PERIODISMO SUICIDA

El CIS no lee esta columna, pero a veces corrobora alguna de sus líneas. Decíamos la semana pasada que un partido político es una máquina de fabricar pasión colectiva, y la última encuesta otorga a un partido nuevo y sin programa casi un 24% de intención de voto. El tic tac retumba por la megafonía de sus mítines y enardece a sus fieles, aunque suena un tanto amenazante para cualquiera que no piense en votarles. La pasión es irracional, y eso es lo que demuestra la letra pequeña del estudio demoscópico, que es precisamente la que no está sujeta a cocciones interesadas, sino a simples operaciones matemáticas. Los electores sitúan a Podemos en la extrema izquierda del espectro político. Frente a los profesores de la Complu, Amaiur o ERC aparecen como formaciones más moderadas, que se dice pronto. Pero esos mismos electores que manifiestan su intención de votar a Pablo Iglesias, se definen mayoritariamente a sí mismos como próximos al centro o a la socialdemocracia. La conclusión de los expertos es que el voto a Podemos no es ideológico, sino algo distinto. Y esta premisa lógica es la que sirve a una legión de crédulos para deducir que Podemos es un partido sin ideología concreta, ambiguo, algo confuso en sus propuestas. Es otra utopía, una más, pero soñar no es malo, y en el camino hacia la quimera algo mejorará, algún objetivo loable se alcanzará. El disparate que se silencia o se pretende camuflar por los más astutos, consiste en otorgar un voto no ideológico a quienes han demostrado que tienen ideología, nítida, férrea, y no precisamente intercambiable.

La España de hoy es terreno fértil para que crezca con vigor un discurso primaveral, pero la excesiva candidez de algunos análisis obliga a sospechar de las intenciones. Personas en apariencia sensatas dicen que hay que darles una oportunidad, porque son nuevos y tienen más credibilidad que los viejos políticos. Y aquí es donde me pierdo, porque soy yo el que cree a Pablo Iglesias. El debate sobre Podemos deviene absurdo desde el momento en que sus defensores justifican su apoyo negando crédito a lo que afirma su líder. Pablo Iglesias declara cuatrocientas veces en múltiples platós de televisión que ha sido, es y será siempre comunista. Y yo le creo. Pero un gran número de sus defensores en los medios de comunicación dicen que no, que no lo es, que es otra cosa, porque lidera una fuerza política trasversal, popular e interclasista, en la que cabe todo el mundo. Y si alguno decidimos no apuntarnos al sueño colectivo no tenemos nada que temer, porque España no es la Unión Soviética, ni Cuba, ni Venezuela. Hay que tener fe, y confiar en el milagro.

Pablo Iglesias opina que la Constitución española está viciada de origen, que es fruto de un proceso de transición tutelado por una oligarquía fascista y corrupta, que no es del pueblo porque millones de españoles no la han votado, que nos ata y nos impide ser libres, y por tanto es un candado que hay que romper. No reformar, sino romper. Así que reivindica un nuevo proceso constituyente, y yo le creo. Pero uno piensa que cuestionar la legitimidad democrática de la norma fundamental que ha permitido cuarenta años de estabilidad institucional en un país de asonadas y bandazos, suena levemente revolucionario. Entonces te llaman exagerado, que es una manera fina de decirte que el extremista eres tú. Y apelan a las mayorías cualificadas necesarias para modificar la constitución, cuando Pablo ya nos ha explicado previamente que él niega la legitimidad de esa norma, porque el pueblo tiene derecho a una nueva.

Pablo Iglesias afirma que expropiar es democracia, y defiende la función preferentemente social de toda propiedad privada. Y yo le creo. Dicho así suena más a profe de la Complu que a pescador de votos entre las clases medias de un país desarrollado. Por eso hace un año que silencia el ejemplo bolivariano de esa política. Yo reivindico mi derecho a tomar en serio las palabras de Iglesias, a pensar que las pronunció convencido de su verdad, pero entonces suenas melodramático, te acusan de realizar un juicio radical de sus ideas, y te recuerdan que vivimos en la Unión Europea, como si el BOE en este país sólo sirviera para calzar mesas cojas.

Pablo Iglesias declara que la propiedad privada de los medios de comunicación atenta directamente contra el derecho a la información, y yo le creo. Pero entonces, precisamente porque me parece que no miente, me convierto en un paranoico para quienes piensan que no hay que satanizar a Podemos. Esta angélica afirmación en boca de periodistas que trabajan en medios de comunicación privados casi obliga a rebatir sus argumentos en la sala de visitas de un manicomio. Mauricio-José Schwartz le decía a Matías Vallés en su entrevista del sábado que el miedo es un mecanismo de supervivencia, lo cual me deja con la duda de si el periodismo es una profesión de valientes o de suicidas.

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