LAS COSTURERAS DE BHAKTAPUR

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Hay imágenes tan irreales que el recuerdo se vuelve cinematográfico. Un sol de víspera imposible que inunda una escena de otra época. Una luz implacable que agosta las vidas de personas humildes, y que al mismo tiempo las tiñe de un oro leve, fugaz, hasta que cae la noche. La plaza de los Alfareros en Bhaktapur, a las afueras de Katmandú, es uno de esos lugares en los que el tiempo se detiene y los sonidos transportan al viajero a un pasado remoto. Cántaros, platos, vasijas y cuencos, recién horneados y extendidos sobre el suelo para su secado. Miles de piezas de barro componiendo un puzzle no ensamblado que los artesanos sortean a gran velocidad sin rozarlas. Un mátrix medieval, rojo y ocre, donde las personas se mueven deprisa pero el tiempo permanece congelado. Al norte de este ejército de objetos de terracota se levanta un montículo de unos diez metros de altura, coronado por un minúsculo templo dedicado al dios Ganesh. En la breve ladera hay varias casas de ladrillo, y en una de ellas cinco costureras de edad indeterminada trabajan mirando hacia la plaza. En Nepal ves mujeres con bebés en brazos y piensas que son abuelas al cuidado de sus nietos. Pero son las madres. Rostros cuarteados por el sol, el viento y el frío inclementes, en una expresión que muda de la juventud a la vejez sin mediar escalas. Las mujeres cosen, hablan y ríen. La más anciana me pide que no les saque fotos. Yo obedezco y charlo un rato con ellas. Les pregunto cuántas horas están allí cada jornada. Depende, me contesta una. ¿Del día de la semana?, insisto. No -contesta la que parece más joven- depende de las horas de luz. Y entonces se vuelven a reír, con dulzura, esta vez de mi ignorancia occidental.

Se acaban de cumplir seis meses de aquella conversación con las costureras de Bhaktapur, y ahora veo en las imágenes de un canal de noticias internacional que el montículo ya no existe, ni el diminuto templo de Ganesh, ni las casitas. En su lugar aparece una masa amorfa de escombros, tierra y paja utilizada para los hornos alfareros. A sus pies, donde antes se alineaban las piezas de cerámica, yacen ahora dos grupos de cadáveres, uno de hombres y otro de mujeres. El terremoto que ha arrasado Nepal sucedió a mediodía, así que resulta imposible no pensar que esos pies inertes que asoman bajo los plásticos quizá pertenezcan a alguna de las costureras. O a todas. La crueldad de la naturaleza se ha cebado en uno de los países más pobres y bellos del planeta, donde el PIB per cápita es inversamente proporcional a la sonrisa habitual de sus habitantes.

Cuando escribo estas líneas el número de víctimas mortales supera las cinco mil, pero en los próximos días, semanas, incluso meses, esa cifra se va a incrementar de manera dramática. En el valle de Katmandú se concentra tan sólo el veinte por ciento de la población de Nepal. El resto se dispersa por innumerables aldeas de difícil acceso en condiciones normales. El epicentro del seísmo se localizó en la región de Gorkha, a 80 kilómetros al noroeste de la capital. Para adentrarse en ella hay que desviarse al norte de la carretera principal que une Katmandú con Pokhara. Entonces se acaba el asfalto y los vehículos todoterreno comienzan a circular por caminos de escasos cuatro metros de anchura, excavados en las laderas de las montañas, que se van estrechando hasta que sólo se pueden transitar caminando o en burro. Durante el monzón, muchos de estos senderos quedan cortados por las lluvias torrenciales y los desprendimientos. Entonces se constata que la capacidad humana de supervivencia en estas condiciones se mide en una escala muy diferente a la nuestra. En poco tiempo, de uno u otro modo, restablecen el camino.

Pero una cosa es el barro profundo, o el deslizamiento de grandes piedras por una pendiente de dos mil metros, y otra distinta que se partan en trozos aquellas montañas, las más grandes y hermosas del mundo. En las poblaciones estables por encima de los 2500 metros de altitud no hay cobertura móvil, y es fácil adivinar lo que habrá sucedido con los postes de madera clavados en las faldas vertiginosas para sostener un cable telefónico. Esto significa quedar incomunicados por mucho tiempo, porque no hay suficientes helicópteros en el mundo capaces de sobrevolar aquella cordillera para llegar a cada uno de los villorios diminutos en las próximos días. El ladrillo en muchos de ellos es un lujo imposible, así que las construcciones se limitan a una superposición de piedras planas, dos vigas de madera y algo que vagamente recuerda a un techo. En estas zonas rurales la devastación ha debido ser total, con una diferencia respecto a la capital del país. Nepal está situado en una latitud subtropical, y en el valle de Katmandú las temperaturas nocturnas son frías, pero no extremas. Pero dormir a la intemperie en las llanuras del Transhimalaya supera lo humanamente soportable. Así que muchas de las vidas que no quedaron sepultadas bajo las piedras terminarán apagándose por el frío. Dicen que escribir es útil como terapia mental, porque obliga a un esfuerzo por racionalizar aquello para lo que no encontramos una explicación simple. Un ejemplo sería la injusticia de las catástrofes naturales cuando azotan a los más débiles. Pero a veces escribiendo sólo consigues que se te encoja aún más el alma.

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2 Comments

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  1. Sublime relato de una realidad que estremece y entristece. A tantos kilómetros, esas sonrisas, la mayoría de nosotros sólo las descubrimos cuando tiemblan y desaparecen.

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    • Gracias Eva. Escribí este artículo hace justo una semana, y por desgracia con el paso de los días se van confirmando las peores previsiones. Las imágenes que empiezan a llegar de las aldeas son apocalípticas. Hagamos un esfuerzo por no olvidar rápido el drama de tanta gente buena y humilde. Un abrazo

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