía muy bien su trabajo. Nada más, y nada menos. Y eso que tenía un trabajo complicado, al menos tanto como el de un policía municipal, pero sin pistola. Cualquiera que se haya tomado una copa conoce la dificultad de gestionar un conflicto a ciertas horas de la madrugada en la puerta de un local de ocio nocturno. Coe era el mejor. Él creía que lo suyo era una cuestión de psicología, pero a mí a veces me parecía que hacía magia. Sólo con súper poderes se puede tranquilizar a cinco armarios de doble puerta recién desembarcados de un portaaviones norteamericano, comportándose como gorilas en celo por los efectos del alcohol y el baile de una go-go ucraniana espectacular. 

 Coe tenía los pies como la base de una columna jónica, y unos bíceps descomunales que normalmente disimulaba con camisetas amplias. Pero nunca he visto un físico tan intimidatorio con una mirada tan bondadosa. Yo creo que hipnotizaba a los borrachos, a los novios celosos, a las chicas histéricas, a cualquiera que perdiera el control de sí mismo en la selva de la noche. A Coe no le gustaba pegar, y tampoco le gustaba tener a gente en el equipo de seguridad que dirigía que le gustara pegar. Por eso desconfiaba de los boxeadores metidos a porteros de discoteca, porque Coe pensaba que quizá quisieran seguir entrenando en la puerta del local, y no en el gimnasio. Cuando tuve que despedir a alguno de ellos comenzaron las amenazas por teléfono, me rajaron los neumáticos y me destrozaron las lunas del coche a la puerta de mi casa. Lo denuncié y el Jefe Superior de la Policía Nacional de Balears me dijo que no me preocupara, que él se encargaría de que no volviera a suceder. Como Coe, Elicio Amez es otro hombre bueno que hacía muy bien su trabajo, pero en aquellos días Fernando insistía en acompañarme cada noche hasta el portal, y creo que se quedaba un rato por allí hasta que veía las luces apagadas. Alguna vez incluso me lo encontré de día por mi urbanización, lejos de donde él vivía, y yo le preguntaba: “¿qué haces por aquí a estas horas, Fernando?” Entonces dejaba ver sus grandes dientes blancos entre su rostro de ébano y sonriendo me decía: “Ya ves, Barquero, paseando un poco”. Descansa en paz, amigo, tal y como viviste. 

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