EN FAVOR DE UNA CAMPAÑA POLITICA MAFIOSA

Hay que ir con cuidado con los elogios, aunque estén revestidos de teorías explicativas sobre el liderazgo. Leo un artículo de opinión en El Mundo en el que se glosan las tres virtudes de un político, y uno agradece al columnista que aclare desde el principio a qué gremio pertenece el protagonista del análisis. José Antonio Roselló se refiere a José María Rodríguez, presidente del Partido Popular de Palma, y destaca de él su capacidad de trabajo, el temor reverencial que despierta entre los suyos, y que no deja a ningún miembro de su organización en la estacada. Son tres cualidades que, descritas por un crítico literario o cinematográfico, asociaríamos de inmediato a personajes de Mario Puzzo o Martin Scorsese. Por eso digo que hay que manejarse con más tiento a la hora de apoyar a alguien, no sea que termines por hundirlo sin querer. La socialista Pilar Costa no resultó tan sutil en su descripción de Rodríguez cuando le llamó “capo de Palma”, y ha sido citada por un juzgado para celebrar un acto de conciliación con el agraviado.

El jueves pasado festejamos el Día del Libro, una jornada feliz en la que miles de personas que jamás leen ni compran un ejemplar cambian sus hábitos durante unas horas. La calles se llenan de libros y las librerías de clientes, en un espejismo que dura lo que dura, pero que en cualquier caso se agradece. Este breve oasis cultural nos permite acercarnos de nuevo a algunos de los autores que más admiramos, como Mauricio Wiesenthal, que recordaba con voz quebrada su última conversación con Jaume Vallcorba, y la frase final del gran editor: “adiós amigo, creo que esta vez tardaremos en volver hablar”. Tristeza por la despedida y esperanza en el reencuentro. Dolor por la soledad y confianza en la cita ulterior. La muerte entendida como paréntesis en la comunicación entre dos almas nobles con tantas palabras inteligentes pendientes de pronunciar. Sólo por estos minutos de intimidad y emoción compartidos con un personaje de la altura moral e intelectual de Wiesenthal, uno se hace devoto de Sant Jordi para siempre.

Pero descendamos desde las alturas de estos espíritus sublimes para seguir hablando de difuntos, o de su ausencia. Porque la auténtica estrella del Día del Libro en Mallorca ha sido Guillem Frontera, gracias a su nueva novela Sicília sense morts. La primera vez que escuché la comparación entre Mallorca y Sicilia fue hace quince años en Madrid, en el despacho de un ministro del Reino de España. Tardé semanas en reponerme mentalmente del encuentro. Supongo que uno, a la tierna edad de treinta años, estaba preparado para escuchar el paralelismo mafioso en una tertulia, o en la barra de un bar, o para leerla en una columna de opinión. Pero en boca de Jaime Matas y en aquel imponente escenario de poder, fue para ponerse a temblar. Matas elogió la figura de un empresario mallorquín con mala fama, y destacó de él exactamente tres cualidades: gran trabajador, temido y generoso con sus trabajadores más allegados. Como Rodríguez. En honor a la verdad he de reconocer que, con posterioridad, pude comprobar que las tres características atribuidas al empresario eran ciertas. Pero entonces, aunque ya hubiera leído El Gatopardo de Lampedusa, yo no estaba preparado para asimilar en profundidad aquella lección filosófica sobre los modos de comportamiento en la isla, los silencios, las complicidades, la lealtad, el hoy por mi mañana por ti, y el no hacerse daño de manera innecesaria.

Sin embargo, gracias al cine, a la literatura, y últimamente a las series de televisión, hemos aprendido que en la mafia no todo es material moral de deshecho. Junto al crimen y la crueldad más absoluta, coexisten comportamientos susceptibles de ser reciclados para mejorar las relaciones humanas, o la manera de entender éstas. El respeto por el adversario, por ejemplo. Quizá en un momento determinado haya que matarlo, pero eso no significa dejar de reconocer públicamente las virtudes del enemigo cuando las tiene. O la huída del maniqueísmo, que se entiende como una visión que te aleja de la realidad, y por tanto dificulta el análisis certero en las situaciones de conflicto o en las luchas por el poder. Maniqueísmo y falta de respeto por el adversario político son quizás los dos rasgos que mejor definen las campañas electorales. Por eso uno se atreve a reclamar para estas próximas semanas una campaña más mafiosa, es decir, menos maniquea y más respetuosa con el adversario. Ello contribuiría a recuperar una mínima consideración por la inteligencia del votante. Describir con tintes apocalípticos el advenimiento de un tercer pacto de izquierdas es tomar por bobos a los electores. Y alertar sobre un hipotético pacto de extrema derecha entre PP y Ciudadanos supone insultar directamente al adversario, y de paso a cuatro de cada diez electores. Si en Mallorca, con la ausencia de sangre, hemos conseguido perfeccionar el sistema siciliano, sigamos tomando del crimen organizado sus mejores lecciones, no las peores.

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