EL PARAISO DEL ISLAM MODERADO

Gracias a Dios, o a Alá, ya tenemos localizado el problema: 30.000 yihadistas de un total de 1200 millones de musulmanes en el mundo. Un mísero 0’0025% de los seguidores del Corán aparecen como bestias capaces de matar al grito de “Allahu al Akbar”: Alá es el más grande, fin de la discusión. La inmensa mayoría no tiene nada que ver con estos cafres, porque la esencia del islam es la paz, y predica el amor entre los seres humanos, la tolerancia y la compasión con los más débiles. Por eso los musulmanes moderados se sienten injustamente tratados, y critican la exclusión social a la que son sometidos en Europa. Porque todos las religiones son iguales, y merecen el mismo respeto. El Corán es un libro tan gordo y denso que encuentras citas para todos los gustos. Y por supuesto sujetas a interpretaciones. Exactamente igual que la Biblia, la Torá, los Vedas del hinduismo o el Canon Pali del budismo. Como en cuestión de sermones y creencias el papel lo aguanta todo, resulta conveniente descender de los púlpitos y acercar la lupa al detalle de la realidad.

Wael tiene 35 años. Está casado y hace cuatro meses ha sido padre de una preciosa niña, Fátima. Wael vive en El Cairo desde el año 2005, pero nació en una pequeña aldea entre Luxor y Asuán, en el sur de Egipto. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Al-Azhar, la segunda más antigua del mundo y la más prestigiosa para los musulmanes sunníes. Además de Teología islámica, en Al-Azhar también hay facultades de Letras, Medicina, Farmacia e Ingeniería, pero todos sus planes de estudios son de inspiración religiosa, y están segregados por sexos. Los eruditos de la sharia en Al-Azhar emiten edictos sobre cuestiones que afectan a todo el mundo islámico sunita en relación a las conductas a observar por sus fieles. Por ejemplo, la mutilación de los genitales femeninos. Se estima que la práctica milenaria de la ablación afecta todavía hoy a unos 135 millones de mujeres y niñas en todo el mundo. La universidad de Al-Azhar se fundó en el año 935, y recientemente sus sabios han aclarado que esta práctica salvaje contra la mujer no encuentra acomodo en las escrituras sagradas ni en las enseñanzas del Profeta. Sólo han sido necesarios 1100 años de estudios islámicos en Al-Azhar para llegar a esta justa conclusión.

Wael se indigna cuando me explica que los radicales islamistas de los Hermanos Musulmanes, ni son hermanos, ni son musulmanes, porque ese odio no cabe en el islam, y ni siquiera conocen lo que dice el Corán, porque no lo han estudiado. Wael no quiere ocultar la realidad de su país. En El Cairo hay prostitución, y existe la homosexualidad, pero aquello no es Irán, donde cuelgan a los gays. En Egipto es otra cosa, mucho más moderada, y si los pillan sólo les caen entre uno y tres años de cárcel. Wael es un tipo divertido, culto y al que le gusta contar chistes verdes. El trato frecuente con extranjeros le permite una visión mucho más abierta y comprensiva de las diferencias culturales que la mayoría de sus compatriotas. Pero cuando le pregunto por la situación de las madres solteras en Egipto su sonrisa desaparece y me dice que eso no existe en Egipto, fin de la discusión. Para compensar, me explica el motivo original de la poligamia en el islam, tan alejado de la imagen lujuriosa de los petrodólares árabes: la posible infertilidad de la mujer. Cuando le pregunto qué pasa con la incapacidad para procrear del marido me responde que esa posibilidad no se contempla, fin de la discusión.

En Egipto se permite que los niños trabajen desde los diez años. La decisión sobre su escolarización la toman sus familias en función de sus necesidades económicas, como en tantos países pobres del mundo que no son musulmanes. Sin embargo, el estado construye y mantiene todas y cada una de las mezquitas del país. Sólo en El Cairo hay más de 30.000, para que ningún creyente tenga que caminar más de 10 minutos desde su casa o su trabajo para orar cinco veces al día. Las más modernas disponen de aire acondicionado y agua caliente para las abluciones. Escasean los hospitales y las escuelas, pero no hay excusas para el buen musulmán. El imán responsable de la mezquita es un funcionario público, que cobra su sueldo directamente del estado, y que a la hora de predicar la fe y dirigir la oración dispone de un amplio margen de autonomía porque sólo responde ante Alá. Lo de Siria, Yemen e Irak lo tenemos claro, pero este es el islam moderado al que no queremos incomodar, y al que tampoco exigimos que reprima desde dentro a los del kalashnikov con la misma firmeza que a las mujeres adúlteras.

Occidente ha renunciado a reivindicar su superioridad moral frente al medievo islámico, porque resulta cómodo que las ablaciones se produzcan en Africa, o sólo metan tres años en la cárcel a los homosexuales, sin llegar a colgarlos de un árbol por el cuello. Y esa superioridad moral no es retórica, tal y como pretende el buenismo estúpido de una parte de la izquierda europea, sino que se sostiene en dos pilares fundamentales: una construcción axiológica centenaria sobre los derechos humanos en torno a una tradición judeo-cristiana, y la moderna separación de iglesia y estado. El laicismo ha retumbado en todas las escuelas públicas hasta descolgar los crucifijos de las aulas, pero calla cobarde ante la imposición de un islam como forma de vida que, aunque no asesine, también entra en contradicción con aquello que nos hace mejores que los antiguos cruzados: la libre conciencia y el derecho a pecar.

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