EL CELIBATO OBLIGATORIO DEBILITA LA IGLESIA

Ya lo advirtió Kant: la santidad no es de este mundo. Porque si todas las voluntades fueran santas, no existirían los deberes morales. La experiencia nos demuestra que la razón humana no es pura, sino que también está sometida a pulsiones y sentimientos. Por eso el comportamiento humano jamás podrá ser impecable. Ello nos obliga a a establecer dos tipos de deberes: por un lado, aquellos mínimos imprescindibles para que todas las personas vean reconocida su dignidad, los que Kant definió como imperativos categóricos. Y por otra parte, aquellos otros que apuntan a formas de vida más elevadas y exigentes, que no están al alcance de todos los individuos, y que por tanto en ningún caso deberían ser exigidos a un ser humano normal. La cuestión a responder es clara: ¿es un cura un ser humano normal? Si aceptamos que lo es, ¿cabe exigirle una forma de vida perfectamente respetable, pero contraria a la naturaleza sexuada de los hombres y que en nada contribuye por sí misma a una mayor paz y bienestar de la Humanidad?

El dilema que a millones de creyentes les plantea hoy la religión católica oficial se mueve en un espacio demasiado extenso de mínimos y máximos morales. A pesar de algunos avances recientes, la jerarquía eclesiástica persiste en el error de prescribir una moral de elegidos. De tal manera que en su catálogo general con los principios absolutos coexisten mandamientos relativos a opciones de vida personales. Junto al “no matarás”, aparece también el “no fornicarás”, incluso el “no desearás a la mujer del prójimo”. Solemne disparate este último, porque la voluntad puede controlar el deseo, pero en ningún caso anularlo. Este tipo de absurdos ha permitido construcciones teóricas sobre el celibato tan alejadas de la realidad que sólo han podido mantenerse a través de una mentira y un silencio que dura ya siglos. Los imperativos morales son los únicos que no necesitan ser sustentados con hechos. Es esa moral, la de los mínimos universales, la única que no tiene una base empírica y debe ser defendida incluso contra los hechos. Pero los máximos morales, y la abstinencia sexual de por vida es uno de ellos, deberían ser revisables a la luz de la experiencia. Y la realidad nos dice que el número de personas capaces de sublimar sus tendencias sexuales como Santa Teresa de Jesús es muy exiguo, y de difícil cuantificación. En cualquier caso, si pudiéramos conocer la cifra, resultaría infinitamente menor que el número de curas y religiosos que en su día hicieron voto de castidad. Cuanto más nos alejamos del misticismo más nos acercamos a la represión, y ese ya es terreno propicio para la neurosis, el conflicto psicológico y la esquizofrenia de una doble moral.

Podemos entender el voto de obediencia como una forma razonable de organizar una institución jerarquizada y de carácter universal como la Iglesia católica. Y sin duda, lo que comúnmente apreciamos como valioso de la labor sacerdotal puede asociarse, entre otras cosas, al voto de pobreza. Pero cuesta entender que un cura cumpla mejor sus funciones por ser célibe de manera obligada. Por lo que estamos viendo, más bien perjudica. El celibato obligatorio en la Iglesia Católica es una norma que se ha incumplido desde siempre en una proporción muy considerable, pero ahora los efectos del incumplimiento son más demoledores que nunca sobre la coherencia del mensaje. Ya no sólo hablamos de uno de los de los delitos más asquerosos que puede cometer el ser humano, como es el abuso de menores. Ni tan siquiera de un precepto troglodita que considera pecado la homosexualidad, también para los curas. Lo fundamental tampoco está en el debate estadístico sobre el porcentaje de estos casos que afectan a clérigos frente a la población general. El denominador común en la práctica totalidad de casos, lo que debería mover a una reflexión profunda en la jerarquía católica, es el abuso de poder. Tolstoi decía que las funciones inherentes a todo poder, incluido el eclesiástico, son seducir, intimidar, corromper y embrutecer. De ahí los límites y contrapesos que, con todas sus imperfecciones, ha venido inventando la teoría política hasta construir eso que llamamos poder democrático. Sin embargo, cuando la posición de preeminencia es moral, la cuestión se vuelve mucho más peligrosa y difícil de controlar.

El Papa Francisco se ha tomado en serio la máxima de Séneca, que en su ensayo “Sobre la clemencia” escribió que “la ocultación de un crimen exige la comisión de otros muchos crímenes”, y ha impuesto una tolerancia cero hacia los casos de pederastia que se han conocido. Ahora ha declarado que su pontificado será breve, cuatro o cinco años. Yo espero que sean suficientes para concluir que en la Iglesia que quiere Bergoglio, centrada en la defensa de los más débiles, la justicia social y el servicio a la comunidad, el celibato obligatorio es una cuestión irrelevante e innecesaria para la credibilidad profunda del mensaje cristiano.

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