CUANDO DIMITE EL ESPÍRITU

Si viviera, Simone Weil cumpliría mañana 106 años. Pero se dejó ir a los 34, víctima de una tuberculosis mal tratada, y toda su obra tuvo que ser publicada por sus amigos tras su muerte. La filósofa francesa mostró un punto de locura en algunas de sus decisiones vitales, pero releídos hoy sus escritos son de una clarividencia y una lucidez fascinante. En su “ Nota sobre la supresión general de los partidos políticos” subyace un afán de provocación innegable, pero sus reflexiones sobre los males de la partitocracia llegan a ser más actuales que esta misma columna. Weil participó desde 1932 en el Círculo comunista democrático -un oxímoron perfecto- de Simone Souvarine, el primer comunista francés en criticar la naturaleza tiránica de Stalin. Ochenta años después, una parte de la izquierda radical europea no ha sido capaz de alcanzar este punto con tanta franqueza. La experiencia militante de Weil le permitió concluir que “todo partido es totalitario en germen y en aspiración”, y ello por tres características esenciales: porque un partido político es una máquina de fabricar pasión colectiva; porque es una organización construida para ejercer una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de sus miembros; y, en última instancia, porque el fin de todo partido político es su propio crecimiento, sin ningún límite. Sobrecoge reconocer estas tres verdades nucleares en su funcionamiento, sea cual sea la ideología.

El nivel ético de un país alcanza profundidades abisales si la gravedad del comportamiento fiscal de un político se establece por comparación con Luis Bárcenas. Pablo Iglesias ha dicho que Monedero ha cumplido con Hacienda como un campeón, porque ha pagado sus impuestos en España y no a través de una sociedad domiciliada en Suiza. Su compañero no es un evasor fiscal como el ex-tesorero del PP, o Jordi Pujol. Y justifica sus abultados ingresos por el curriculum impresionante del colega profesor, desmontado ya por universidades y organismos internacionales. Errejón se queja de una doble vara de medir a su partido y al resto, porque les están aplicando una lupa microscópica. De todos es sabido que a los chicos bolivarianos les gusta observar y juzgar los comportamientos irregulares de los demás con las gafas empañadas y sin entrar en detalles. “Es la guerra”, ha vociferado Monedero en un mitin. “Cuando me atacan a mi en realidad os están atacando a todos vosotros”. Y esto ya suena a que quiere pagar la multa a escote. Crowdfunding, lo llaman ahora. Podemos ya es un partido político. Lo que no imaginábamos es que se iba a mimetizar en estos comportamientos clásicos a la misma velocidad que han crecido sus expectativas de voto.

El asunto se pone dramático si la línea Maginot para calificar la corrupción se levanta entre los que meten la mano en la caja y los que no. En Mallorca un alcalde ha declarado en un juzgado que cuando las leyes están mal hechas hay que saltárselas, que incumplió la normativa porque era lo mejor para los ciudadanos, que no convocó un concurso público porque le parecía una farsa, y que otorgó licencias urbanísticas en contra de los informes del secretario y el arquitecto municipal porque el Plan Territorial era un absurdo. El secretario de organización de su partido ha declarado que, aunque se haya equivocado, este alcalde es una persona íntegra y honesta, porque no ha obtenido ningún enriquecimiento personal gracias a las irregularidades por las que se le juzga. Este último aspecto queda expresamente reflejado en las sentencias judiciales que enviaron a prisión a Jaume Matas, pero la aclaración de los magistrados no nos resulta suficiente para catalogar al ex-ministro como persona íntegra y honesta. El partidista, del color que sea, identificará aquí una comparación entre Matas y un modesto alcalde de pueblo que no se lo ha llevado crudo. Pero no es eso, no.

Para Simone Weil, la razón última del pensamiento político ya no sería el deseo incondicional de hallar la verdad, de reconocer el bien público o de alcanzar la justicia, sino el deseo de la conformidad con una enseñanza establecida de antemano. En las defensas numantinas, acríticas e irracionales comentadas en este artículo, la instrucción que subyace es obvia: los nuestros son buenos, o mejores, o menos malos. Los canallas siempre militan en frente. De tal manera que la vinculación a un partido político se asemeja cada vez más a un acto religioso. Se está a favor o en contra de su ideología y de sus líderes como una cuestión de fe. Hoy asistimos impávidos al cruce permanente de peticiones de dimisión, pero en 1950 André Breton ya alertaba del “crimen de dimisión del espíritu que trae aparejado el modo de funcionamiento de los partidos”. Con tanto teatro de pueblo e informe bolivariano, no nos queda tiempo para releer a los fundadores del surrealismo, que no acercan mejor que nadie a nuestra realidad política.

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