TRAMUNTANA VICE

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Hace un par de semanas me desplomé de madrugada en un taxi con ganas de ducha y cama. Varios controles de inmigración pueden ser más agotadores que un vuelo transoceánico de diez horas. Al aterrizar me esperaba una sucesión interminable de preguntas sobre los sellos del pasaporte, los motivos de cada viaje, por qué tantos a un mismo país, o a una misma zona de un continente, la duración de los mismos, mi profesión… todo bajo la atenta mirada de un funcionario muy educado y una pequeña cámara de video situada sobre su cabeza. Creo que a la vigésima pregunta comencé a alucinar por el cansancio, e imaginé que la administración norteamericana decidía ahorrar costes fundiendo en un solo elemento el policía y la máquina grabadora, e instalaba en cada cabina un engendro verde con un solo ojo gigante, como el tierno adefesio de Wazowski en Monstruos SA. Pero no, allí seguía el policía revisando largamente mi documento, hasta que estampó la visa de entrada. Y aún me faltaba la bofetada de calor húmedo al abandonar la terminal de llegadas del aeropuerto de Miami.

La primera visión que tuve en el taxi fue la de una pequeña pantalla de televisión instalada en el respaldo del asiento delantero, y allí estaba ella. La reconocí de inmediato, entrevistada en un programa de máxima audiencia de la NBC. La había conocido el verano pasado en Mallorca, sentada a mi lado en una de esas cenas improvisadas a media tarde y en las que es probable que no conozcas a la mitad de los comensales. No lo había visto en mi vida. Era simpática, dicharachera y bastante deslenguada. En un momento dado sacó una foto con su móvil y la subió a Instagram. A los diez minutos me la enseñó y vi que tenía más de 35.000 likes. Mi extrema sagacidad me llevó a recelar un poco de aquella comensal desconocida situada a mi derecha. Al cabo de un rato me preguntó si me gustaba Twitter, le dije que no, y le pregunté si ella tenia muchos followers. Siete millones, me contestó, y me pidió que le sirviera un poco más de vino. Por poco no le derramé la botella entera. Luego hablamos de Europa, de España, y de lo mucho que le gustaba Mallorca. Aunque era la primera vez que viajaba aquí de vacaciones, me comentó que le gustaría venir más a menudo.

Recordaba aquel encuentro con su melena rubia delante de mi en la televisión, mientras el taxi circulaba en dirección este, hacia el Downtown de Miami. Por la ventanilla derecha se perfilaban iluminados los rascacielos de Brickell, el distrito financiero, imponente pero más reducido en edificios y extensión que los de Nueva York, Tokio o Shanghai, por ejemplo. Y entonces pensé en la complejidad de la mente humana, y en cómo personas a las que se supone una inteligencia superior a la media son capaces de cometer estupideces de escala planetaria desde una ciudad de provincias en nuestro país. Porque una cosa es superar los complejos y quitarnos el pelo de la dehesa, y otra muy distinta jugar a tiburón financiero e inmobiliario desde una pequeña caja de ahorros -y monte de piedad, ay- en el corazón del capitalismo mundial. Hay que ser muy merluzo, muy temerario, y muy irresponsable, para avalar desde una entidad como Sa Nostra una operación urbanística en pleno centro financiero de Miami, como si allí no hubiera bancos con capacidad para asumir riesgos razonables.

A mi vuelta leo que acaban de condenar a un ejecutivo de esa entidad al pago de 34 millones de euros por su actuación negligente en aquella operación, y otros directivos han declarado que firmaron papeles sin haberlos leído. Y aquí está el quid de la cuestión, porque es verdad que no hacía falta leer ningún documento para darse cuenta que no había nada que firmar. ¿Qué pintaba una minúscula caja de ahorros avalando poco más del 2% del total de una gigantesca operación urbanística en una megalópolis de Estados Unidos? ¿Es necesario un máster en una prestigiosa escuela de negocios para percatarse del riesgo en aquel escenario completamente fuera de control por su tamaño? Hubiera bastado que en su día vieran en televisión Miami Vice, o Corrupción en Miami, para tentarse un poco más la ropa, o sea, el dinero de sus impositores.

Pero los disparates de nuestros ejecutivos bancarios autóctonos no parecen espantar a las estrellas de Hollywood. Un discretísimo agente de la propiedad inmobiliaria informa con todo lujo de detalles de la compra por Brad Pritt de una casa en Andratx. Proporciona tantos datos que incluso nos enteramos que la ha adquirido para venir sin niños. O sea, lo que toda la vida ha sido un picadero. Por suerte para todos, menos para los periodistas, en su gremio quedan profesionales algo más comedidos con la privacidad de sus clientes. El pasado fin de semana la rubia americana abandonaba por unas horas a sus siete millones de seguidores en Twitter para revisar en persona las obras de su casa recientemente adquirida en un pueblo de la Tramuntana. Me malicio que no ha necesitado pedir una hipoteca en BMN.

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