JENNIFER Y OONA

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La educación sentimental es el proceso educativo que se inicia desde la primera infancia y tiene como objetivo el desarrollo de competencias emocionales. Es palabra de Wikipedia, pero antes de existir la biblia digital La Educación Sentimental sólo era la obra maestra de Flaubert, en la que el joven Frédéric Moureau se enamoraba de la madura casada Madame Arnaud, y por ahí ya íbamos aprendiendo algo. Hoy viajo treinta años atrás, y entre la bruma de mi primera memoria adolescente surgen dos libros -El lobo estepario, de Hermann Hesse y El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger-, y una película -Verano del 42, de Robert Mulligan-.

Todos mis colegas salían de clase en estampida, como búfalos en celo, para llegar a tiempo de cruzarse en la calle con las ninfas del colegio cercano. Yo recogía el pupitre con parsimonia, repasando bien los libros que ponía en la mochila aunque no pensara abrirlos en casa. Me retrasaba lo posible en abandonar el aula, y entonces bajaba aquellas escaleras de madera crujiente con mis zapatillas Paredes, mis Lois acampanados y mi jersey con coderas creyéndome el Gran Gatsby. Bastaba demorarse unos minutos para coincidir con el tumulto que se montaba en la puerta del parvulario… y allí estaban ellas. Las mamás esperando a sus retoños, tan pendientes de ellos que no reparaban en la mirada lúbrica de un adolescente enamorado. O eso pensaba yo, hasta que aprendí que el amor tiene algo que ver con el deseo sexual, pero no tanto como creía en aquellos tiempos de revolución hormonal. No me gustaban todas las madres. Del casi centenar que aparecían cada tarde en el colegio sólo quería abrazar a una veintena de ellas, quizá treinta, y cada una era la reencarnación de Jennifer O’Neill en la escena final de Verano del 42, con la melodía sublime de Michael Legrand sonando en el tocadiscos, y aquella combinación de seda blanca deslizándose con suavidad hasta los pies.

Antes de rodar esa historia de deseo y consuelo en la costa de Nueva Inglaterra, Robert Mulligan ya era un cineasta reconocido por Matar a un ruiseñor, basada en la novela homónima de Harper Lee. En la película sobresale el personaje del abogado Atticus Finch, pero el libro original es un homenaje superior a la mirada asombrada de tres niños ante el odio racial de los años sesenta en el sur de Estados Unidos. O sea, su educación sentimental. Harper Lee reconoció numerosos elementos autobiográficos en su narración, hasta el punto que uno de los protagonistas está basado en su mejor amigo de la infancia, Truman Capote. Lee no concedió nunca entrevistas, y en esto coincide con el gran huraño de la literatura norteamericana del siglo XX, J.D. Salinger. Cuando tenía veintiún años, el autor de El guardián entre el centeno se cruzó a Capote tomando copas en un club de Nueva York, y esa noche quedó deslumbrado por una de las acompañantes quinceañeras de Capote, Oona O’Neill. Durante el verano de 1941 mantuvo con ella una relación platónica, luego los japoneses bombardearon Pearl Harbor, Salinger se alistó en el ejército, y regresó de la guerra en Europa mucho peor de lo que se fue. Para entonces su síndrome de aislamiento no tenía remedio, y Oona ya se había casado con Charles Chaplin, treinta y seis años mayor que ella y con quien tuvo ocho hijos.

A partir de estos datos históricos Frédéric Beigbeder ha escrito un libro asombroso. En palabras del autor, Oona y Salinger es pura “facción”, una mezcla de hechos y ficción que conduce a una realidad inventada, o a una invención real, que merece la pena apurar hasta la última letra. Sólo al final el andamiaje se tambalea un poco cuando el lector descubre la postrera intención de Beigbeder: justificar algo que no necesita justificación. Los motivos por los que algunos hombres, como él mismo, se enamoran de mujeres mucho más jóvenes que ellos me parecen irrelevantes, porque los sentimientos no son teoremas matemáticos que precisen de una demostración. Con parejas jóvenes o maduras, todo se reduce a una búsqueda de la felicidad, y el exceso de racionalización sólo aporta confusión, o excusas innecesarias. Entre las dos O’Neill, Jennifer y Oona, siempre elegí la primera. Entre los dos Frédéric, Beigbeder y Moureau, hasta ahora elegí como el segundo. Nunca me pregunté el motivo, ni lo pienso hacer. Harry Haller, el alter ego de Hermann Hesse en El lobo estepario, creía que el hombre es un ser creado para vivir, no para pensar. Y en caso de esforzarse, acaso pueda llegar muy lejos en eso del pensar, pero no sobrevivirá mucho tiempo, como un pez fuera del agua. Esa teoría, elaborada por un misántropo desarraigado sometido a una profunda crisis espiritual, también forma parte de mi educación sentimental, y me ha resultado válida para las relaciones entre personas sanas, jóvenes o maduras.

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