EL CLUB DE LA COLUMNA IMPÚDICA

La semana pasada se cumplieron diez años de la primera ascensión de mallorquines al Everest. En el club de esta casa se recordó aquella gesta con un coloquio en el que estuvieron presentes algunos de sus protagonistas. No todos, porque Tolo Calafat descansa para siempre entre las montañas más bellas de la Tierra, en una ladera del Annapurna. También acudió invitado Jordi Pons, uno de los pioneros del himalayismo en España, que recordó que cuando le preguntan qué se siente allí arriba, su respuesta siempre es la misma: “unas ganas de bajar increíbles”. Y provocó las risas del público. Hay una parte grande de verdad en su broma, que no es tan broma, porque el cuerpo, y en concreto la parte del cerebro que gestiona las emociones, está para pocas expansiones a esa altura inhumana. Pero existe también un punto de mentira piadosa en la contención expresiva de su respuesta. Se agradece ese afán por desdramatizar tan propio de la mayoría de alpinistas de élite, gentes recias poco dadas a la descripción minuciosa de los sentimientos. Sin embargo, cualquiera que haya comenzado a respirar ese aire fino y congelador por encima de los cinco mil metros intuye la falsedad bienintencionada de esa modestia en el relato.

En la actual civilización del espectáculo es tal la profusión de exhibiciones impúdicas de emociones falsas, o exageradas, que la mayoría de personas honestas se sienten en la obligación de protegerse por temor a verse incluidos en ese tsunami de vanidad que invade la televisión y las redes sociales. Quizá por eso una parte de la intelectualidad considera de mal gusto, o al menos sospechosa, la emotividad en la reflexión, que se supone que debe ser el resultado de un proceso desapasionado, aséptico, alejado de la experiencia personal. Esta idea, que puede parecer la cumbre del pensamiento racional, a mi me parece la máxima expresión de irracionalidad, además de una gran chorrada. Las personas que tenemos el privilegio de contar con un espacio para exponer nuestras opiniones públicamente somos nuestras ideas y los libros que hemos leído, claro. Pero también somos nuestros padres, nuestros fracasos, nuestros tristezas, nuestras alegrías, nuestros afectos y nuestros odios. ¿Cómo no van influir nuestras relaciones con personas de distinto sexo, pasadas y presentes, a la hora de opinar sobre la igualdad de género? ¿Cómo no reconocer la influencia de los valores recibidos cuando analizamos la realidad?

Jordi Pons explicaba sobre sus experiencias alpinas que lo más importante no es llegar arriba, sino poder explicarlo. A mí la frase me parece que revela una gran sabiduría, porque de manera intuitiva reconoce la necesidad de ese relato. Necesidad del que lo cuenta, y necesidad del que lo escucha. Todo el postureo y los selfies del mundo no acabarán nunca con el apetito del oyente, o del lector, por encontrar una experiencia genuina, un sentimiento auténtico en el que sentirse identificado. Y ello por una razón empírica -sé de lo que me habla esta persona- o por una razón aspiracional -me gustaría sentir algo parecido algún día-. Por eso creo que frente a la inteligencia fría que se cree invulnerable, en ocasiones merece la pena vencer el pudor y mostrar los sentimientos, enseñar las lágrimas, dejar que se vean las heridas. A mí hay días en que me tiembla un poco el dedo índice justo en el momento de pulsar la tecla del intro para enviar el texto al periódico. Son esas columnas en que me da un poco de vergüenza enseñar las cicatrices, las dudas, las contradicciones, las debilidades. Sucede que, casualmente, esas son las ocasiones en que recibo una respuesta, o decenas, de lectores que se reconocen en esas líneas, y lo agradecen de corazón. Esto reconforta, y jamás ocurre cuando dedicas el artículo a la política o al resto de miserias humanas que nos asaltan cada mañana.

Cada día acepto mejor esa función de la columna de opinión como refugio contra las inclemencias de la realidad, como ese espacio estrecho donde guarecerse del frío y el viento de una sociedad que otorga cada vez más valor intelectual al pesimismo y a la crítica despiadada, y menos a la bonhomía o a las emociones sinceras. El otro día un periodista al que quiero y respeto confesaba en el periódico que dirige que ha tardado seis meses en poder escribir que echa de menos a su padre, fallecido recientemente. Hablaba de sensación de impudicia al expresarse sobre él, pero a mí me pareció el texto más bello que le he leído en todos sus años de profesión, que son bastantes. Bienvenido al club de la columna impúdica, amigo Ferrán, y espero que permanezcas en él muchos años.

 

 

 

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2 Comments

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  1. Querido José Manuel,

    Brillante y precioso artículo. Gracias por compartir tus análisis, pensamientos y reflexiones con nosotros. Espero que por muchos años le sigas dando al intro y así poder seguir disfrutando de muchísimas columnas impúdicas…
    Son realmente enriquecedoras para el alma.

    Un abrazo.
    Pilar

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