EN EL PP TIENE QUE VER BORGEN

En España los Presidentes del Gobierno no han asesinado a ningún periodista, de momento. Dejaremos a un lado la primera pasión y el tormento mediático final de Adolfo Suárez. También obviaremos la fría distancia de un tecnócrata como Calvo Sotelo. Pero uno recuerda algunas miradas de González y Aznar en entrevistas y ruedas de prensa, y atisba en ellas el homicidio en grado de tentativa. Más tarde Zapatero llegó a nuestra vidas, y el formato Disney se impuso en las relaciones con los medios de comunicación. Había personajes malvados, sí, pero secundarios, y siempre veíamos en la pantalla más sonrisas que lágrimas. Y entonces apareció Rajoy, ese enigma. A Frank Underwood, el protagonista de House of Cards, Mariano no le duraría políticamente ni dos capítulos, pero al menos nuestro inquilino de La Moncloa no va empujando redactores a las vías del metro. A Obama le encanta la serie que protagoniza Kevin Spacey, porque tanto crimen y maldad asociados a una ficción política le deben ayudar a sentirse mejor. El tampoco asesina periodistas, sólo los expulsa de la Casa Blanca. House of Cards nos fascina porque ha llevado la tragedia griega a Washington, una última e insignificante victoria de la vieja Europa allí donde algunos creen que Sófocles es el nombre de una empresa de software.

El Ala Oeste de la Casa Blanca ha envejecido mal. Los guiones y la producción de Aaron Sorkin parecen de serie B en comparación con las sagas televisivas de los últimos años, autenticas obras de arte en el desarrollo psicológico de los personajes. El formato temporal de las series permite hoy una profundidad a la hora de abordar determinados asuntos que no es posible en dos horas de película. Y así hemos llegado a Borgen, la ficción danesa que reivindica el arte de la política, el pacto y los valores de una democracia avanzada sin caer en exageraciones dramáticas ni en sobredosis de almidón. Políticos con problemas para conciliar su vida familiar, que se divorcian y que enfrentan dilemas morales relacionados con su actividad pública, de los que no siempre salen indemnes. Incompatibilidades injustas que afectan a sus familiares directos, traumas de infancia y amistades traicionadas. La búsqueda continua de los límites infranqueables de la decencia en la toma de decisiones de gobierno, el espionaje político y los costes de la energía verde. La transparencia, el ecologismo posible en una economía desarrollada, y una política realista de inmigración en un país pequeño y rico en el que surgen con fuerza planteamientos xenófobos. Los guiones se alejan tanto del idealismo como del cinismo, y justo por eso son creíbles.

Borgen es local, pero también global. Por eso debería ser de visión obligatoria en las sedes del PP y del PSOE, para que sepan lo que se les viene encima. En Dinamarca, como en tantos otros países democráticos del mundo, ni se plantea la posibilidad de un gobierno monocolor. Los gobiernos de coalición son parte consustancial de su sistema, y han generado una cultura política que difiere de la nuestra en muchos aspectos. Pero hay dos que llaman especialmente la atención: la constante apelación a los valores y el tratamiento del adversario. Sobre este último se manejan con cierta prudencia: hoy lo tienes sentado en la bancada de en frente, pero quizá mañana tengas que susurrarle al oído un argumento parlamentario. Si la política hace extraños compañeros de cama, en Dinamarca se folla más y mejor. Procuran no dejar demasiado herido a nadie, que luego llega el frío y no hay mantas suficientes para tanta soledad.

Lo más dramático para el Partido Popular no sucedió el domingo, tras conocerse su debacle electoral en Andalucía, sino el lunes siguiente, al escuchar el análisis de esos resultados por parte de sus principales dirigentes. La ceguera siempre es un problema, pero las consecuencias son más graves cuando vas conduciendo un autobús hacia un precipicio. Del largo rosario de necedades que hemos escuchado los últimos días me ceñiré a dos. En primer lugar, la insistencia en considerar a Ciudadanos el enemigo porque les quita votos, como si la estrategia aún pudiera consistir en aproximarse a la mayoría absoluta. La segunda, todavía más grave, continuar apelando a la recuperación económica como único argumento para mejorar la intención de voto. José Luis Ayllón, Secretario de Estado de Relaciones con las Cortes, declaró que “es el producto que vendemos y no lo vamos a cambiar”, como si hoy la marca PP fuera la Coca-Cola de la política. Uno pensó que este hombre aún andaba grogui por el puñetazo andaluz, pero el jueves entrevistaron a Cristóbal Montoro en Onda Cero y se le notó en plena forma cuando se mofó de los nuevos candidatos de brazos poderosos que dan guapos en la tele. Y añadió que cuando le preguntan si al PP le falta empatía, se ríe y contesta que a él lo único que le faltan son datos que corroboren el crecimiento económico. Montoro fue uno de los tres cirujanos que hace dos años protagonizó la rueda de prensa más surrealista que se recuerda en Moncloa. Junto a Saénz de Santamaría y de Guindos, advirtieron a los seis millones de parados de entonces que había que seguir amputando, sin mirarles a los ojos ni tocarles la mano. El Ministro de Hacienda sigue cuadrando las cuentas, sin tiempo para ver Borgen ni entender lo que está ocurriendo en este país fuera de su hoja de Excel.

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