SALUD Y SENTIDO COMÚN

Alberto Moravia decía que el sentido común es algo así como salud contagiosa. Visto así, en España determinados debates públicos nos muestran un país asolado por una pandemia de temeridad. Y lo peor no es eso. Lo peor es que, en ciertos asuntos, opinar desde el sentido común puede acarrear un elevado coste personal. Hace unos meses, una auxiliar de enfermería que cuidaba de manera voluntaria a enfermos de ébola se contagió en un hospital de Madrid. Teresa Romero declaró que había acudido a su centro de salud seis días antes de su ingreso hospitalario, que había explicado a su médico de cabecera de toda la vida que había superado el umbral de fiebre que obliga a activar el protocolo contra el ébola, y que le había informado del antecedente de exposición al virus mortal por razón de su trabajo. Pero la doctora de Alcorcón la despachó a su casa con paracetamol. A mi, que no soy médico, ni enfermero, ni farmacéutico, ni gestor sanitario, ni celador de urgencias en un hospital, me preguntaron por este asunto en un programa de televisión, y lo primero que hice fue manifestar mi admiración por la auxiliar de enfermería, que había puesto en riesgo su salud por ayudar a otras personas. Pero después dije que, aplicando el sentido común, su versión me resultaba difícil de creer porque presuponía un nivel de incompetencia tan descomunal en un médico, con años de formación y ejercicio profesional, que resultaba altamente improbable. Y mucho más en aquel estado de psicosis colectiva en que se encontraba la población, con miles de muertos en Africa por el virus del ébola y la repatriación a España de religiosos contagiados. Recibí bofetadas hasta en el carnet de identidad por atreverme a dudar de la palabra de una enferma en peligro de muerte. Dias después la doctora de Alcorcón que la atendió en un primer momento se querelló contra Teresa Romero por injurias y calumnias, y en el acto de conciliación celebrado el pasado 14 de enero, la auxiliar de enfermería admitió que había faltado a la verdad en sus declaraciones públicas, se retractó de sus palabras y pidió disculpas a la doctora. Yoritomo Tasha, un filósofo japonés del siglo XII reconocido en su país como uno de los mayores estadistas de la historia, nos dejó escrito: “las personas que cultivan el sentido común nunca se niegan a admitir sus errores”. En este punto, Teresa Romero ha demostrado un sentido común desconocido para muchos de sus furibundos defensores.

Hace unos días, el juzgado de instrucción número dos de Inca acaba de archivar la denuncia por la muerte de Alpha Pam, el inmigrante senegalés fallecido en Mallorca por tuberculosis en abril de 2013. La jueza entiende que “en todo momento el paciente fue asistido, diagnosticado y tratado”. De este asunto opiné por entonces en esta misma página, criticando su tratamiento político-mediático, su instrumentalización espúrea, y la falta de mesura de determinaciones acusaciones. Leímos y escuchamos palabras como asesinato, homicidio, política sanitaria criminal, dejar morir a los inmigrantes a las puertas de los hospitales, resolver el problema de la inmigración ilegal matando a los sin papeles, y en este plan. En otro alarde temerario, me atreví a escribir que el sentido común hacía difícil de creer que un encargado de admisión, un enfermero y un médico de urgencias, sucesivamente, se negaran a atender un informe escrito de una doctora del centro de salud de Can Picafort que advertía de una posible enfermedad grave y altamente contagiosa. Aunque no existiera un ápice de responsabilidad o diligencia profesional en ninguno de los tres empleados del hospital de Inca, hipótesis poco probable, al menos el miedo a un contagio hubiera activado esa atención. Lo más suave que me llamaron en aquella ocasión fue racista, pepero y demagogo, y me acusaron de querer lavar la imagen de gobernantes sin escrúpulos. Por desgracia, Alpha Pam no está entre nosotros para que la jueza le pregunte, pero no por ello deberíamos renunciar a emplear el sentido común sin faltar a su memoria.

Los casos de Teresa Romero y Alpha Pam no son comparables, pero muestran un rasgo común. Ambos nos colocan ante hechos graves que deben ser investigados, dirimir responsabilidades, revisar las posibles disfunciones del sistema y mejorar los protocolos de actuación sanitaria. Pero la desmesura de los calificativos, las acusaciones de brocha gorda, las calumnias, la falta de ponderación en los juicios, la temeridad y los disparates al servicio de un infame juego político, a la larga provocan exactamente el efecto contrario al que se pretende. Y en el camino quedan dañados el buen nombre y la honorabilidad de profesionales que pueden cometer errores, como todos, pero no son delincuentes. A los que proclaman la bonhomía de personas como Teresa Romero y Alpha Pam, esto último debería importarles. Yoritomo Tashi afirmaba que el sentido común era algo fundamental en la vida y lo definía así: “El sentido común del alma está constituido por el raciocinio superior, que nos impide obedecer pasivamente a los bajos instintos, nos advierte del peligro, nos indica hasta dónde llega lo permitido y dónde empieza lo prohibido y hace que se evite el mal, eludiendo los charcos y barrizales, para no vernos salpicados”. Bajos instintos, charcos y barrizales son palabras que describen con nitidez algunas actuaciones poco edificantes a las que hemos asistido en los últimos tiempos.

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