VOLAR LA ESFINGE

Cada día, desde hace cuatro mil años, aparece el sol por el mismo punto entre las 138 columnas de la sala hipóstila en el templo de Karnak. Sobrecoge asistir en directo a esa explosión de luz, no sólo por su belleza, sino al comprobar cómo se desvanece cualquier medida humana del tiempo. El silencio previo a la invasión de turistas -como yo, pero menos madrugadores-permite una reflexión sobre el panorama de incongruencias al que se enfrenta una sociedad próxima a la esquizofrenia. Porque un país que lleva milenios tratando a los muertos como vivos, y que llama modernos a templos construidos trescientos años antes del nacimiento de Cristo, se rige por ritmos propios. En Egipto vaticinamos en su día cambios vertiginosos durante la primavera árabe que incendió edificios y conciencias, pero aquella explosión de ira y libertad nos hizo olvidar el lento fluir de la madre de la nación. El Nilo es un río oleoso, cuya densidad provoca una navegación hipnótica. Una lengua de vida que atraviesa el desierto egipcio desde la Nubia hasta Alejandría a ritmo de tambores faraónicos. Parece pues coherente que las revoluciones a sus orillas se tomen también su tiempo.

En 1952, el socialismo panarabista de Nasser inventó un sistema maravilloso por el cual se garantizaba el empleo a todos los egipcios que acabarán sus estudios. Le sucedió Sadat, con sus trajes ingleses de Saville Row y su tabaco de pipa Dunhill, que se echó en brazos de un capitalismo occidental extractivo disfrazado de libre mercado, tan falso como las antigüedades que se venden por las calles de El Cairo. Sadat desistió de meterle mano a aquella burocracia mastodóntica y a un sistema de subvenciones públicas que impedía cualquier desarrollo económico de un país con enormes recursos. En su lugar, se esforzó en firmar una paz duradera con sus vecinos israelíes. Los acuerdos de Camp David, unidos a una política de apaciguamiento con el emergente islamismo radical de los Hermanos Musulmanes, se saldaron con su cuerpo agujereado en el magnicidio más espectacular de la historia de la televisión. Entonces llegó Mubarak, que estuvo tres décadas haciendo equilibrios para consolidar un paternalismo estatal insostenible en un país de demografía explosiva. Hasta que dio con sus huesos en la cárcel. La cuestión es que en sesenta años Egipto sólo conoció tres faraones modernos, líderes autoritarios que lograron mantener las tasas de analfabetismo cercanas al setenta por ciento. Este dato explica que, hasta 2011, las mayores protestas populares se produjeran por las subidas del precio del pan, y no por la corrupción o la falta de libertades públicas.

Ahora pensamos que el auge del islamismo radical es un invento moderno provocado por las guerras de Irak y Afganistán, pero en realidad lleva años tronando desde los minaretes, haciendo palanca en el abismo abierto entre ricos y pobres. Culpar en exclusiva de esa grieta al mundo occidental es una simpleza que no se sostiene, pero es suficiente para calificar a los gobiernos árabes moderados como colaboracionistas, y activar así un voto de castigo contra ellos allí donde existen elecciones, como en Egipto. Hablaba antes del Nilo como representación de una identidad nacional. Ese temperamento lánguido es reconocible en el ADN de muchos egipcios, y en el significado de la única palabra necesaria para entender su país: maalesh, que significa “no importa”. En Egipto todo el mundo cree en la vida después de la muerte, y la paciencia es una religión ancestral, anterior al Corán. Por eso, el amor egipcio a lo mundano y un cierto sentido de la frivolidad traspasan cualquier barniz fundamentalista en un estado que desde hace siglos incorpora entre sus leyes el Corán, pero en el que convive desde hace siglos una minoría de cristianos coptos. El partido radical de los Hermanos Musulmanes capitalizó el descontento de millones de egipcios pobres, frustrados y cabreados con un gobierno acomodado en sus prebendas y estancado en la corrupción. El Islam como forma de vida se presentaba como la solución a esos problemas. Toda la religión islámica procede del desierto, donde todos son pobres. Para sobrevivir en el desierto hay que tener un sueño, el sueño de Alá, porque no existe otra cosa. Los integristas ganaron las elecciones, y al poco uno de los nuevos barbudos en el poder propuso volar por los aires la esfinge de Gizah, como en su día pulverizaron los budas de Bamiyán. Entonces mucha gente despertó de golpe del sueño.

La libertad, sea cual sea su grado de ejercicio, es adictiva. El voto de castigo desahoga y relaja. Votar en España a un partido que promete acabar con el paro siguiendo el método de Nasser, y crear tres y millones y medio de nuevos funcionarios, demuestra que la vida puede ser maravillosa. Podemos fijar también un precio público irrisorio para la energía, aunque no dispongamos de la gran presa de Asuán. Y establecer un sistema de subsidios a lo egipcio, pero sin petróleo que extraer. Lo que convendría adivinar es la propuesta de voladura posterior a las elecciones, porque hay sistemas de libertades que, como las esfinges y las pirámides, precisan de un gran esfuerzo colectivo para ser levantados.

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