ENSEÑANZAS DE ISRAEL

Una de las manifestaciones más comunes del cretinismo contemporáneo consiste en realizar análisis reduccionistas de realidades extremadamente complejas. Uno de estos razonamientos está ocupando amplio espacio estos días en las páginas de los medios de comunicación europeos. En resumen reza así: “Israel es un país habitado por una mayoría de tarados mentales que han dado su voto a un loco peligroso. Es cierto que aquella es la única democracia real en una volcánica región del mundo en permanente estado de erupción militar, pero los israelíes son tan irresponsables que prefieran la guerra a la paz”. La derecha del Likud se ha impuesto de nuevo y con claridad a una gran coalición de partidos de centro-izquierda, y esta es la conclusión de un gran número de artículos de opinión que parecen escritos para párvulos.
En la segunda mitad del siglo XX, el Partido Laborista lideró durante treinta años ininterrumpidos la construcción de un milagro económico sin precedentes. Sus líderes fueron los herederos de un sionismo originario que era humano, pragmático y moderado. Fueron capaces de desarrollar el único modelo socialista de prosperidad real y duradera, que no admite comparaciones con el martillo soviético o la hoz china. Y menos aún con el moderno estrambote bolivariano que algunos nos quieren recetar. Ese discurso se grabó para siempre en la identidad de Israel de tal manera que, aunque en los años ochenta y noventa se sucedieron gobiernos conservadores, en ese período el gasto social se quintuplicó por las enormes sumas de dinero que se transferían a los ciudadanos más desfavorecidos, y también a las minorías ultraortodoxas. Pero a finales del siglo pasado algunas certezas comenzaron a caer, y el debate político comenzó a alejarse de la realidad cuando los intelectuales progresistas sustituyeron el eje izquierda-derecha por el eje pacifismo-belicismo. La izquierda es brillante elucubrando sobre el mundo que a todos nos gustaría habitar, pero luego llegan los cohetes de Hamas y los programas de enriquecimiento de uranio en Irán, y el discurso empieza a cojear un poco.

Benjamin Netanyahu ha logrado un triunfo electoral contundente e inesperado que ha descolocado a la opinión pública europea y norteamericana. Su enfrentamiento con la administración de Obama ha traspasado las líneas rojas de la diplomacia, y ha hecho saltar todas las alarmas. El foco principal del conflicto es Irán, y se expone como si esta fuera una obsesión patológica del reelegido presidente israelí. Netanyahu lleva alertando desde 2009 de la amenaza iraní, no sólo para Israel, sino para el mundo. Por una cuestión de equilibrio geoestratégico, un Irán nuclear empujaría con fuerza hacia ese objetivo a Egipto, Arabia Saudí y Siria, entre otros. No hace tanto se conoció que en 1981 el ejército israelí bombardeó el reactor nuclear que Irak había construido con ayuda de Francia. Hoy produce escalofríos imaginar a un Sadam Hussein pertrechado con misiles nucleares, y no con aquella broma macabra de la CIA sobre armas químicas inexistentes. Ahora el polvorín de moda está en Siria, con los chicos del Estado Islámico rebanando cuellos y haciendo barbacoas humanas. Pues bien, en 2007 Israel volvió a ejecutar una operación discreta, para no avergonzar al dictador sirio Bashar Al-Assad, en la que destruyeron el reactor nuclear que ingenieros norcoreanos estaban construyendo en aquel país árabe. Espanta pensar en los barbudos que quieren reconquistar Al-Andalus apuntando con ojivas nucleares hacia el Mediterráneo, pero sin aquella intervención, nunca reconocida por el Mossad pero confirmada por varias fuentes no israelíes de inteligencia militar, la hipótesis hoy podría ser una realidad.

Ari Shavit es uno de los escritores y periodistas más prestigiosos de Israel, vinculado desde siempre a publicaciones progresistas y al activismo en favor de los derechos civiles. El año pasado se publicó en España su ensayo “Mi tierra prometida. El triunfo y la tragedia de Israel”, que probablemente constituye el texto más lúcido y menos tendencioso de toda la ingente literatura escrita sobre la historia moderna y el conflicto del pueblo judío. En su libro expone una brillante teoría sobre el fracaso de la izquierda israelí, su ingenuidad y su error en el diagnóstico por culpa de su negación sistemática de la realidad. En lugar de enfrentar esa realidad, la izquierda prefiere imponer una noción romántica de la paz que tranquiliza su conciencia, pero que no aporta soluciones. En palabras de Shavit, “la posición moral correcta de la izquierda está en peligro por una suposición empírica incorrecta”. Y añade que “así es como perdimos la confianza y el respeto de nuestros compatriotas”. El problema está en la inmadurez y la falta de valor intelectual para reconocer que la solución deseada no puede falsear una realidad previa, por dolorosa que sea. Hay árabes que no desean la paz, como existen judíos incapaces de entender que existe un pueblo palestino, que no se va a ir. Ya estaban, y piensan quedarse. Salvando todas las distancias, este conflicto entre la posición correcta y otra que sea aplicable es el que atenaza también a la izquierda europea en asuntos como la inmigración, la seguridad, las garantías procesales, o la sostenibilidad de unos servicios públicos de calidad. Quizá esto ayude a entender lo insondable: porqué aún millones de masoquistas votan a la derecha.

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2 Comments

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  1. Hace tiempo que sigo sus columnas en DM , estando la mayoria de casiones de acuerdo con lo expuesto en ellas , y de no estarlo disfrutando de la manerade desarrollrlas .
    Quisiera animarle a continuar en la misma linea , aunque en muchas ocasiones su opinion no coincida con lo que se considera politicamente correcto .
    Un saludo y siga por este camino .

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